lunes, 24 de junio de 2019

Mis mierdas, mis términos

"Gracias por tener la valentía de dar este paso".

Lo siento muchísimo pero no puedo abandonar las huidas hacia delante. Creo que en algún momento supe hacerlo. Supongo que fue cuando aún no sabía nada de las autolesiones eternas, ni de tragar sin saborear, ni del ataque de ansiedad porque me duelen las putas piernas.

Ahora, mi huida hacia delante más recurrente es aparcar una parte de mi mente y marcharme. Acaricio las rosas de pétalos chiquitos, finjo que no sé cuando me mienten, digiero, gestiono. A mi ritmo, con mis normas. Ya no juego con las reglas de nadie más. Lo veo todo, lo registro todo, recuerdo el día que dejaste de sonreír al girarte, el día que dejaste de pedirme un mechero, el día que empezaste a gemir distinto. Huyo hacia delante al elegir no verbalizarlo. ¿Quieres engañarme? No puedes pero te concederé el capricho de creer que lo consigues.

A veces, las huidas no funcionan. La realidad se impone y debo quedarme, estar presente aunque todas mis células tiemblen por irse. A veces, incluso, debo erguirme y detener las mentiras. Todo el mundo miente. Yo no soy menos; al menos no me miento a mí misma. La última vez que tuve que detener la huida de otra persona es tan reciente que prácticamente es un presente. Para. Mírame. No me vale que me esquives, si quieres seguir haciéndolo debes decirme por qué. Sorprendentemente, funcionó. Ante mi muda perplejidad, escuché una reflexión tardía, tras algún desaire que sacudo de mi cabeza como una mosca diminuta. El llanto increíblemente suave, la declaración. "Voy a demostrarte que no quiero hacerte daño".

No acepto disculpas pero qué cerca estuve de aceptar esas. Y no por el daño, que había sido mínimo, sino porque fue la primera vez en muchísimos años que escuchaba unas disculpas sinceras. Sin tonterías, sin necedades, sin perseguir una caricia al ego. ¿Es esto lo que echaba de menos, el motivo por el que decidí rechazar cualquier disculpa? Ella, con E mayúscula, se disculpaba con los labios apretados en una línea recta. Él, con vocal mayúscula, se disculpaba con el reproche ardiendo en su boca. Las minúsculas, las mayúsculas, los acentos y los apodos, todo el mundo se disculpa con el pero por delante. Y lo comprendo, abandonar el ego para plegarse humildemente al juicio ajeno es demasiado complicado, puede que hasta humillante.

En esa huida, decidí quedarme más allá de la necesidad. Recuperé un poco de fe, aún me dura el subidón de endorfinas emocionales. No tardará en bajar, porque no puedo parar de ver las mentiras e inexactitudes. Porque estoy siempre preparada para que me fallen.

Pero esta caricia genuina de Verdad se queda conmigo.

Quiero hablarte de esto, Remy. Vuelve a mí.

"Anatomía de un abrazo"