lunes, 19 de noviembre de 2012

Escribir es enamorarse o enamorarse es escribir

Que no es tan fácil, sabes, el conseguir, mediante una conjunción raruna de pequeñas mierdas, un momento de esos que pasan del recuerdo a la memoria, y de ahí a la eternidad.

Que es una carga tener una vida sin cargas, que así no hay manera de ser artista, maldita sea. Pero qué calentito el abrigo de una manta de abrazos. Y qué triste ser consciente de lo mediocre.

Que cosas tan sencillas como escoger una jabonera, se vuelven pequeñas odiseas. ¿Qué jabón pongo? ¿El de chocolate y canela? ¿El de coco? ¿El de limón? ¿El de lavanda? ¿El de mango? ¿Y si compro muchas jaboneras, y lo mando todo a tomar por culo?

¿Y si alguna vez escribo algo coherente? Qué miedo.

Qué decepcionante sería.

Pero sobre qué puedo escribir, eh. Sobre qué escribir cuando tienes las heridas casi cerradas, y todo se convierte en drama. Sobre qué escribir cuando el jazz te folla las angustias, y los dedos no lloran.

A lo mejor escribir algo que vibre es enamorarse de quien te lía los porros, te mete chocolate en la boca, te trae una manta cuando no te das cuenta de que tienes frío y te obliga a dormir quitándote el móvil. A lo mejor.

A lo mejor el amor es escribir. Escribir con los ojos cerrados. Masturbarse suave mientras lees decadentismo.

Qué voy a saber yo, que tengo sólo 20 años.

jueves, 8 de noviembre de 2012

De cómo los puntos finales desembocan en puntos suspensivos

¿Quién me dijo una vez que yo era real? Que era fuerte, y tenía inquietudes y tenía capacidades, y todas esas cosas preciosas que se dicen las parejas jóvenes, aquellos que no saben aún que la vida te destroza.

Que tus elecciones te destrozan.

Isabelle, esta es una carta que jamás leerás. La escribo con lápiz para luego borrarla, hacer cuentas encima con bolígrafo, romperla y quemarla. No, dudo mucho que la leas.

Aún recuerdo, después de tantísimos años, cómo te movías con tus vestidos vaporosos. En mi mente no has superado aún los 25, tu piel sigue tersa, tu cabello lleno de color, y tus desgarradas promesas intactas. Tú dijiste que tendríamos todo el tiempo del mundo. Yo era tan joven que apenas supe cómo quererte, cómo entenderte, y las arrugas que porto ahora como una bandera tampoco serían capaces de hacerlo. ¿Quién mejor que tú conoce nuestra historia? Ojalá estuvieras muerta. Ojalá no supiera nada de ti. Ojalá supiera que eres feliz muy lejos, que ni siquiera te acuerdas de mí, y que en tu vida ya no hay lirios.

Pero vives a 40 kilómetros de aquí, trabajas de noche, duermes de día, vives a oscuras y no amas a nadie. Y después de tantos años no puedo evitar pensar que tal vez... sólo tal vez... aún me quieras. Aún puedas encontrarme. ¿Me reconocerías en este cuerpo ajado? Vivo en una casa que odio, con un hombre al que odio, en un trabajo que detesto, llena de cosas pendientes a las que no me atrevo a enfrentarme. Me planteo tener un hijo para salvarme de la desidia. Ya no soy Lily. Ya no soy Liliana.

Nadie sabía pronunciar mi nombre como tú, Isabelle. Y ahora estás a apenas 40  kilómetros de aquí, sola, y sin duda bella. Ojalá estuvieras muerta, cariño, ojalá no supiera nada de ti. Ojalá aparecieras en mi puerta para despertarme. Si vinieras, y si me reconocieras, y si me contagiaras tus ganas de vivir, y si aún me quisieras, me marcharía contigo.

Pero nunca leerás esta carta.

No vas a presentarte en mi puerta.

No sabrás que yo también porto una espiral en mi cuerpo.

Y no quedan lirios que pueda llevar a tus brazos.

Tú eres el amor de mi vida.

Debería habértelo dicho.

Lily.