domingo, 23 de diciembre de 2012

Erato, esa ramera caprichosa

Escribir es liberarse. Te obligas a ordenar tus pensamientos. O vomitas sin pausa lo que hay en tu cabeza. Siento ese impulso visceral de escribir. Estos deditos, que tanto han hecho, se mueren por un poquito de esta droga dura que son las palabras.

Siempre que se masturbaba lo hacía sentada. Consideraba un sacrilegio manchar su cama de un placer tan primitivo, cuando ese lecho era testigo de como hacer el amor. Ella era lo que se conoce como "toda una señorita", altiva, elegante, discreta pero llamativa. Siempre correcta. Odiaba dormir sola, y su exigencia la obligaba a. De ahí sus ojeras. Le gustaban los libros viejos y los cafés con mucho azúcar. Nunca era ella la primera en besar en la boca.
Y tenía esa forma de follar.
Ese movimiento sedoso de cadera, cadencioso, esa mirada abandonada, ese jadeo suave cuando llegaba al orgasmo. No había quien no se enamorara de ella al verla así. Querían más, querían hacer el amor.
"Vaya por Dios", pensaba ella contrariada.
"Con lo que me gusta hacer el desamor".

La culpa es de mis musas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Deja que te verse un poco

"Yo la acaricio con la punta de los dedos; y Ella se resiste con relámpagos y truenos".

Escucha la música como un sediento en una licorería, embelesada, bella, intensa. En algún momento de su vida, alguien debió decirle que tanta pasión me entraría por los ojos y no saldría más que a través de los dedos. Pero oye, que Kaya es preciosa, y tiene los ojos azules, pero no es Ella. Y Ella escucha la música como si fuera una adolescente silenciosa que decide drogarse porque, simplemente, es divertido.
La música es hermosa cuando baila en sus oídos.
Qué bonita la voz de canela que se le pone.

Gracias, Carlos S.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Timonet

Llueve la niña por dentro, llueven las costillas apretadas. Y se pregunta con demasiada pasión si las escaleras de los hoteles sirven también para suicidarse.

Pero es tan bonita como un oso en primavera, llena los techos de miel y llama a los porros, petas del amor y la risa. Ella es una chica Murakami, una chica Almodóvar y una chica Sabina. A ella se le dibuja un corazón bajo la falda, hablando de películas sadomasoquistas en bares de ambiente. A ella se la venera. Ella es el tipo de chica con la que pasas las mejores tres semanas de tu vida, y que jamás olvidas.

En su pecho llueve. Mientras recoge tomillo. Pero. Lucen sus orbes.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Así, obscenamente


Cuando se desvanezca mi color y suavidad; cuando mi tersa carne se agriete, y deje de emocionarte; cuando dejes de cantar en la cocina, cuando no reconozcas en mis ojos a esa chica de 17 años; cuando , tal vez, ya no hayan sandwiches de madrugada.

Entonces se apagarán las luces, y tu llama brillará gris, los tejados no temblarán, ni habrán fuentes a lo lejos. Se romperán los gorros de lana. No te lanzaré guantes y, te prometo cariño, que no me mentirás mirándome a los ojos.

Que a lo mejor no intento acercarme, o eres tú quien empieza a mirar atrás cuando te marchas. Pero qué duro puede ser perderte estando tan cerca, cuando falta aún tanto tiempo. Qué miedo no poder encontrarte en el cuerpo que yazca sobre la almohada a mi lado.

Pero siempre tendremos velas.

Y tú siempre tendrás los ojos azules.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Escribir es enamorarse o enamorarse es escribir

Que no es tan fácil, sabes, el conseguir, mediante una conjunción raruna de pequeñas mierdas, un momento de esos que pasan del recuerdo a la memoria, y de ahí a la eternidad.

Que es una carga tener una vida sin cargas, que así no hay manera de ser artista, maldita sea. Pero qué calentito el abrigo de una manta de abrazos. Y qué triste ser consciente de lo mediocre.

Que cosas tan sencillas como escoger una jabonera, se vuelven pequeñas odiseas. ¿Qué jabón pongo? ¿El de chocolate y canela? ¿El de coco? ¿El de limón? ¿El de lavanda? ¿El de mango? ¿Y si compro muchas jaboneras, y lo mando todo a tomar por culo?

¿Y si alguna vez escribo algo coherente? Qué miedo.

Qué decepcionante sería.

Pero sobre qué puedo escribir, eh. Sobre qué escribir cuando tienes las heridas casi cerradas, y todo se convierte en drama. Sobre qué escribir cuando el jazz te folla las angustias, y los dedos no lloran.

A lo mejor escribir algo que vibre es enamorarse de quien te lía los porros, te mete chocolate en la boca, te trae una manta cuando no te das cuenta de que tienes frío y te obliga a dormir quitándote el móvil. A lo mejor.

A lo mejor el amor es escribir. Escribir con los ojos cerrados. Masturbarse suave mientras lees decadentismo.

Qué voy a saber yo, que tengo sólo 20 años.

jueves, 8 de noviembre de 2012

De cómo los puntos finales desembocan en puntos suspensivos

¿Quién me dijo una vez que yo era real? Que era fuerte, y tenía inquietudes y tenía capacidades, y todas esas cosas preciosas que se dicen las parejas jóvenes, aquellos que no saben aún que la vida te destroza.

Que tus elecciones te destrozan.

Isabelle, esta es una carta que jamás leerás. La escribo con lápiz para luego borrarla, hacer cuentas encima con bolígrafo, romperla y quemarla. No, dudo mucho que la leas.

Aún recuerdo, después de tantísimos años, cómo te movías con tus vestidos vaporosos. En mi mente no has superado aún los 25, tu piel sigue tersa, tu cabello lleno de color, y tus desgarradas promesas intactas. Tú dijiste que tendríamos todo el tiempo del mundo. Yo era tan joven que apenas supe cómo quererte, cómo entenderte, y las arrugas que porto ahora como una bandera tampoco serían capaces de hacerlo. ¿Quién mejor que tú conoce nuestra historia? Ojalá estuvieras muerta. Ojalá no supiera nada de ti. Ojalá supiera que eres feliz muy lejos, que ni siquiera te acuerdas de mí, y que en tu vida ya no hay lirios.

Pero vives a 40 kilómetros de aquí, trabajas de noche, duermes de día, vives a oscuras y no amas a nadie. Y después de tantos años no puedo evitar pensar que tal vez... sólo tal vez... aún me quieras. Aún puedas encontrarme. ¿Me reconocerías en este cuerpo ajado? Vivo en una casa que odio, con un hombre al que odio, en un trabajo que detesto, llena de cosas pendientes a las que no me atrevo a enfrentarme. Me planteo tener un hijo para salvarme de la desidia. Ya no soy Lily. Ya no soy Liliana.

Nadie sabía pronunciar mi nombre como tú, Isabelle. Y ahora estás a apenas 40  kilómetros de aquí, sola, y sin duda bella. Ojalá estuvieras muerta, cariño, ojalá no supiera nada de ti. Ojalá aparecieras en mi puerta para despertarme. Si vinieras, y si me reconocieras, y si me contagiaras tus ganas de vivir, y si aún me quisieras, me marcharía contigo.

Pero nunca leerás esta carta.

No vas a presentarte en mi puerta.

No sabrás que yo también porto una espiral en mi cuerpo.

Y no quedan lirios que pueda llevar a tus brazos.

Tú eres el amor de mi vida.

Debería habértelo dicho.

Lily.

martes, 30 de octubre de 2012

Miss Kokoro

Yo sé que a veces soy tu amante preferida.

Y se alejó Kokoro con sus contoneos de cadera y su risa de hada, sin saber que, siempre, era su amante preferida. Esas cosas no se le dicen a una niña-mujer que calza zapatitos grises y sonríe ante faldas con vuelo. No a una chica que aún tiene en el satén de sus muslos el eco encantador de una nínfula.

Ante espaldas tan bonitas, la cordura pierde fuerza.


lunes, 29 de octubre de 2012

Un beso de John Coltrane

Contonea las caderas al andar. Lleva un vestido de indefinible color, y el esmalte de un rojo muy oscuro. El trompetista le dedica una pequeña reverencia que ella desecha con una sonrisa amable. Una mano adorna su pequeño bolso, casi simbólico, y otra pasea descaradamente por su garganta desnuda. Todo el mundo la mira. Y lo sabe. Disfruta de esas miradas que la elevan y protegen. Pocos se atreven a acercarse a ella, y casi todos los que lo hacen disimulan un incómodo bulto en sus pantalones.

Le dedica a todo el mundo una sonrisa amable. Los ojos le brillan como luceros entre el humo del club. No es seguro que esté sola, es demasiado hermosa. Sus uñas imponen, acariciando distraídamente su piel de satén.

Se le acerca un hombre. Lleva la corbata suelta y una mano en el bolsillo. Le ofrece un cigarrillo, y la sonrisa se vuelve casi cálida. Lo acepta. Sabe fumar como fuman las mujeres de verdad. Él no tiene ningún incómodo bulto en los pantalones, pero sí posee un encanto sobrenatural. Y lo sabe.

-Sé que esta noche vendrás conmigo.

-¿Por qué haría eso?

-Porque mañana me voy y no volverás a verme. Porque eso es lo que buscas, ¿verdad? Alguien que te quiera una noche para siempre. Yo soy ese alguien. Por eso saldremos de este club juntos.

Ella sonríe. Su melena cobriza le resbala por los hombros. Con un suave pestañeo, confirma sus palabras.

No aspira a nada mejor que un parasiempre susurrado al son del jazz.

martes, 23 de octubre de 2012

O bésame sin más

Soy más de sentarme a mirar las cosas, que de echar a correr tras ellas. Como en todo, en esta afirmación hay excepciones y una de ellas es la que adorna estas paredes blancas en las que, tan heridas como amadas, nos cobijamos.

Tengo los dedos temblando, impacientes. Quieren trazar un retrato, y apenas se atreven. ¿Vamos a saber capturar tus delicados parpadeos de madrugada? ¿O el contoneo encantador de tus caderas contra una pared? Claro que no. Qué imbecilidad. Qué prepotencia. No sabrán, y ni lo saben.

