Yo sé que a veces soy tu amante preferida.
Y se alejó Kokoro con sus contoneos de cadera y su risa de hada, sin saber que, siempre, era su amante preferida. Esas cosas no se le dicen a una niña-mujer que calza zapatitos grises y sonríe ante faldas con vuelo. No a una chica que aún tiene en el satén de sus muslos el eco encantador de una nínfula.
Ante espaldas tan bonitas, la cordura pierde fuerza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario