viernes, 13 de junio de 2014

La abominable mujer de los cristales

La luz es horrorosa. Sé que ahí fuera está amaneciendo, y una parte de mí quiere sentarse en el puerto y sentirse muy triste viendo el alba, bañarme en la claridad. La otra parte de mí, más dominante, se balancea suavemente al son de una música tan espantosa como la luz. Tengo la cabeza ligera por primera vez en semanas, pero el corazón pesa. Estoy asustada. Me siento al filo de la navaja, y no sé decidir si me quedo aquí por valentía o por pavor. Los pies me duelen horriblemente, gracias a mi proverbial mala suerte. Un dolor sordo, casi agradable, se insinúa en algún punto de mi pierna izquierda.

Me rodean diferentes tipos de personas. Hay un pequeño grupo que aprecio, y una persona a la que quiero sinceramente. El resto, son desechos. Vagamente, me pregunto si ellos me verán también como un desecho. Por desgracia, sé que no es así. Estos insectos repugnantes me lanzan miradas apreciativas que me hacen sentir indescriptiblemente sucia. Más de uno ha tenido la osadía de intentar tocarme. Ahora mismo, al otro lado de este horrible lugar uno de ellos me está mirando. No tiene absolutamente nada que le diferencie del resto de microbios: rostro anodino e inexpresivo, ropa fea y cara, horas de gimnasio y algo de cocaína. Se está dirigiendo a mí, y no puedo sentir más que indiferencia. Tiene una sonrisa que me da ganas de vomitar, pero eso cambia mientras se va acercando. Cuando llega a mí, está serio. Sin tocarme, se inclina sobre mi oído y habla. Me sorprende poder oírle por encima de la música, me sorprende que no intente tocarme y me sorprende incluso más lo que dice.

-¿Sabes? Iba a entrarte, pero tienes la mirada de un animal atrapado.

Me quedo estupefacta. No sé cómo reaccionar, ni qué se supone que debo sentir. Estoy paralizada. Hace un gesto que, supongo, significa que ha reafirmado su opinión ante mi respuesta. O la falta de ella. ¿Quién es esta persona? Si no es más que un desecho, ¿por qué me ha detectado? Se aleja sin volverse, sin saber lo que ha hecho.

Me disuelvo en la placidez del alcohol, en lo insondable de recibir esta sentencia. De repente tengo 19 años, estoy en la maldita Majadahonda, llevo una camiseta roja y estoy en un despacho que, aunque pretende ser cálido, me hace tener frío en pleno agosto. Y está este hombre horrible al que odio profundamente, con su mirada compasiva, su voz suave y su ridículo peinado. Y su voz resuena en mis oídos, dentro de mi cabeza, casi tres años después, diciéndome que tengo tanto dolor dentro de mí que ni siquiera conozco su inmensidad. Que me niego a verlo. Que enfrentarme a ello me haría tanto daño que la sola idea de intentarlo me lleva al llanto. Y le odio, por cómo me ha condenado, porque jamás hasta ese momento me había sentido tan expuesta, tan indefensa.

Parece ser que mi coraza de traumas desconocidos, y muchas heridas supurantes, me rodea esté donde esté. Incluso al filo de la navaja.