Junto al armario hay un folio teñido de café y con los bordes quemados, con el dibujo de una Lycoris Radiata, y un demoledor diálogo. Ahí capturaste algo de mis traumas, esos que se dejan acariciar por ti con tanto abandono. Pasando la ventana empiezan los dibujos. Uno tras otro. Todos hermosos, todos tristes. En todos hay alguna aportación de tu estilizada letra, añadiendo trocitos pequeños de nuestra historia a la grandeza de esos artistas.

Uma Thurman me observa altiva, con uno de esos cigarros que mataría por fumar, justo encima del lecho. Se me ocurre que tal vez la pequeña Naoko, domadora de elefantes, quedaría de vicio a su lado, tan ligera, tan distinta. Lo que no se puede ver mirando la pared es tu expresión cuando trajiste a Uma, toda ruborizada y nerviosa. Lo que no se puede ver es lo que se ama, y lo que mis dedos temblorosos recuerdan. Tiemblan como si estuvieran rozando tu piel satinada, emocionados ante el olor, y el continuo descubrimiento.

Mientras avanzo, me desnudo. Deshago el lazo de mi pañuelo y lo dejo caer al suelo. Desabrocho un poco la falda de niña, y sonrío sabiendo que tus ojos siguen la caída de la tela. Fuera camiseta. Estiro un rizo que se arrastra por el hombro y te doy la espalda. No sé cuándo has entrado. No sé si sabes que estoy escribiendo sobre ti. En mi ciego recorrido, llego a la estantería baja y esperpéntica, llena de libros, velas y sueños. Ahí cierro definitivamente los ojos y paso las yemas de los dedos por el artículo escrito en la pared. Hermoso. Cierto. Vibrante. Tal vez me impactó tanto porque sentí que tú, a pesar de todos los (d)años, eras mi jodida historia de amor. Nada era más cruel en ese momento que admitirlo, y no lo hice. Pero fue lo primero que quise que adornara nuestra primera habitación.

¿Qué decir, pequeña ninfa?

No soy la chica de tus recuerdos. No soy tus sueños. Soy una mujer real que se presenta ante ti con un historial de madrugadas a sus espaldas.

Ponme un vestido de flores y bésame.

jueves, 11 de octubre de 2012

Olvídate de mí...

... que yo no podría olvidarme de ti ni aun queriendo.

Pero lo intentaría. Oh, sí. Por diversos motivos pero... ¿por qué no? ¿Por qué no borrar años de dolor y sufrimiento, años de distancia, tantas noches de añorarnos? Todas esas veces que, al alargar la mano nos detenía la pared. Tanto nos ha costado llegar a un punto en el que nos entendiéramos, un mínimo banquito de madera en el que sentarnos juntas, y rozarnos los dedos, y sonreír sin mirarnos.

Borraría el primer beso, la primera noche, el primer nomeesperes, el segundo nopuedoestarsiempredetrásdeti, el último vetevetevete. Pasarías a ser una sombra confusa de la infancia, una anécdota, un ser invisible.

Te están borrando de mí. Búscame en Montauk.

Creo que no podría olvidar que nadie consigue llegar a mí como tú. Es un hecho científico.

Te borraría para volver a enamorarme de ti.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.



Ahora cierra los ojos, pequeña ninfa, que tengo que olvidarme de ti.

Que no se te olvide enamorarme.

domingo, 7 de octubre de 2012

Chica de esquina, chica de escalera

Las chicas de esquina eran todas distintas. No había dos que se parecieran mínimamente. Estaba Amelia, la niña bonita de las chicas de esquina, que escondía tras su rostro de porcelana la maldad más cruda y regodeante que había visto jamás. Estaba Elena, de fuerte cabello castaño, toda impetuosa y decidida. Estaba Lara, demasiado alta para una mujer, pero con un culo de infarto. Estaba la que se hacía llamar Nometoquesmucholosovarios, a quien cariñosamente llamábamos Ova; su nombre lo decía todo, pero no hablaba de lo imposiblemente dulce que era con sus compañeras. Estaba Ana, tan retraída que, de no ser por sus labios fuertemente pintados de rojo, habría pasado por una desequilibrada. Estaba Lucía, la más zorra de las zorras, la que te juraba odio eterno si le quitabas un cliente; también era la única que les atracaba siempre, sin excepción.

Pero si algo tenían en común era su forma de transformarse.

Ova y Amelia vivían en mi mismo edificio. Si no las hubiera visto en la esquina dos manzanas más arriba, tal vez ni las habría reconocido. La ropa provocativa, el maquillaje excesivo, y unas adecuadas extensiones hacían que, en el día a día, parecieran muy distintas. Pero Amelia no podía esconder tras una inocente falda plisada su astucia afilada. Ova era incapaz de ocultar, con su extraña afición por hacer repostería, la dura mirada cuando alguien la molestaba.

De todo esto hablábamos, Ella y yo, que éramos auténticas chicas de escalera, sentadas en el rellano del quinto, un piso encima del hogar de Ova y Amelia. A veces oíamos risas. Más de una vez especulábamos con la posibilidad de que fueran amantes, pero eran tan distintas que la teoría no cuajó. A veces todas las chicas se reunían allí, y cuando estaban juntas se quitaban los disfraces; eran, simplemente, mujeres cansadas de la vida, esforzándose en conservar frescura.

Ana tenía dos hijos a los que no podía ver por mandato judicial. No tenía esperanza de recuperarlos, de modo que trabajaba como una perra (literal y figuradamente) para hacerles regalos caros, que ellos siempre agradecían con una carta breve y tensa que la hacía sonreír una semana entera. Lara pasaba drogas, y dedicaba casi todas sus ganancias a cuidar de su sobrino, unos años mayor que ella, que tenía esquizofrenia. Otra cosa que tenían en común es que todas tenían detrás una historia muy dura.

¿Qué podemos aprender, las acomodadas chicas de escalera, de las belicosas chicas de esquina?

Valor, joder.

Y miedo.

sábado, 6 de octubre de 2012

No consigo olvidarte

Este semi-romanticismo propio de un dandy a veces me abruma. Que se me olvida cómo quererte bien y bonito, y retrocedo un par de años.


Eran azules, claro está. ¿Cómo no serlos, con todas esas lagrimitas que se empeñaba en ocultar? Pero sufría a gritos, y nadie parecía notarlo. Se escondía del mundo, y el mundo no podía permitir que una criatura tan bonita se escondiera. Fue entonces cuando nos conocimos.

Sonreía con tanta frescura, como si esperara que alguien le dijera que tenía una sonrisa preciosa. Reía con tanta dejadez, como si supiera que nadie se daba cuenta. Era tan fría como una princesa de Tolkien, y tal vez un poco más bella. Era tan atea que supe que le habían roto el corazón abundantemente. Por no tener, no tenía ni sospechas de lo importante que yo llegaría a ser.

La bauticé como Nymph.

Ella reía con ese nombre. La metí en la jaula de mis costillas y, removiéndose para decidir si se sentía cómoda, me destrozó el corazón. Luego, con un beso afilado, hizo que las dos mitades desgarradas la amaran incondicionalmente.

Pasó tanto tiempo... Demasiado tiempo. Pasó el tiempo como pasan los pesares. Fluyeron los días como fluyen las personas, y Ella cambió. Su fría belleza dejó de astillar. Sus ojos se volvieron líquidos, y sus labios trémulos susurraban eternidades. Ahora se llamaba Kokoro.

Pero esa es otra historia.

Yo sólo quería decir que, por muchos años que pasen, por muchos nombres de los que te disfraces, no consigo olvidarte.

Ilustración de Jane Beata
Aunque te tenga.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Y sin un tango

La música sonaba en su cabeza. Podía verlo en la forma que la ladeaba, en cómo cerraba los ojos. Incluso cantó por lo bajo, con una tenue sonrisa.

Habían sido 127 días sin verla, y ahora no se atrevía a acercarse. Tenía la garganta cerrada, el estómago revuelto y las piernas temblando. Debía sujetarse muy fuerte a la barra de la pared para no desvanecerse.

Estaba obscenamente guapa. Parecía tranquila, cantando por lo bajo. 127 días. Y parecía tranquila, en el metro de esa ciudad que visitaban juntas cuando todo parecía ser joven. Y parecía tranquila.

¿Qué estaría cantando? ¿Sería una de sus canciones? ¿Le dolería escucharlas? ¿Le daría igual? Demasiadas preguntas, estaba demasiado guapa. Y tranquila. No estaba tan serena cuando la echó de su propia casa a patadas, envuelta en llanto, negándose a mirarla a los ojos. Volvió seis horas después y ya se había marchado. De su presencia apenas quedaba un ridículo post-it rosa con una clave de sol dibujada. Pasó todo el día y toda la noche escuchando a todo volumen toda la música que había en la casa, consumiéndose sin violencia. Cuando se levantó, ya tenía las ojeras y los labios rotos que habrían de acompañarla durante 127 días.

Y parecía tan tranquila.

Claro que, ¿qué se supone que debía parecer? Tal vez desesperada, como ella. Le alegraba que no pareciera destrozada pero...

Pero...

Entonces se bajó en una parada y a punto estuvo de ser arrollada en su prisa por seguirla. Habían cuatro personas en el andén y ella se alejaba con su ritmo rápido y alegre. Gritó su nombre. Se tapó la boca con las manos. Esperó.

Ella se dio la vuelta y le clavó una mirada acerada. Ya no cantaba. Ya no parecía tan tranquila. Se acercó con su paso encantador. Y sintió pánico. Y quiso huir. Y se quedó quieta como una avestruz muy triste.

-¿Cómo me has encontrado?

Joder, qué bonita era su voz. Qué daño oírla tan fría.

-No te estaba buscando.

-¿Has venido a morir aquí?

No se atrevió a negarlo. Desvió la mirada y asintió. Oyó un hondo suspiro.

-Supongo que no puedo detenerte, ¿verdad?

-¿Por qué querrías detenerme?

