Que no es tan fácil, sabes, el conseguir, mediante una conjunción raruna de pequeñas mierdas, un momento de esos que pasan del recuerdo a la memoria, y de ahí a la eternidad.
Que es una carga tener una vida sin cargas, que así no hay manera de ser artista, maldita sea. Pero qué calentito el abrigo de una manta de abrazos. Y qué triste ser consciente de lo mediocre.
Que cosas tan sencillas como escoger una jabonera, se vuelven pequeñas odiseas. ¿Qué jabón pongo? ¿El de chocolate y canela? ¿El de coco? ¿El de limón? ¿El de lavanda? ¿El de mango? ¿Y si compro muchas jaboneras, y lo mando todo a tomar por culo?
¿Y si alguna vez escribo algo coherente? Qué miedo.
Qué decepcionante sería.
Pero sobre qué puedo escribir, eh. Sobre qué escribir cuando tienes las heridas casi cerradas, y todo se convierte en drama. Sobre qué escribir cuando el jazz te folla las angustias, y los dedos no lloran.
A lo mejor escribir algo que vibre es enamorarse de quien te lía los porros, te mete chocolate en la boca, te trae una manta cuando no te das cuenta de que tienes frío y te obliga a dormir quitándote el móvil. A lo mejor.
A lo mejor el amor es escribir. Escribir con los ojos cerrados. Masturbarse suave mientras lees decadentismo.
Qué voy a saber yo, que tengo sólo 20 años.