miércoles, 16 de diciembre de 2015

Selfcare

La veo desde lejos. Es mucho más bonita de lo que recordaba, casi puedo olerla desde los seis metros que nos separan. Sé el momento exacto en el que me ve porque sus bellos rasgos se endurecen y su expresión entera se cierra. Conforme me acerco ella se aleja. Da vueltas alejándose, hasta que consigo acorrarla.

-No te acerques -susurra firmemente. No sé si está enfurecida o asustada. Hace no mucho su forma de mirarme me habría roto el corazón; ahora me provoca un vértigo extraño en la boca del estómago, un vértigo que no frena mi determinación. Lucho contra las ganas de ser cruel ("fuiste tan encantadora la última vez que nos vimos que cómo no iba a saludarte").

-Siéntate un momento conmigo y déjate de gilipolleces.

Obedece sin ganas, sin relajarse. Estoy tentada de agarrarla del brazo pero no estoy segura de poder soportar su calor, para bien y para mal. Respiro hondo y la miro a esos ojos que aún me pierden, esos ojos que he amado y que ahora me dejan más tibia que ardiente. Me mira fría, férrea, inalcanzable.

-Quiero disculparme por todos los daños. Sabes que jamás he querido hacerte sufrir, y realmente lo lamento todo. Tú me has hecho más feliz que nadie -la garganta me traiciona y parpadeo para librarme de las lágrimas. Su mirada se ha suavizado-. No espero nada a cambio, no tengo nada más que decir.

Miento. Tengo miles de enciclopedias que recitarle. Tengo millones de letras que nunca llegué a leerle, a escribirle, y que ahora me arden dentro, sabiéndose perdidas. Necesito que ella también se disculpe, que me diga que le duele el incalculable destrozo que me dejó, que en su interior honra el purísimo vínculo que tuvimos. Me contempla ahora casi como cuando no me despreciaba, con cierta tristeza. Con su tristeza. Una ternura infinita me recorre al ver cómo se dulcifica su expresión, al reconocer a Kokoro en ella, por primera vez. Me alegro de no amarla, de no temerla, pues de repente acerca una mano a la mía, tal vez buscando sellar este pacto, esta confesión que he gritado desde que nos separamos. Retrocedo. Su boca se queda entreabierta, a medio camino de decir algo. No. Por favor. Que no hable.

Me levanto sin apartar los ojos de ella. Tal vez sea (tal vez) la última vez que la vea. Siento una paz insondable cuando me doy la vuelta, sabiendo que no me seguirá.

Sabiendo que nunca la encontraré, pero me he encontrado a mí misma.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Even now, even out

¿Eres feliz?

Se estremece el cielo dentro de mí. O la tormenta.

Estoy sentada en una silla alta, impecablemente vestida. Acaricio la cerveza suave, controlando que no tiemblen las uñas. Es la tercera vez esta semana que me hacen esa maldita pregunta. ¿Feliz? ¿Feliz?

Mi oponente me saca apenas un año. Es atractivo, pero lo realmente hermoso en él es su seguridad. Me descubro bebiendo ávida de su halo, esperando que se me contagie algo. A veces me roza sin pretensiones; los dedos en mi muñeca, la mano en mi antebrazo. Cada vez que lo hace me quedo callada, estupefacta ante el hecho de que se atreva a tocarme. Sonríe como quien calma a un animalito.

Recuerdo la sonrisa tierna de quien me arropa por las noches. De quien me abraza fuerte al verme, y me pregunta con sencillez qué puede hacer por mí. De quien ríe conmigo, me regaña cuando es necesario y se preocupa visceralmente por mí. Es limpio el vínculo que nos une; nuestras mutuas heridas hacen que sea transparente para el otro, sin dobleces, sin engaños.

Recuerdo la frialdad de la decepción. Punzante. Intensa. Eterna. El ahogo de la impotencia salvaje y el pánico a retroceder. He tardado tanto en llegar a este equilibrio engañoso que cualquier peligro me acojona. Huyo de cualquier vínculo que no me vea capaz de afrontar. Me refugio en la rabia avasalladora. Me refugio en las fuerzas que me quedan, y nado y vuelo y floto y corro.

