lunes, 26 de enero de 2015

La puerta prohibida

Poquito a poco van pasando los años. Lamentablemente.

Me gustaría haberme quedado atrapada en el invierno de mis 17 años, como Pauline. Como ella, haber conocido la pasión de una forma tan visceral, tan intensa; haberla perdido.

Mirar hacia delante sabiendo lo que pasaría. Sabiendo que Kokoro se aparecería con su preciosa espalda, sus lágrimas perladas, su coño de cielo y su eterna tormenta. Sin sospechar que podía romperme el corazón. Más.

Sin sospechar el durísimo proceso de cincelar tus propias corazas sabiendo que se romperán con una sola puta mirada. O los reproches salvajes, la falta de comprensión, el desespero. Los llantos. Las horas machacando mi cuerpo y mi mente para evitar soñar. El momento en el que las pesadillas son bienvenidas. El momento en que la única solución, la única vía posible, es a ciegas. Pisándote con tus propios pies, teniendo tanto miedo que andar es casi imposible. Guardando como un tesoro los recuerdos de otros tiempos más cálidos, cuando ya había pasado el invierno.

Deseando, como quien se autolesiona, volver a sentir algo bueno.

A diferencia de Pauline, para mí no se han vuelto a dibujar los colores del mundo.