La miraba y la miraba, y supe con tanta certeza como sé que algún día he de morir...
Que tenía los ojos grandes y vivos. Ella decía que eran tristes, como todo, como esa última mirada cuando se marchó. Estaba tan asustada y a mí se me daban tan mal los pajaritos... Era más fácil añorarla secretamente que ir a buscarla.
Que hablaba siempre como si cantara, con esa vocecita adornada con sus risas y carcajadas, que solía guardar secretamente en un corazón-baúl. No me atreví a abrirlo jamás, asustada como estaba. Con lo feliz que había sido, y sólo quedaban risas enlatadas como en las malas comedias.
Que en su cintura perdía la vida. Que a pesar de todo su cuerpo seguía siendo un misterio. Ella solía decir que nadie la había tocado como yo. Y es que su piel había que tocarla como a una obra de arte, con cuidado y veneración. Con profunda devoción.
Que su corazón era lo más bonito que había conservado en formol. A veces lo miraba en el estante y quería devólverselo. Otras, hasta a mí me dolía lo que sentía. Sentíamos los dardos a la vez, con lo fácil que era echarla de menos.
Que en las escasas ocasiones que me perdía entre mis dedos, lo hacía pensando en ella. A veces sentía sus besos y los olía y sus imaginados gemidos me mataban de pena.
Que cuando nos atrevimos a mirarnos, su corazón seguía en mi estantería.
... que la amaba más que a nada que hubiera visto o imaginado en este mundo.
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