Se tensó, desde la punta de sus zapatillas hasta el último de sus cabellos. Apretó los labios. Podía ver la frustración, la rabia sorda. Se le pasaron por el alto la hinchazón de los ojos y la forma de cambiar el peso de una pierna a otra.

-Dime qué estabas cantando.

Eso le hizo ganar una leve sonrisa, como si se hubiera abierto el mar.

-Mecano.

-¿En serio?

-No te lo esperabas.

-No esperaba volver a verte.

-Y no volverás a verme. Tengo que irme.

La retuvo por un brazo y por un instante sintió el calor de su carne, la suavidad de su piel, recordó sus yemas como vértices. Ella se apartó al instante con cierta violencia.

-No me toques.

-¿Dejarás que muera aquí? ¿Sola?

-Tú lo elegiste.

-Sin ti...

-No. Tú lo elegiste. Y aprecio lo bastante mi vida como para no morirme contigo en tu mierda. Si hubieras querido... Si hubieras elegido... Ya da igual. No vuelvas a tocarme. Tengo que irme.

Hablaba de forma fría y automatizada, por eso supo lo dolida que estaba. Tenía tanta razón que apenas se atrevía a mirarla. Se marchó con su grácil forma de andar, en absoluto tranquila. Se marchó casi corriendo.

Y se dio cuenta de que ya eran 128 días.

Published with Blogger-droid v2.0.9

lunes, 27 de agosto de 2012

A esto se le llama culpa

No había acabado de salir de ella cuando ya se estaba levantando de la cama. Él se dejó caer, sonriente, con cara de imbécil. Le odiaba.  Y le necesitaba. Porque eso era lo normal, lo correcto. Tenía las rodillas enrojecidas. Rara vez follaban mirándose a la cara. Él tenía un oportuno fetichismo por poner a sus chicas a 20 uñas, y ella demasiadas ganas de no tener que verle cuando se corría. Nada le molestaba más que su expresión en ese momento. Tal vez lo superaba el hecho de que su propio cuerpo solía responder, llenándola de un placer sucio que la llevaba directa a la ducha.

-Oye, ven aquí. Túmbate.

-Quiero ducharme.

El rostro de él se ensombreció. Y ella se sintió un poco mejor.

-Si tan asqueroso te resulta, dejamos de follar y punto.

Eso no se lo esperaba. Le observó en silencio, aterrada. ¿Dejarlo? Sintió el familiar vacío en su pecho, ese que sólo se disipaba mínimamente con un cuerpo cerca. Estaba paralizada.

-¿Qué coño te pasa, eh? -le increpó él de forma brusca-. Nunca te quedas a dormir, pero bien que me buscas. No quiero ralladas, si tanto necesitas que te follen búscate a otro.

No podía dejarla. No había nada que dejar y no se lo iba a permitir. La alternativa era demasiado cruel, demasiado fuerte. 'Puede que te arrepientas de esto'. Se acercó a él y se subió a sus muslos desnudos. Esbozó una sonrisa triste que el pobre infeliz juzgó encantadora. Susurró palabras sucias, dijo lo que sabía que quería oír y cuando él la tocó no se resistió. En un momento volvía a estar debajo, la almohada se tragaba cómplice sus lágrimas, su garganta gemía tenuemente y él embestía casi ciegamente. Que se corra, rezaba en silencio. Que se corra ya y se duerma. Sería más fácil irse si estaba dormido. Tuvo suerte. Cuando le soltó las caderas ya estaba medio adormilado. Le contempló sin expresión hasta que se quedó dormido. No se arriesgó a usar la ducha. Se lavó como pudo, se vistió y salió. No llegó muy lejos.

'Crees que puedes estar sin mí y te equivocas. Esto no está mal. Tú y yo nos queremos y eso es imposible que esté mal. Vete a buscar un hombre que te quiera, no te resultará difícil. Tú me quieres a mí y eso no lo vas a poder olvidar'.

A lo mejor la había maldecido. No había conseguido dejarla del todo, pero su deliciosa amante había encontrado una pareja que no tenía miedo de lo que sentía. Sus palabras se repetían como una maldición. Se dejó caer en el portal de ese edificio que cada vez la hacía sentir más desechable. Lloró.

Aún recordaba la placidez de su tierna carne. ¿Como podía estar mal?

Published with Blogger-droid v2.0.6

viernes, 10 de agosto de 2012

Insomnio y nínfula

La miraba y la miraba, y supe con tanta certeza como sé que algún día he de morir...

Que tenía los ojos grandes y vivos. Ella decía que eran tristes, como todo, como esa última mirada cuando se marchó. Estaba tan asustada y a mí se me daban tan mal los pajaritos... Era más fácil añorarla secretamente que ir a buscarla.

Que hablaba siempre como si cantara, con esa vocecita adornada con sus risas y carcajadas, que solía guardar secretamente en un corazón-baúl. No me atreví a abrirlo jamás, asustada como estaba. Con lo feliz que había sido, y sólo quedaban risas enlatadas como en las malas comedias.

Que en su cintura perdía la vida. Que a pesar de todo su cuerpo seguía siendo un misterio. Ella solía decir que nadie la había tocado como yo. Y es que su piel había que tocarla como a una obra de arte, con cuidado y veneración. Con profunda devoción.

Que su corazón era lo más bonito que había conservado en formol. A veces lo miraba en el estante y quería devólverselo. Otras, hasta a mí me dolía lo que sentía. Sentíamos los dardos a la vez, con lo fácil que era echarla de menos.

Que en las escasas ocasiones que me perdía entre mis dedos, lo hacía pensando en ella. A veces sentía sus besos y los olía y sus imaginados gemidos me mataban de pena.

Que cuando nos atrevimos a mirarnos, su corazón seguía en mi estantería.

... que la amaba más que a nada que hubiera visto o imaginado en este mundo.

Published with Blogger-droid v2.0.6

lunes, 6 de agosto de 2012

No te atrevas

"Recuerdo que al llegar ni me miraste. Fui sólo una más de cientos."

No quería salir, no quería salir. Se había resistido mucho pero había acabado cediendo al chantaje emocional. Armada con dos paquetes de tabaco, tacones anchos y gafas de sol a lo Marla Singer, acudió a la cafetería esquivando el sol. Odiaba el sol. Empujó la puerta, saludó brevemente al dueño y fue directa hacia la terraza. Llegaba pronto. Se encendió el primer cigarro y pidió cerveza negra. Iba ya por el tercer cigarrillo cuando escuchó los pasos acercándose a ella. Una voz cuidadosa la saludó efusivamente y a su lado se sentó una mujer joven, rezumando vida a través de su cuerpo exfoliado. Tenía los ojos verdes y la sonrisa fácil.

-¿Tabaco otra vez? Eso te matará.

-Me da igual.

-¿Cómo estás?

Tembló. Se caló bien las gafas de sol. Se encogió de hombros. Su amiga no insistió, y procedió a contarle una enrevesada anécdota laboral. Cuando el silencio reinó, hizo la rutina de siempre.

-Dime algo hermoso que hayas visto. Algo que te haya emocionado.

Sólo entonces la falsa Marla vacilaba. Esa vez tenía una respuesta preparada, aunque sabía que a su amiga no le gustaría.

-Una vez hablamos de la muerte. Me dijo que no podía morirme y dejarla sola en esta puta mierda de mundo. A veces creí que moriríamos como animalitos. Si una se iba a la tumba, la otra se moriría de pena al poco tiempo. Y aquí estoy, viva dos años después.

-¿Y eso es hermoso?

-Lo hermoso fue ver como el dolor de mi muerte inundaba sus ojos poco a poco. Ahora sé que eso era amor -las lágrimas le resbalaron por las mejillas, escapando de las gafas.

La joven de ojos verdes la miraba con dolor y profunda preocupación. Ni siquiera las gafas de sol conseguían ocultar las negras ojeras, los rojos ojos, el destructivo luto.

-No puedes seguir así. Debes reponerte.

Rió cruelmente.

-Eso sólo puede decirlo alguien que no ha amado de verdad. Yo lo tuve y ahora no, nunca más. ¿Como pretendes que viva así? ¿Como te atreves a pedirme algo tan monstruoso?

Su amiga acercó una mano a su brazo para reconfortarla mínimamente, pero la falsa Marla se apartó.

-No -susurró sin violencia, bebiendo de sus propias lágrimas-. No quiero que nadie me toque.

Published with Blogger-droid v2.0.6

lunes, 23 de julio de 2012


-Pero como no te voy a querer, mujerniña -contestaba con una sonrisa. Y ella aleteaba las comisuras de los labios, porque claro que lo sabía, pero le gustaba tanto escucharlo que de vez en cuando fingía una lágrima o dos y lo preguntaba, como si fuera nueva, como si no se conocieran.

Estaban haciendo planes como cualquier pareja. Miraban al futuro sin miedo y cuando a una le temblaban demasiado los párpados, la otra preparaba té y le lamía las lágrimas, con el olor a mermelada de cereza flotando.

A veces sacaban los colchones a la terraza y se dejaban picar por los mosquitos, en las noches despejadas. No sabían mucho de constelaciones y se inventaban las historias, que de mitología un rato sí que sabían.

Un día, una de ellas se despertó gritando de una pesadilla. La otra se apresuró a abrazarla y dejarla llorar. Solo era un sueño, solo era un sueño...

-Prometeme que me darás besos lentos todos los lunes, antes de levantarnos -exigió con voz acuosa y algo vacilante.

-Todos los días si quieres.

-Los lunes -insistió-. Todos los lunes.

-¿Para empezar bien la semana?

-Para que se me olviden las pesadillas de la semana anterior.

