No entiendo muchas cosas de las que están pasando.
Tengo toda mi vida metida en bolsas, bolsos, mochilas y cajas. Una vez más. Otra vez más. Tal vez en dos semanas la vuelva a tener preparada para montarla en otro continente, tal vez en tres meses me posea el arrebato absurdo de perseguir un sueño que ya no significa nada para mí.
Por fin ha sucedido. No sé si por sugestión o por inercia pero al fin mi cuerpo ha escapado a mi control. Mi hogar. Está desvencijado, irreconocible, con dolores muy nuevos que nos dejan fuera de combate. No hay peros, no hay resistencia. Es lo que tenía que ser. Me esfuerzo en someterle a mis ritmos cuando sé muy bien que no puedo forzarle(me). Poco a poco. Paso a paso. Tengo plena confianza en que lo lograré pero muy poca paciencia.
He guardado mi espejo favorito, recordando por encima aquel que perdí en un tren, hace más años de los que tiene la sonrisa más hermosa del mundo. He acariciado mi propio rostro; no me reconozco. ¿He sido siempre tan irascible, ansiosa, nerviosa? ¿He sido siempre tan frívola, tan cariñosa, tan determinada? No entiendo nada. Hoy no hay peros.
Sólo las luces de colores que, junto a mi cuerpo desvencijado, forman mi hogar.