lunes, 27 de agosto de 2012

A esto se le llama culpa

No había acabado de salir de ella cuando ya se estaba levantando de la cama. Él se dejó caer, sonriente, con cara de imbécil. Le odiaba.  Y le necesitaba. Porque eso era lo normal, lo correcto. Tenía las rodillas enrojecidas. Rara vez follaban mirándose a la cara. Él tenía un oportuno fetichismo por poner a sus chicas a 20 uñas, y ella demasiadas ganas de no tener que verle cuando se corría. Nada le molestaba más que su expresión en ese momento. Tal vez lo superaba el hecho de que su propio cuerpo solía responder, llenándola de un placer sucio que la llevaba directa a la ducha.

-Oye, ven aquí. Túmbate.

-Quiero ducharme.

El rostro de él se ensombreció. Y ella se sintió un poco mejor.

-Si tan asqueroso te resulta, dejamos de follar y punto.

Eso no se lo esperaba. Le observó en silencio, aterrada. ¿Dejarlo? Sintió el familiar vacío en su pecho, ese que sólo se disipaba mínimamente con un cuerpo cerca. Estaba paralizada.

-¿Qué coño te pasa, eh? -le increpó él de forma brusca-. Nunca te quedas a dormir, pero bien que me buscas. No quiero ralladas, si tanto necesitas que te follen búscate a otro.

No podía dejarla. No había nada que dejar y no se lo iba a permitir. La alternativa era demasiado cruel, demasiado fuerte. 'Puede que te arrepientas de esto'. Se acercó a él y se subió a sus muslos desnudos. Esbozó una sonrisa triste que el pobre infeliz juzgó encantadora. Susurró palabras sucias, dijo lo que sabía que quería oír y cuando él la tocó no se resistió. En un momento volvía a estar debajo, la almohada se tragaba cómplice sus lágrimas, su garganta gemía tenuemente y él embestía casi ciegamente. Que se corra, rezaba en silencio. Que se corra ya y se duerma. Sería más fácil irse si estaba dormido. Tuvo suerte. Cuando le soltó las caderas ya estaba medio adormilado. Le contempló sin expresión hasta que se quedó dormido. No se arriesgó a usar la ducha. Se lavó como pudo, se vistió y salió. No llegó muy lejos.

'Crees que puedes estar sin mí y te equivocas. Esto no está mal. Tú y yo nos queremos y eso es imposible que esté mal. Vete a buscar un hombre que te quiera, no te resultará difícil. Tú me quieres a mí y eso no lo vas a poder olvidar'.

A lo mejor la había maldecido. No había conseguido dejarla del todo, pero su deliciosa amante había encontrado una pareja que no tenía miedo de lo que sentía. Sus palabras se repetían como una maldición. Se dejó caer en el portal de ese edificio que cada vez la hacía sentir más desechable. Lloró.

Aún recordaba la placidez de su tierna carne. ¿Como podía estar mal?

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viernes, 10 de agosto de 2012

Insomnio y nínfula

La miraba y la miraba, y supe con tanta certeza como sé que algún día he de morir...

Que tenía los ojos grandes y vivos. Ella decía que eran tristes, como todo, como esa última mirada cuando se marchó. Estaba tan asustada y a mí se me daban tan mal los pajaritos... Era más fácil añorarla secretamente que ir a buscarla.

Que hablaba siempre como si cantara, con esa vocecita adornada con sus risas y carcajadas, que solía guardar secretamente en un corazón-baúl. No me atreví a abrirlo jamás, asustada como estaba. Con lo feliz que había sido, y sólo quedaban risas enlatadas como en las malas comedias.

Que en su cintura perdía la vida. Que a pesar de todo su cuerpo seguía siendo un misterio. Ella solía decir que nadie la había tocado como yo. Y es que su piel había que tocarla como a una obra de arte, con cuidado y veneración. Con profunda devoción.

Que su corazón era lo más bonito que había conservado en formol. A veces lo miraba en el estante y quería devólverselo. Otras, hasta a mí me dolía lo que sentía. Sentíamos los dardos a la vez, con lo fácil que era echarla de menos.

Que en las escasas ocasiones que me perdía entre mis dedos, lo hacía pensando en ella. A veces sentía sus besos y los olía y sus imaginados gemidos me mataban de pena.

Que cuando nos atrevimos a mirarnos, su corazón seguía en mi estantería.

... que la amaba más que a nada que hubiera visto o imaginado en este mundo.

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lunes, 6 de agosto de 2012

No te atrevas

"Recuerdo que al llegar ni me miraste. Fui sólo una más de cientos."

No quería salir, no quería salir. Se había resistido mucho pero había acabado cediendo al chantaje emocional. Armada con dos paquetes de tabaco, tacones anchos y gafas de sol a lo Marla Singer, acudió a la cafetería esquivando el sol. Odiaba el sol. Empujó la puerta, saludó brevemente al dueño y fue directa hacia la terraza. Llegaba pronto. Se encendió el primer cigarro y pidió cerveza negra. Iba ya por el tercer cigarrillo cuando escuchó los pasos acercándose a ella. Una voz cuidadosa la saludó efusivamente y a su lado se sentó una mujer joven, rezumando vida a través de su cuerpo exfoliado. Tenía los ojos verdes y la sonrisa fácil.

-¿Tabaco otra vez? Eso te matará.

-Me da igual.

-¿Cómo estás?

Tembló. Se caló bien las gafas de sol. Se encogió de hombros. Su amiga no insistió, y procedió a contarle una enrevesada anécdota laboral. Cuando el silencio reinó, hizo la rutina de siempre.

-Dime algo hermoso que hayas visto. Algo que te haya emocionado.

Sólo entonces la falsa Marla vacilaba. Esa vez tenía una respuesta preparada, aunque sabía que a su amiga no le gustaría.

-Una vez hablamos de la muerte. Me dijo que no podía morirme y dejarla sola en esta puta mierda de mundo. A veces creí que moriríamos como animalitos. Si una se iba a la tumba, la otra se moriría de pena al poco tiempo. Y aquí estoy, viva dos años después.

-¿Y eso es hermoso?

-Lo hermoso fue ver como el dolor de mi muerte inundaba sus ojos poco a poco. Ahora sé que eso era amor -las lágrimas le resbalaron por las mejillas, escapando de las gafas.

La joven de ojos verdes la miraba con dolor y profunda preocupación. Ni siquiera las gafas de sol conseguían ocultar las negras ojeras, los rojos ojos, el destructivo luto.

-No puedes seguir así. Debes reponerte.

Rió cruelmente.

-Eso sólo puede decirlo alguien que no ha amado de verdad. Yo lo tuve y ahora no, nunca más. ¿Como pretendes que viva así? ¿Como te atreves a pedirme algo tan monstruoso?

Su amiga acercó una mano a su brazo para reconfortarla mínimamente, pero la falsa Marla se apartó.

-No -susurró sin violencia, bebiendo de sus propias lágrimas-. No quiero que nadie me toque.

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