Published with Blogger-droid v2.0.6

jueves, 12 de julio de 2012

A cualquier vista

La primera vez que Esmeralda se suicidó, había hecho que le escribieran por todo el cuerpo en tinta azul, que en su piel de gitana se volvió casi negra. Ese día se puso una venda en los ojos y se perfumó en las muñecas y la garganta. Con el paso ágil de bailarina, caminó decidida por las callejuelas más peligrosas de París, hasta que consiguió lo que deseaba. Llevaba puesto un vestido muy burgués, que alguien había robado para ella, y no tardó mucho en ser asaltada. Insultó, humilló y utilizó sus malas artes de hechicera para herir a su agresores, y ellos acabaron atacándola. Primero la golpearon. Uno de ellos le dio tal tirón a la cabeza que se quedó en su mano un mechón de cabello espeso. Eso despertó su furia y se dio cuenta de que no quería morir. Luchó, pataleó, suplicó, ofreció y consiguió conservar la vida. Los malhechores la violaron de dos en dos o de siete en siete, eso no pudo recordarlo jamás, pero la dejaron viva. Con la tinta intacta en su cuerpo magullado, y los ojos secos. Tardó meses en volver a llorar. Cuando consiguió volver a casa, se lavó concienzudamente hasta que el cuerpo se quedó limpio y sólo se le veían las heridas.

La segunda vez que Esmeralda se suicidó, ni siquiera llegó a salir a la calle. En su propia cama deshecha, con su amante de nieve a su lado, le dijo sin ningún sentimiento que no la amaba, que no quería volver a verla. Y lo dijo de tal forma que ella misma se lo creyó y se quedó tan sola como Venus, y casi tan venenosa. Ese día rompió su corazón en mil partes pero todo lo que había escrito en él se quedó intacto.

En el trozo más grande estaba escrito "Perdóname, Blancanieves"

Voulez-vous venir avec moi?

La escuchas caminar lentamente hacia ti. Sus pies descalzos apenas se intuyen en la quietud de una noche demasiado oscura, pero sí oyes claramente el familiar roce de la ropa rota contra su cuerpo de porcelana y maldad. Casi puedes ver su sonrisa. Se detiene a pocos pasos de ti. El corazón empieza a temblarte antes de darte la vuelta y verla.

Y está más hermosa que nunca, más salvaje, más desgarrada. Más triste, más maliciosa. Más profanada y más entregada. Más Remy. Te sonríe con el descaro de quien sabe que no es bienvenido. Ves en sus ojos oscuros y rojos que pretende quedarse y te alejas. Y ella se acerca, casi hasta rozarte y te mira fijamente, apenas parpadea, y cuando lo hace es para que al volver a mirarla sea más fácil quedarte anclada en su mirada opaca.

-¿Me has echado de menos?

A pesar de todo, qué dulce suena su voz. Qué aguda, y cómo se te clava dentro, pero qué dulce forma tiene de acariciar tus tímpanos.

-No es la primera vez que vienes ¿verdad? He estado notándote últimamente.

-Has estado convocándome, querida, aunque no quieras reconocerlo. Dime que me has echado de menos.

-Que te jodan.

Y se ríe. Y te maldices porque su risa suena como las campanitas en la antesala del infierno y sigue estando más bella que nunca. Recorres con los ojos las curvas semidesnudas de su cuerpo, reparas en las heridas de sus muslos y sabes sin ninguna duda que se las ha hecho ella misma. Y entonces te das cuenta de que Remy sí te ha echado de menos. Cuando acorta la distancia y te besa en los labios por primera vez, no puedes hacer nada más que rendirte a ella. Te abraza, te besa, te acaricia, y tú te dejas hacer porque qué cosas tan horribles dice, pero qué dulce es su voz... "He intentado que vinieras conmigo varias veces, pero siempre te resistes. Y me tratas así, querida mía, como si yo no fuera nada, como si nunca me hubieras amado. ¿Y por qué? ¿Por Ella? ¿Por paz, por inspiración? Sé que me has echado de menos tanto como yo a ti. No estás viva sin mí. Sabes que todo eso que crees sentir no será para siempre, que volveré a ti, y será hermoso porque estaremos juntas, pero sufrirás porque tendrás que acostumbrarte a mí. Tú y yo estamos hechas para brillar cogidas de la mano, no puedes deshacerte de mí, no puedes deshacerte de mí."

-Pero yo la amo -lloriqueas, sobrepasada, sobrecargada-. Y no quiero tenerte cerca, me destrozas. No quiero que estés aquí. Vete, vete...

Pero la abrazas mientras lo dices. No la quieres a ella contigo esta noche, no lo deseas, pero está ahí y su cuerpo venenoso te envuelve con el cariño de quien te ha visto en el peor de los infiernos. Y sigue diciendo cosas horribles, que apenas puedes escuchar por lo rápido de su tono y ya te corrompe el alma. "No puedes deshacerte de mí", repite como un mantra. Se acerca a tu oído. Su pecho se aprieta contra el tuyo. Está recurriendo burdamente a utilizar su atractivo lujurioso para tentarte y atraparte, y la odias y te odias.

-Todas esas noches que, con todo ese amor que dices sentir en tus venas, acababas durmiéndote llorando sin saber por qué, yo te estaba llamando. Y tú acudías a mí sin saberlo. ¿Es que no te das cuenta?

Quieres matarla. Quieres golpearla y herirla y mutilarla y hacerle tanto daño que no pueda recuperarse jamás. Pero tus brazos son pesados y siguen abrazándola como si fuera un salvamuertes, como si tuviera llaves secretas cuando sólo tiene cerrojos. Lo sabes, lo sabes, sabes que no está bien, que no lo deseas, que no la quieres, pero Remy está aquí contigo dándolo todo, entregándose a ti, suplicándote que la aceptes de nuevo y estás tan triste que sólo puedes abrazarla mientras sollozas. Deseas que tu corazón se convierta en un nido de serpientes, que ella lo apreciaría de verdad y sólo puedes quedarte encerrada en su abrazo putrefacto, gimiendo que te deje sola, resistiéndote a soltarla.

lunes, 2 de julio de 2012

Breaking down is coming

¿Te queda algún recuerdo que no haya sido quemado? Me dicen que la biblioteca de tu memoria ha imitado un poco a Alejandría, y tu ansia pirómana quemó algunas cosas con rabia. Casi quería detenerte y no me atreví. El calor evaporaba la tristeza y sólo te dejó la amargura, carbonizándote. ¿Qué querías destruir?

Cuando el fuego se extinguió, te vi con las lágrimas solidificadas en tus mejillas, recogiendo las cenizas humeantes.

Dicen que nunca te separas de la urna que contiene tus recuerdos.

~~~~

Tumbada semidesnuda el calor no consigue traspasar tu piel. Tienes el corazón erizado de terror y soledad. Hace frío dentro de ti. Sientes frío dentro de ti. Cierras los ojos con fuerza y tu imaginación invoca desesperada un brazo en torno a tu cintura. El brazo fantasmal te roza cariñosamente, sabes que no es real. Y cuando empiezas a llorar sin moverte, una mejilla se recuesta contra tu espalda y una vocecita rescata palabras que deseas escuchar sobre todas las cosas. Sientes los engranajes de tus ojos deteniéndose, porque ya no es tan duro y ya no estás tan sola.

Y sabes que no es real.

~~~~

Paséate los dedos por las caderas. Así, suavemente. Siente tu piel como si fuera otra. Ve hacia el costado, sube por las costillas. Nada en el océano nocturno que eres. Tócate disfrutándote. Sabes qué quiero decir. Así no. La boca es suave. Las mejillas limpias, la nariz redondeada. Baja un poco. Un poco más. Otro poco más. Siente el valle del vientre, su tersa suavidad. ¿Te apetecen los muslos? Son blandos y sedosos. ¿Quieres seguir? Dirígete al sexo entonces. Tócate un poco por encima de la tela...

Ah. No. Lo entiendo. No notas incandescencia, puedes parar. No ardes, no pasa nada. Veo como la sensación de tu sexo vacío te empieza a helar. Y como poco a poco tu mente se abstrae.

Qué bella estás, princesa, en el limbo sin descanso, con las rodillas entreabiertas y el frío resbalando por tus hombros.

¿Quieres un abrazo?

Abrázate entonces.


Published with Blogger-droid v2.0.4

Esto sólo está escrito en tu imaginación

Si esto es el principio del verano, más vale que el desarrollo sea mejor.

Me despido con una espiral azul, porque estoy obsesionada contigo, y vuelo hacia el teclado un momento. Es que ha habido un momento tan poético... Mientras me dabas calor a distancia, y se te fruncía el ceño algo preocupada, las lágrimas de agotamiento me han manchado la almohada. Inestabilidad, lo llamo yo, y tiene tantísimas vertientes. De mis ojitos rojos salían muchas cosas con el cansancio crónico: frustración, por demasiadas cosas. Preocupación. Decepción. Se me ha metido un poco esa crueldad que no deseo y por un milisegundo la rabia se ha esfumado.

Pero no. No se va. Aquí estoy, escribiendo a escondidas, sin más deseo que encender la vela. Estaba tumbada en nuestro santuario, queriendo rezarte. Añorando patológicamente la paz de tu cuerpecito nacarado, como mis pendientes favoritos, la luz de tus pupilas emocionadas, la magia bailando en tus clavículas y clavándoseme un poco en el alma con tus abrazos de Lolita, de Dolly. Que me astilla tu cariño, que tu ausencia me hace daño, que hoy te echo de menos, que sin tus manos no me sostengo. Que quiero ser tu pilar, tu toldo, tu paraguas, tu almohada, tus velas encendidas en verano, en pleno día.

Y...

Y...

Y nada, me voy a dormir.

viernes, 15 de junio de 2012

Vicio matutino

Fumar por la mañana tiene cierta tristeza. Tiene ese aire de desamparo, como si fumaras por llenar el vacío, por escuchar algún sonido. Por ver algo, cualquier cosa, que no sea un vacío deprimente en una casa que empieza a iluminarse por la luz, que empieza a brillar.

Lo que más me gusta de fumar es ver los rizos y espirales que expulsa el cigarrito industrial, todo ese humo imposiblemente bello, en un tono azul que no he visto en nada más. Y entonces aspiro una calada corta y rápida, para sentir cómo el asfalto se adhiere a mis pulmones, y soy consciente de que me estoy matando. O aspiro de forma lenta, de forma pausada, con tiempo y ganas, para expulsar este humo que me enamora en un movimiento indecente de labios, pensando divertida y casi emocionada que la imagen debe ser preciosa, el humo pálido en contraste con mi piel morena, la muerte saliendo de este cuerpo que parece tan lleno de vida.

Estoy enamorada de fumar.


