miércoles, 9 de marzo de 2016

Hagamos nuestra la noche

Agradezco a la deidad que quiera escucharme, haberme recuperado a tiempo de conocerle.

Dejé de creer que esto fuera posible. El cinismo, el vicio, todo lo que he abrazado sin remordimiento, me llevaron a pensar que nadie lograría emocionarme más allá del placer. Y no lo han hecho, no lo he permitido. Poco a poco, con la inconsciencia del demente, he boicoteado todo lo que podría haber sido significativo, he desaparecido.

Hasta que apareció sin darse cuenta.

Sin violencia ante la que ser agresiva, sin pretensiones de las que burlarme, sin expectativas que retorcer, sin arrogancia que derrumbar. Simplemente se abrió a mí lentamente, sin apartar sus pupilas dilatadas de las mías, entre tabaco, cerveza y anticipación. Manchado, maltratado, doliente, destructivo pero tan tierno, tan auténtico, tan primigenio. Sabe de un mundo que yo desconozco, y yo vivo en uno que él apenas conoce. Somos extranjeros en el otro.

No portaba armas cuando se presentó, no llevaba coraza. Yo esquivaba sus preguntas haciéndome la misteriosa, deseando que no leyera mis heridas. No quise dejarme fascinar, tenía las barreras en alerta roja. No las bajó, no las esquivó ni las rompió; simplemente las atravesó extendiendo sus manos de Miguel Hernández hacia mí, para acariciarme suave.

Qué alegre paz la que siento al saberme otra, nueva. Me alegra no ser la misma persona, haber cambiado, poder reservarme a mí misma en esta entrega cautelosa. Poder practicar la jodida asertividad sin miedo al rechazo. Si ha logrado llegar hasta aquí, si me hace perder el habla con sus ojos de lago boreal, no va a repudiarme por pedir un trato más sereno. Si no ha huido con mis cicatrices, mi ansiedad, mi promiscuidad, mi crueldad; no lo hará porque le pida adaptarse a mi disonante ritmo.

No puedo huir de quien tiene microcosmos en sus manos.
-Creo que me gustas un poco.
-¿Sólo un poco?
-Un poco más.