En dialecto de Okinawa

Estaba asomada al balcón. Su breve vestido floreado, apenas una larga camisa, no llegaba a tapar del todo sus muslos. El movimiento era hipnotizante. Al mínimo movimiento, la tela ascendía, o se movía, o se quedaba quieta, y los muslos torneados hacían su aparición estelar. Tenía un cigarro entre los dedos, que fumaba con desidia, sin olvidarse de expulsar el humo como una señorita. Cuando notó su mirada, su actitud cambió. Hubo una tensión diferente en su cuerpo, un temblor al principio de sus muslos, el susurro de una sonrisa. No se volvió.

La llamó, por uno de sus muchos nombres inventados. Ella había insistido en no revelar su identidad, y como todos, ese capricho suyo fue complacido. Ladeó la cabeza para echarle una devastadora mirada por encima del hombro, aún con la nicotina en los labios. Nunca estaba tan bella como cuando fumaba. Tiró la colilla a la calle sin apagarla, y con su risa como un gorjeo, corrió hacia Gala, que la recibió abrumada entre sus brazos. Se acurrucó a su lado, buscó sus labios imperiosamente y en cuanto los encontró, toda la energía que el cigarro le había dado se desvaneció. Y se le inundaron los ojos.

-Tengo miedo.

Gala la apretó más contra sí, sintiendo su pesada respiración en su cuello. No quería mirarla. No quería ver por milésima vez lo triste de sus ojos de gitana. Las rodillas de ella se pegaban a sus muslos, y pensó que tenía las rodillas más bonitas del mundo. Aún tenía dibujado un pequeño universo en su piel de aceituna.

-Todo saldrá bien -susurró, sosteniendo a esa mujer tan suya, que a veces era tan niña.

Levantó el rostro, con una única huella de lágrima, y sonrió con toda la cara, los ojos iluminados, la boca de ágave y cristal, las orejas asomando tímidamente entre su espesa cabellera. Parecía salida de un sueño, y su belleza estremeció el corazón de Gala. Tenía esa mirada, esa mirada que anunciaba el retorno de su energía, pero tenía también en el fondo infinito de sus ojos romaníes una tristeza que crecía día a día, que se comía sus pupilas negras. Volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Gala, que luchaba por reprimir la melancolía contaminante, que luchaba por reprimir el impulso de morir o matar por ella. Lo supo entonces. Teniéndola a su lado, con la pesada respiración, con la tristeza desbordándola, lo supo.

-Te llamas Paloma.

Y ella se incorporó con una sonrisa tibia, con un pálpito en sus manos y negó dulcemente con la cabeza. Pero Gala ya tenía la idea en la cabeza. ¿Cómo no iba a llamarse así, ella que era etérea, eterna y maravillosa? ¿Qué otro nombre podía tener, con sus besos lentos de palomita, su forma de comer como un pajarito desdeñoso, la fragilidad de sus miembros cuando la abrazaba? Como para confirmarlo, ella se levantó, con el resto de una risa en sus labios. La camisa dejaba ver demasiado de sus muslos, insinuando su sexo cálido. Una mano le alzó la mirada, y la hizo clavarse en sus ojos, esos ojos de hechicera consumidos por una tristeza insondable.

-Todo saldrá bien -afirmó el pajarito herido, sin que la sonrisa le llegara a la mirada.

jueves, 14 de junio de 2012

Espejito, espejito

Me preparo para acostarme. La dulce alegría de una llamada intempestiva me acaricia, aunque no me queden fuerzas para sonreír. Pienso distraída en Francesca y Kokoro. Entonces el espejo se interpone.

Y la chica que se refleja en él me da pena. No puedo ser yo.

No veo nada más que una melena despeinada, ojos semicerrados pasando el mono y unas ojeras que parecen comerme viva. Si pudiera, me echaría a reír. O a llorar. O a gritar.

¿Es este el rostro de un ángel o el de un súcubo? O el de una hechicera. O el de una gitana francesa.

O el de una chica agotada que necesita un abrazo.


Published with Blogger-droid v2.0.4

miércoles, 13 de junio de 2012

"El día que hizo más viento que nunca"

Tu lengua tomó la forma de un puñal, y tu carne amada era de repente una armadura nuclear, preparada para destruirme al mínimo roce.

Sé que retrocedí como si me hubieras golpeado, o tal vez lo hiciste. ¿Llegaron tus dedos venerados a marcar mi cuerpo? No en el furor de la pasión, sino en la rabia, en la decepción. Y hablabas como si no hubieras hablado en años, y herías como si te hubieras enamorado. Dabas vueltas a mi alrededor, como una pantera dispuesta a arrancarme un trozo de piel, y yo daba vueltas contigo, fantaseando con que aún bailábamos. Respondí a tu rabia sibilina con tristeza caliente resbalando entre mis manos. Parecías un cuervo dispuesto a arrancarme los ojos. Todo tu cuerpo se transformó en la fauna maligna que no había tenido cabida en nuestro lecho, pero sí en tu dolor. Tu dolor, porque lo veía, porque aunque eras ave rapaz y depredadora, estabas tan rota y tan sola y tan triste.

Aproveché un momento de silencio, de humana vulnerabilidad en tu desahogo, para acercarme a ti. Estabas sentada en un pequeño diván color verde botella, ese que te encargué desde Berlín, mirándote las manos, acaso sorprendida. Sí, sorprendida. Recosté mi cabeza en tu falda y como una luz, una de tus manos se adelantó a acariciarme el cabello y supe que aún me amabas y me eché a llorar como un bebé. Porque sería un bebé, un ser incompleto y frágil si tú me abandonabas. Entonces volviste a hablar y tu voz había perdido el rojo, y se derramó sobre mí como resina.

-Deja de hacerme daño.

Una lágrima tuya acabó cayendo en mi cuello. Te notaba sobre mí, notaba tus lágrimas sedosas y tu aliento trémulo, casi moribundo. Supe que te estaba matando y me rompí contigo y sin ti. Balbuceé. ¿Cómo iba yo a herirte, si el veneno salía de cada poro de tu cuerpo? Si me fumigabas, y me hacías sentir un Gregorio, un insecto. La rabia volvió a ti y con tus uñas felinas me levantaste el rostro. Ambas, con las caras mojadas, nos miramos tres largos segundos. Me soltaste y te quedaste ahí mirándome. Otros tres largos segundos. Los conté para no pensar en lo mucho que habían cambiado tus ojos.

Y gritando me dijiste todo lo que jamás te habrías atrevido a decirme. Cada palabra fue un asesinato. Primero mataste mi confianza, y terminaste matando mi ilusión. Pero no conseguiste acabar con mi amor. No lo conseguiste. En medio del furor me incorporé, y desgarré la camisa que llevaba, tu favorita, para gritarte desquiciada que me mataras, que acabaras conmigo en ese momento, que no podía más porque era tuya y vivir con tu veneno era demasiado. Algo tembló en tus pupilas un instante. Y muy decidida, me golpeaste el pecho de forma que me hizo caer, tú, que ni siquiera te prestabas a mis juegos masoquistas, tú, que solías amar mi carne emocionada. Tú, me golpeaste, me lastimaste, y te quedaste de pie con las piernas abiertas viendo cómo boqueaba para recuperar el aliento, escuchando mis desbocados latidos.

No me levanté. De nuevo, el silencio había caído en la habitación pero era un silencio distinto, era un silencio verde y mohoso, que se asentaba justo debajo de los hombros, sin tocar el corazón, porque yo te oía latir y oía como llorabas por dentro. Y murmuré.

-No lo soporto más. No sé qué nos ha pasado, si tú y yo éramos perfectas. Sé que me quieres, pero hoy me has hecho más daño que nunca. Ni siquiera tú me habías herido tanto. Me iré. Te dejaré libre y no volveré jamás.

Te echaste a mis pies, bañándolos con tus lágrimas e hiciste lo sorprendente: suplicaste. Arrastrándote lentamente hacia mí, suplicaste. Dijiste que serías menos que nada sin mí, dijiste que me amabas, dijiste que todo pasaría. Pero no dijiste que lo sentías. No te disculpaste por habernos matado como lo hiciste. Ni siquiera preguntaste si me dolía el pecho, o si me habías roto ya el corazón.

-No puedo creer que me estés suplicando. Tú no.

-Sí, yo sí, yo sí, porque te amo, porque tienes razón, no sé qué nos está pasando. Pero no te vayas, no nos acabes así. Sabes que sin ti no puedo... que yo no...

Y te callé con el que supe que sería nuestro último beso. Porque sí, te odiaba, y te despreciaba, y renegaba profundamente de todas nuestras heridas, pero aún te amaba y estabas más bella que nunca. Por última vez, fuiste frágil para mí, fuiste cristal y adicción, y tus labios de sirena me atrapaban... O al menos lo intentaban. El viento que se creó en el espacio entre nuestros cuerpos acabó por separarnos. No era suficiente. Tapándome como pude con los restos de tu camisa favorita, me levanté. Me ayudaste. Me mirabas expectante, y fue entonces, justo entonces, cuando supe que tú no podrías marcharte jamás. Notaba cómo el veneno y la culpa luchaban en tu interior, y no quería estar ahí para ver el desenlace. Secaste mis inconscientes lágrimas con un simple beso. Te acerqué a mí para apoyar tu frente en la mía.

-Te amo -y sonreíste, y cerré los ojos para no ver tus labios-. Y no volverás a verme.

Salí de esa habitación como pude. Me suplicaste que me quedara, podía oír tu voz reteniéndome pero no moviste un solo músculo de tu cuerpo para buscarme. El huracán me alejó de ti, el pecho me latía atropelladamente. Me sentí culpable por desearte como lo hacía, pero me marché a toda prisa.

La fauna salvaje que habitaba en tu pecho se calmó en cuanto desaparecí. Y tus asesinatos se quedaron dentro de mí.

martes, 12 de junio de 2012

La chica de las cuencas vacías

No olvidaría jamás ese trozo de papel cuadriculado, con unas pocas palabras garabateadas a ciegas, y una mancha de sangre con forma de dedos. Tampoco olvidaría el trayecto hacia el hospital, ni cómo las enfermeras la miraban. Debía tener pinta de ser una auténtica chiflada.

Pero cuando entró en la habitación, supo que, al mirarla, no veían a la chiflada en ella.

Estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la pared. Unas vendas le envolvían la cabeza. Sus dedos de pianista tamborileaban en las rodillas. Ladeó la cabeza al escucharla entrar.

-Ah, has llegado. No hacía falta que te dieras tanta prisa.

No quería moverse. No quería rodearla y ver lo que se había hecho. Pero su compañera le ahorró el trance, dándose la vuelta en la cama y cruzando las piernas.Las vendas le protegían los ojos, y bajo ellas se adivinaban unos gruesos trozos de gasa adheridos al cráneo, tapando por completo las cuencas oculares. Siguió hablando.

-Quieren llevarme a psiquiatría. Dicen que he perdido la cabeza y que no sé lo que hago. Pero lo sé perfectamente. He hecho esto por ti.

-¿Te has arrancado los ojos por mí? -le salió la voz trémula, vacilante. Ni siquiera tenía claro cómo sentirse.

Sonrió, sin ira y sin tristeza. Se tocó las vendas que le cubrían lo que hasta entonces eran sus ojos.

-He visto lo que deseaba ver, cariño. Lo he visto todo. Te he visto a ti. No quiero ver nada más, quiero que tú seas lo más hermoso que haya contemplado. Por eso lo he hecho.

Por fin se atrevió a acercarse. Se sentó a su lado en silencio y recibió sus manos. Le recorría la cara con los dedos para reconocerla. La sonrisa no se le borraba de los labios. Parecía envuelta en un halo de beatitud, y las vendas blancas ayudaban. De repente, se le torció ligeramente el gesto.

-No quiero que estés tan triste -sentenció. Y pareció ser de nuevo la persona que la noche anterior se había tumbado a su lado, aún con ojos. Le sujetó las manos videntes por las muñecas.

-Yo no quería que te quitaras los ojos. ¿Quién me los arranca ahora a mí? No quiero verte así. ¿Es que te has vuelto loca? ¡Nos quedan miles de cosas por ver! Se supone que vamos a mudarnos dentro de 7 meses. Tenemos que viajar. ¿No recuerdas París? ¿No quieres volver conmigo?

-Creía que tú lo entenderías.

Se levantó. Empezaba a sentirse furiosa.

-Amaba tus ojos.

Fue como un golpe. La ciega mantuvo el rostro alzado hacia su voz, pero se derrumbó contra la cama en un instante. De las vendas empezaron a deslizarse lentas gotas de sangre. Le temblaban las manos. En cuanto escuchó los pasos acercándose a ella se removió para alejarse.

-No me toques. Por Dios, no me toques.

-Deja de decir tonterías.

-¡No! No lo entiendes... he hecho esto por ti. Por ti. Y tú me... No. No quiero que me toques. Vete.

-No voy a irme. Acabas de mutilarte, tengo que cuidar de ti.

La ciega se incorporó. Se volvió hacia ella, como si pudiera verla, directamente a los ojos.

-Tienes que. Pero no quieres. Vete de aquí. Ahora mismo. Realmente me alegro de haber hecho esto: no quiero volver a verte.

Fue imposible hacer que cambiara de idea. Ninguna explicación, ninguna súplica, ninguna lágrima, nada escuchó. Se mantuvo en un estoico silencio hasta que se quedó sola. Y en la quietud de la blanca y aséptica habitación del hospital, se quitó las vendas furiosamente. La luz le hirió los ojos, inyectados en sangre, uno de ellos prácticamente mutilados. El color había desaparecido de los dos. Ambos tenían el aspecto de haber sido arañados y golpeados gravemente. Pero los conservaba. No había conseguido quitárselos. Había puesto su amor a prueba y no lo había superado. Llamó a su médico, acordaron un tratamiento para curarla y pidió la derivación a otro hospital, a otra ciudad. Necesitaba marcharse de allí, alejarse de la persona por la que había estado dispuesta a perderlo todo... para amarla a ella.

En su corazón, atascado en aquella pequeña ciudad, enredado entre sus mantas, sería siempre la chica de las cuencas vacías.

martes, 22 de mayo de 2012

"Escúpeme en la pena"

Se acostumbró a mentir sobre su nombre. Con el tiempo, se olvidó de aquel apelativo que la hacía conocida en aquellos círculos que había dejado atrás. Le salía automático. ¿Cómo te llamas? Me llamo Gala. Los que reconocían el nombre captaban enseguida su mentira, pero pocos le preguntaban. Y quien lo hacía no recibía respuesta.

Navegaba en caderas fuertes, musculosas. Se dejaba querer por cualquiera lo bastante osado de aguantar su mirada más de 15 segundos. Jamás amaba; para eso, era necesario un corazón. Los cuerpos ajenos calentaban sus sábanas y dejaban su alma indiferente. Se esforzaba por sentir, pero era tan
demandante, tan rutinario que se cansaba. Con una sonrisa triste, despedía a sus amantes sin ceremonias. Tres noches más tarde, otro hombre se prestaba a cobijarla y aceptaba encantada pero siempre estaba la barrera. Todos le preguntaban el nombre. Nadie preguntaba quién era.

La primera vez que se vieron, estaba decidiendo quién sería su próximo amante. El pequeño grupo de personas que la veían, además de mirarla, y a quienes consideraba amigos, se había marchado. Dudaba entre el joven de ojos lascivos y el hombre de sonrisa fácil. Decidió salir a deleitarse en el perfecto placer de un cigarrillo antes de llevarse a cualquiera de ellos a casa. Alguien se levantó a la vez que ella. Le preguntó si iba a fumar y si tenía mechero.

-Así que te llamas Gala -susurró, después de la primera calada. Tenía el cabello corto, oscuro, con los restos de un tinte rojizo que apenas se veía. Sus labios femeninos fumaban con cierto deleite.

Asintió. No tenía ganas de hablar. Se le habían pasado las ganas de un amante. Quería terminar de fumar y marcharse a casa, a olvidar sus infortunios con llanto e insomnio.

-Si me lo permites, creo que serías una musa fantástica.

-¿Por qué?

-Estás inundada de tristeza.

A punto estuvo de derramar lágrimas en ese justo momento. Se controló. Miró esos ojos maquillados, que la observaban sin vergüenza. Se dio cuenta de que ya había encontrado quien le calentara el cuerpo esa noche. Sonrió débilmente. Sacudió la ceniza del tabaco.

-¿Quieres venir conmigo? -recibió una sonrisa como respuesta.

Pero no fue una sonrisa lo que recibió cuando, a la mañana siguiente, se despertó pronto, aún somnolienta. Los mismos ojos que la habían seducido la noche anterior la observaban, muy solemnes. Ella se había puesto una de sus batas como único vestuario. Gala se envolvió en la pálida sábana que apenas la cubría.

-Nunca habías estado con una mujer -afirmó la otra. No parecía sorprendida. Se había vuelto a maquillar los ojos, intensos, preciosos.

-¿Importa?

-Debería importarte. ¿Por qué me elegiste?

No contestó. Se levantó, se puso un camisón y fue hacia la cocina. Empezaba a sentirse incómoda. La noche anterior había sido mucho más íntima de lo que esperaba. Hubo un momento, breve y fugaz, en el que supo que podía querer a esa mujer.

-¿Me dijiste cómo te llamas?

-No -contestó divertida, en el marco de la puerta-. No me lo preguntaste.

-¿Cómo te llamas?

-¿Sabes? No es la primera vez que te veo en ese bar. Llamas bastante la atención con tu promiscuidad. He visto que lo primero que preguntas es el nombre. No te lo voy a decir para que puedas llevarme a la puerta y despedirme amablemente.

Sacó zumo de la nevera. No sabía cómo enfrentarse a ella. ¿Quién le mandaría experimentar con una mujer? Demasiado intuitivas.

-Dejaré que te quedes con una única condición -sentenció, sin mirarla, dándole la espalda. Su mirada la taladraba.

-¿Cuál?

Le dedicó una fugaz mirada por encima del hombro. Lo que vio en ese rostro la dejó sin respiración.

-Averigua quién soy.

martes, 15 de mayo de 2012

Fatalidad

Tengo tendencia a la exageración negativa. Cojo una situación, e imagino qué es lo peor que podría pasar, aunque mis expectativas siempre se ven superadas. Es uno de mis superpoderes de mierda.

Imaginé esta situación, aunque por supuesto no llegué a imaginar toda esta profundidad. Ni se me pasó por la cabeza que desaparecieras, ni que yo no supiera cómo coño acercarme a ti... O si quería hacerlo. Espero que el nivel negativo no aumente, lo suplico ante los dioses en los que no creo. Por ti, por ti, que a mí estas cosas se me dan bastante bien (o mal). Clavaré puñales en mis lágrimas absurdas, lo sacrificaré todo, para que los dioses tengan la bondad de cuidar de ti. Releo tu muestra de ¿apoyo? Dijiste que no me arrepintiera de nada, que asumiera las consecuencias, y en eso estoy...

Pero mis consecuencias son ella, mi Ella, y me inunda el fatalismo, en esta mañana que bien podría ser de domingo. Poco puedo decirte que no sepas ya, querida, que no hayas leído en mí, aunque hayas querido malinterpretarlo. Poco hay que a estas alturas no hayamos explicado hasta la extenuación. Lo que no sabes es esta sensación que tengo, este sentimiento tan de domingo... Tal vez sea dudar de tus determinaciones, pero a los hechos me remito.

Incendiaste mis jardines mil veces, me has arrastrado al placer en el infierno, me has desmontado la cabeza de tantísimas formas diferentes; lo destruimos todo para querernos y sólo conseguimos confusión. Ni tú ni yo hemos hecho nada a derechas, tengo mis múltiples fallos, y soy incapaz de creer con toda mi alma que no te marcharás. No es un reproche, no es una queja, es sólo la exposición de un hecho.

Tengo dentro de mí, escondida y lloriqueante, la certeza de que vas a destrozarme la vida. Y ni aun así, ni aunque viniera Cronos y me enseñara mi futuro corazón ensartado por tu ausencia, podría alejarme de ti.

domingo, 13 de mayo de 2012

Un momento sin compartir

Lo había visto a la ida pero las prisas no me habían permitido saborearlo. A la vuelta sí me fijé. Estaba sola, con el último coletazo moribundo del día envolviéndome. Paseaba los dedos por el hierro del puente, mi puente, ese en el que decidí de niña suicidarme si llegaba el momento. En mi mente, Celia atravesaba la barandilla temblorosa y se dejaba caer, frágil y arrepentida, con lágrimas brillantes detenidas en el tiempo, ella que se mató para no sentir, sintiendo más que nadie...

Me doy cuenta entonces del detalle que marca el principio del verano; esos copos blancos, fragmentos vegetales, envolviendo el puente, llenándolo de luz celestial. Como cada año, las escasas personas que reparan en la magia lo consideran una molestia. ¡Mejor! Que no me lo roben, que nadie más lo entienda. Este es mi momento, siempre perfecto.

Atravieso el puente danzando en mi mente, los dedos reconociendo cada bulto, cada hendidura y una sonrisa de paz en los labios. Ahora, justo ahora, estoy completamente limpia de cualquier pecado.


Published with Blogger-droid v2.0.4

miércoles, 9 de mayo de 2012

Lloriqueante evolución

Hace muchos más años de lo que parece, me acostumbré a escribir con la huella húmeda de lágrimas paralelas en mis mejillas. Me sentaba frente al teclado, con la pantalla en blanco mirándome inquisitiva y dejaba que toda la frustración, desencanto, rabia y extraña culpa se acumulara. Antes siquiera de mover los dedos, ya sollozaba, quebrada y vacilante; sabía que no había vuelta atrás. Todo era por mi amado ángel del desdén, que por entonces se llamaba así. Mi vida era suya, mi cordura era suya, y me lo devolvía todo machacado, emponzoñado con sus mentiras. Mi furia habría sido perjudicial, así que tragaba y aguantaba, sin mirarla jamás a los ojos. Más tarde escribía, no sin antes recibir a las siempre puntuales lágrimas paralelas.

Pero de todo esto hace muchísimo, antes de mis inocencias corrompidas. Y todo iba tan rápido que, al escribir, me olvidé de esperar las huellas húmedas, hasta que dejaron de perseguirme. Hoy en día, con toda la comunicación virtual que tenemos, ya no es una carta perfumada lo que nos desgarra, sino unas palabras escritas con saña o mimo; ni siquiera deben tener una ortografía adecuada, basta que sean para ti.

Ay, mis terremetos, los recordaba diferentes. Sé que la indecisión rompe más corazones que la crueldad, pero no esperaba que afectara también a mis tormentos, que ahora son borrascas sencillas. Y duelen, claro. Y provocan lágrimas paralelas, por supuesto. Pero sin el bizarro mutilamiento de antes. Lo que no ha cambiado es la imprevisible inestabilidad. Tan pronto estoy feliz, extasiada, ilusionada, como devastada y melancólica. Ni siquiera sé qué echo de menos, o es que no me atrevo a averiguarlo.

Yo que sólo quiero ser ligera y efímera... Y peso como una losa.

lunes, 7 de mayo de 2012

Abono

Siento la vida latiendo en mí, suave, sutil, como si quisiera engañarme. Eh, querida, no es lo que parece. Sigue, sigue, que yo no estoy aquí. Pero a mí no me la da. A estas alturas no. No soy la misma persona que conociste, aquella idealista desesperada. Me he vuelto mucho más cínica, sí, pero también mucho más hermosa. Sé romper corazones y sé reconstruirlos. Conozco tanto, y a la vez sé tan poco... A veces mi juventud me desespera. ¿Cuándo sino ahora aprenderé todo lo que quiero saber?

Con alguien como tú, tan destrozada, tan machacada, tan esquiva como yo, no es difícil entenderme. A veces lo compruebo. Juego con mi voz, mi mirada, mis verdades y mis mentiras, y no deja de asombrarme que siempre lo notes. ¿Cómo lo haces? Se supone que tú y yo no nos conocemos... Pero basta una levísima declinación que yo apenas noto para que se disparen tus alarmas. Es como si no apartaras las manos de las mías, para sentir en las muñecas cuándo varía el pulso con mis mentiras.

Y, incluso sin garantías, sin promesas, sin planes, no estás dispuesta a marcharte. Cuánto anacronismo. Sabes que me molesta. Deberías haber luchado antes, mucho antes, cuando era más tuya que mía. Ya no lo soy. Tal vez no lo sea nunca. Tal vez lo sea mañana. ¿Quién sabe?

Yo seguiré danzando entre el éxtasis y la agonía, haciendo como que no veo a la vida entrando poco a poco en mis jardines podridos. Si monta mucho escándalo, si me cabrea, si remueve demasiado, tal vez acabe echándola y me quede sin brillo, acurrucada junto a todas las cosas de las que no sé cómo despedirme.

domingo, 6 de mayo de 2012

Requiem y cicatrices

Siento que no tengo derecho a escribir esto. Que debería parar, borrarlo todo y desaparecer. Hay quien diría que tanto hablar de derechos y merecer es perjudicial, pero hay cosas que solo tú y yo entendemos.

No voy a cuestionarte, se hará a tu manera. Elige. Decide. Sé consecuente con tus decisiones. Sé tan egoísta como lo he sido yo.

Pero no me pidas que no me duela, que lo olvide todo. Aunque he sido yo quien se ha ido, quien se ha equivocado y quien te ha desgarrado... Me cuesta aceptar que no estás. Hay un profundo vacío que no sé como llenar. Creo que este silencioso y contradictorio requiem es lo minimo que puedo darte. No espero que lo entiendas; se muy bien que no es suficiente.

Si pudiera arrancarme de tus ojos lo haría.

Si supiera rezar, lo haría por ti.


Published with Blogger-droid v2.0.4

jueves, 3 de mayo de 2012

Miedo visual

Le picaban los ojos. A todas horas. Ya fuera por sueño, cansancio, tristeza o embriaguez, no había momento en que no le picaran. Tal vez era porque parpadeaba poco. Le daba miedo lo que se proyectaba tras sus párpados. Al cerrarlos, empezaba la película de terror y culpa. Recordaba, y la amnesia era más sencilla. De modo que así vivía, con los ojos enrojecidos.

Una vez, alguien la encaró y le preguntó si consumía drogas. Su aire ausente, sus ojos rojos y su mirada fija podían fácilmente inducir a pensarlo. Miró largamente a su interlocutor, se levantó en silencio y se marchó sin contestar. Nadie volvió a preguntarle.

Tampoco dormía mucho. Si parpadear ya la transportaba a una época que no deseaba recordar, dormir sería una tortura. Ocupaba su mente y aprendió a entrenar su cuerpo para poder pasar con unas pocas horas al día. ¿No lo hacían aquellos asiáticos, demostrando que la voluntad está por encima de la materia? Su voluntad de olvidar estaba por encima de todo. La rendición de la materia sobre el espíritu, qué dulce maravilla.

Su voluntad de poder aumentó gradualmente hasta que llegó el momento en que se le hizo imposible soportar el picor de ojos. Cansada de tener que calcular el tiempo entre parpadeo y parpadeo, un día se levantó de la siesta y con la ayuda de avarios cubiertos, se sacó los ojos.

Y la película de terror se desató.

martes, 1 de mayo de 2012

Puta realidad

Ha habido un momento de ternura hoy. Triste, pero dulce. Casi podía ver qué pasaba por tu cabeza.

Más tarde he recordado algo desagradable y me he sentido profanada. Este es mi rincón. Es mi mente, mi persona. Nadie tiene derecho a meterse donde no le llaman, y a mi cabeza hay pocas personas que tienen entrada. Si paso el enlace, es porque doy permiso y ese permiso no se puede quitar. Pero ninguna persona ajena a mi corazón tiene derecho a meterse en mis rincones, ni a invadirlos con una furia que no debería llegarme. Nadie. Nadie.

Estoy cansada de metáforas y mierdas. Estoy furiosa, destrozada y me siento culpable. ¿Y qué hago ahora? ¿EH? Ya que todos parecéis tener la puta clave, dádmela joder. Qué fácil es sentirme bien cuando cierro los ojos y todo se vuelve irreal. Qué difícil es reprimir las lágrimas cuando te encuentro, así de repente, por este mundo-pañuelo que es Internet. Y evito corregirte, porque para variar citas mal las cosas. Y evito decirte cosas que sólo tú vas a entender. Si nos ligamos mutuamente, si no nos dejamos marchar, no será nada sencillo. Viviremos un infierno.

Por mucho que me equivoque, soy persona, tengo un puto corazón y siento. De hecho, puedo llegar a ser hipersensible. Y una auténtica zorra. Y un charquito de mierda. No quiero consuelo ni creo merecerlo. Puedo resistir muchas cosas, puedo hacerlo, de verdad.

Pero sea lo que sea, y haga lo que haga, sigo sintiendo.

martes, 24 de abril de 2012

"En las despedidas buenas nunca se dice..."

Ya es la tercera vez que lo borro todo. No sé escribir ¿o sí? Tengo trazos de inspiración pero no sé dónde se esconden.

No quiero hablar de remordimientos, ni de culpas, ni de crueldad, ni de anacrónicas confesiones. Prefiero quedarme con esa última despedida, suave, dulce, dolorosa. Con la sensación de que, a pesar de todo, no tengo absolutamente nada que perdonarte. Nadie entiende mejor que yo el deseo y los errores. Pero no quiero hablar de eso, me quedo con esa ternura. Te recordaré como tú quieres, y te dejaré en un rincón de mi memoria con aquella chica de verano que tanto te fascinaba.

Algún día tendré valor para sentir con libertad. Para escribir con libertad. Y me entregaré por completo a esta fuerza gravitatoria que todo lo arrasa. Porque siempre he sido yo. Y ahora hay tantas cosas que tienen sentido que no sé por dónde empezar a reajustar mi visión. Ni siquiera sé por dónde empezar a vivir a mi manera.

Lo que sé seguro es que no permitiré que te vayas otra vez. Y tú no tendrás tiempo de pensar en la caída.

miércoles, 18 de abril de 2012

La importancia de las noches

Podría escribir. Podría vomitar sobre lo que hay dentro de mi cabeza. Relámpagos, nieve, niños llorando, desesperación. Y hablar con Simon&Garfunkel, y preguntarles si se le puede dar un abrazo a una roca, o peinar las islas. Mis rocas sufren, y mis islas lloran.

Pero al menos pude guardar en mi mente un recuerdo difícil, traumático, uno de los míos. Helada, con el rostro sucio por las lágrimas sin limpiar, aún con esa chaqueta puesta, deseando uno de esos abrazos llenos de cariño que tendrán que esperar... "Sólo quería que alguien me abrazara y me escuchara llorar".

Y en mi olvidada Ciudad de la Devastación, los lirios blancos florecen con cierto descaro. En mi museo en ruinas hay una luz blanca y semi-transparente, enfocando a una pared donde se pueden ver tres cuadros de Ofelia muriendo. Mientras los miro, resuena en mis oídos una risa musicada, de pajarito y no puedo evitar sonreír. Siento poco a poco cómo su talento me envuelve y me sostiene, sin saber nada, sin preguntar nada, sólo acariciándome los dedos en silencio, con el ridículo de fondo.

No me mires así. No me hables así. Tener esos pensamientos me hace recordar cierto traumático momento. Si un experto reconocido me sentencia así, es posible que todo mi veneno sea real. ¿Cuánto podré mantenerlo a raya? ¿Cuánto veneno puedo expulsar de mí sin envenenar a otros? ¿Cuánto amor puedo recibir sin merecerlo?

Quiero ver fuegos artificiales con contraste.

domingo, 15 de abril de 2012

Jardines y ciudades

Dudo que alguna vez me acostumbre a ese horrible concepto de "olvidar", "dejar todo atrás". Como lo detesto, y cuantas veces los he utilizado creyendo saber lo que significan, cuando no tengo ni puta idea.

Soy tan hedonista que creo que de cualquier experiencia se puede sacar algo bueno. Hoy no consigo sacar de mi cabeza a mi primer Henry, a mi tocaya, a mi guía. Releyendo antiguos textos que en algún momento analizamos hasta la saciedad, me doy cuenta de que todas estas enseñanzas ella las tenía asimiladas en su propio jardín, destrozado y ardiente. Con nuestras manitas idealistas construimos sollozantes un mundo para el que fuéramos dignas.

Y en mi Ciudad de la Desolación planté flores, pinté cuadros e hice esculturas de hielo. Me enterré en los volubles brazos de la paz, siempre esquiva. Tuve pavor de las noches, y auténtico terror de los despertares. Fui devastada de una forma que en mi idealismo jamás contemplé sentir. Aún me asusta ese sufrimiento. ¿Estaría preparada ahora?

Sin embargo, añoro a esa jovencita ya muerta. Brillaba con luz propia y ahora me voy consumiendo. Necesito días de introspección al dolor más bizarro para poder inspirarme. ¿Tan vacía estoy? ¿Era así como estaba destinado a ser?

Mi mayor deseo es tumbarme en mis jardines, etérea y descuidada. Y no encuentro el mapa.


Published with Blogger-droid v2.0.4

jueves, 12 de abril de 2012

Unimportant

Releyendo lágrimas de hace dos años me he dado cuenta de que en realidad me he enamorado dos veces, no tres.

Aquel primer compañero, del que apenas recuerdo el rostro, no inspiraba amor en mí. Alivio, atracción, entendimiento, pero no amor.

Y cuando volvimos a vernos, rotos ya todos los lazos, sin apenas trazos de interés, no había nada que quisiera compartir. No me importaba, era un fantasma. Después de tanta maldad y sufrimiento, tanto arte y bizarrismo, sus bromas se me antojaron ridículas, sus miradas vacías y la conexión muerta. Ni siquiera dediqué una lágrima a esa comprensión desaparecida, igual que jamás le dediqué una lágrima verdadera.

Rey del desierto, sé que nunca piensas en mí. Escribo esto con cierta indiferencia, sin tristeza ni nostalgia. Jamás colmaste mi sed y eso te inhabilitó para cualquier futuro.

Me despediría de ti, pero ya no queda nada a lo que dar la espalda.


Published with Blogger-droid v2.0.4

martes, 3 de abril de 2012

Historia de amor jodida

-Lily, escúchame. No te asustes. Por favor, mírame.

Isabelle susurraba lentamente, sin súplica, sin violencia. Estaba arrodillada frente a mí, observándome con sus ojos multicolor, pálida, desgarrada y preciosa.

Llevábamos años sin vernos. La última y primera carta que me envió antes de desaparecer no fue una verdadera despedida. Después de un año, desapareció sin más. Y había vuelto. Y seguía siendo hermosa, vibrante. Y seguía estando enamorada.

-No puedes... ponerme en esta situación -balbuceé. Enseguida vi un atisbo de risa en su mirada. No pude evitar sonreír y me enfadé conmigo misma por eso. Debía mantener la compostura. Debía ser firme.

Pero ella me interrumpió.

-Sé que tienes tu vida y que me has dejado atrás. Y sé que este no es un buen momento pero me ha costado tiempo llegar hasta ti. Te quiero. Estoy enamorada de ti. Me marché porque prácticamente me lo suplicaste pero no pienso irme de nuevo. He vuelto para estar contigo. Y no me importa en absoluto lo que tenga que hacer para conseguirlo.

Tuve que levantarme. Me volví de cara a la pared. Confusa. No quería mirarla ni sentirla.

-¿Y esperas que no me asuste? ¿Esperas que lo deje todo por ti? -susurré sin girarme. Escuché el susurro de su vestido contra su cuerpo, acercándose a mí. Seguía llevando esos vestidos anchos que le daban ese aire etéreo. Sus manos de artista me dieron la vuelta. Clavó sus imposibles ojos en los míos y supe que ya me había vencido.

-Sí, lo espero. Igual que un día yo abandoné mi vida para mudarme a otra ciudad contigo, espero que te vayas sin mirar atrás y empecemos de cero.

Quise apartarme pero no me lo permitió. Me sujetaba con fuerza. Sabía que si me quedaba mucho más acabaría temblando sin control.

-Estoy curada, Lily. No tienes ni idea de lo que me ha costado, pero me he enfrentado a todo por ti. Así que sí, espero que vengas conmigo. Ahora si es posible.

Recordé sus intromisiones en mi casa para prepararme la comida. Recordé lo hermosa que estaba cuando me besaba. Recordé cómo se apoyaba en mis piernas y pasaba horas observándome después de hacer el amor. Recordé su olor a canela. Su evanescencia. Sus labios de caramelo y sus lágrimas perladas. Recordé su fría locura, su intensa esquizofrenia, y lo mucho que la asustaba. Pero se había enfrentado a todo ello por mí. Para mí. Y estaba ahí, como nueva, tan preciosa como siempre, dispuesta a darlo todo. De nuevo.

Vio en mis ojos mi rendición y cubrió mi rostro de besos, susurrando emocionada esas palabras que tanto había echado de menos.

"Mi lirio, mi lirio"

lunes, 26 de marzo de 2012

Chantajes

"O me eliges a mí, o la eliges a ella"

No se sintió bien al decirlo. Jamás había pronunciado peores palabras. Vio la reacción en esos ojos por los que tanto había olvidado y se sintió despreciable. Pudo sentir el impulso de huir y supo que lo había perdido.

-No puedo creer que precisamente tú me hagas esto -el desprecio y la decepción temblaban en su voz, más grave que nunca-. Tú lo entendías, Erin. Tú insististe. Y ahora me... me pones entre la espada y la pared. ¿Cómo te...?

-Sé lo que dije. Y he sido tú, sé también que no es fácil. No te he presionado a lo largo de estos meses pero no puedo más. Simplemente, no puedo más. Ni siquiera tienes que entenderlo, no te pido eso. Sólo quiero que me respetes lo bastante para elegirme a mí.

-¿Así que ahora se trata de respeto? Qué elegante. Sí, qué elegante -el sarcasmo destilaba en el ambiente. De sus ojos salía una ira fría-. Te advertí desde el principio que la situación era complicada. No puedo separarme de ella así como así, hace falta tiempo. Tú dijiste que lo entendías. Pero ahora, y esto viene de lejos, me presionas más y más, me exiges que te elija. ¿En eso te has convertido?

-Dijiste que siempre fui yo. Que incluso años después, siempre fui yo. Hemos tardado mucho en encontrarnos, y ahora que estoy aquí no tienes fuerzas para luchar por mí.

Era como si alguien la estuviera controlando. No era capaz de detenerse. ¿Por qué seguía hablando, diciendo todas esas cosas horribles que no deberían salir de su mente? La norma arduamente cultivada de no presionar en ningún momento parecía haber desaparecido. De repente dejó de sentirse culpable. Estaba luchando por alguien que le pertenecía, luchaba por salvar su orgullo y sentir que no había invertido más de medio año en ser la amante, en olvidar gran parte de sus normas, para terminar con una patada en el culo, rota e inútil. Le detuvo rápidamente antes de que hablara. Acarició sus labios mientras hablaba.

-No discutamos. Sólo mírame y elígeme. No necesito que sea ahora, pero prométemelo. Dejaremos de discutir. Haremos el amor esta noche y mañana empezaremos una vida juntos. Tú y yo. Sin ella. Sin interferencias, sin tener que ocultarnos.

Él le sujetó las muñecas con fiereza. Durante un instante temió que no pudiera obtener su perdón pero ese sentimiento se desvaneció cuando recibió el brutal beso, todo dientes y furia. Sorprendida, intentó apartarse, pero él le sujetaba las manos tras su espalda, no le permitía moverse. Algo no iba bien.

Al apartarse, la miró largamente a los ojos y ella lo supo antes de que la soltara como si le quemara, antes de que apartara el rostro para escupir a un lado con redundante desprecio.

-Ya no eres nada, Erin. Se acabó.

Por primera vez, el chantaje no había servido de nada.