Recuerdo las sonrisas de quienes me quieren pese a todo. El nombre en una llamada, la sonrisa al distinguirme, los besos en las mejillas que me llegan al pecho. La sencillez de encontrarme de nuevo, de sentir que mi cabeza no se perderá ante la mínima señal. Oh, este amor inmenso, esta calidez, esta fuerza, estos deseos. Esta lucha constante. Las manos que se extienden hacia mí cuando suelto las cuerdas.

Recuerdo las veces que me obligo a arrastrarme a la ducha, a arreglarme, a salir a la calle. A veces lo consigo. A veces no. A veces abro el agua caliente y me echo a llorar porque ni así consigo dejar de tener frío. A veces sonrío durante el maquillaje y todo brilla y amo lo que tengo.

Vuelvo a mirar a mi oponente. Han debido pasar unos dos segundos.

¿Eres feliz?

Claro que no.

Y sonrío.

viernes, 3 de julio de 2015

;

Pienso que amar así es casi imposible. Que he disfrutado de una suerte envidiable, y que probablemente jamás lo vuelva a sentir.

Volveré a querer, sin duda. Me gusta demasiado el amor y las personas como para no hacerlo. Me atrae la calidez, el ingenio, el desafío, la intuición, el misterio. Me derrito con una mirada certera, tiemblo con una caricia audaz. Tal vez se adentra un poco (mucho) de miedo, de resistencia al cambio; tal vez cierro los ojos para negarme a ver la realidad de una luz que me deslumbra, que puede desterrar estas tinieblas. No sé si quiero dejar de tener frío, no sé si quiero olvidarme del cuerpo perlado de Kokoro.

Como si pudiera hacer eso.

Pero el ciego impulso de amarla sin frenos, la blanca desesperación de poseerla, la purísima sencillez de acariciarla sin pretensiones... ese amor limpio no volverá. Me he encargado de contaminarme a conciencia; me niego a entregarme inmaculada. Quien decida arriesgarse a adentrarse en esta ciénaga deberá contemplar los horrores que encierra; la nauseabunda mezcla de añoranza, anhelo y cadáveres sin forma.

Dudo que dejes de doler. Rezo para no dolerte, no importarte, pero espero que recuerdes a esa versión floreciente y hermosa de mí, aquella que era cuando estaba contigo y no tenía miedo. Entiérrala dentro de ti, porque ya me dirás dónde estará mejor que en tus bellos ventrículos.

Prometo no resistirme al sol.

miércoles, 3 de junio de 2015

No hay vestidos verdes en mi talla

Es la tercera noche consecutiva que me subo un vaso de alcohol a la cama. ¿Para qué, hijaputa? Para ser lo bastante valiente, para llegar al día siguiente. Esta vez ha sido un ron con cola, y negar que he recordado tu negrita con cola sería como negar lo devastada que estoy.

Las últimas noches ha sido vino, el vino que reservaba para ti y que ya está caótico y asqueroso. Como su dueña, claro. Qué bien me sienta este perpetuo templo a nuestra memoria, qué guapa y qué perdida estoy.

Chin chin, querida.

"-Siempre pensaba que estabas viviendo tu sueño. Que eras feliz.
-Creo que habría preferido no haber sido tan feliz con tal de no estar como ahora. A veces lo pienso de verdad. Pero no, pase lo que pase ha valido la pena. Ha sido el puñal más bello que podría haberme matado."


miércoles, 13 de mayo de 2015

367

"La veo a lo lejos, ella se acerca a mí. Me deja sin respiración lo atractiva que es; algo dentro de mí se excita cada vez que estoy cerca de una mujer hermosa. Una parte mucho más grande no puede evitar compararla con Kokoro, mi Kokoro, que es tan ligera como el aire y tan fuerte como un huracán, que tiene los ojos de cielo y las rabias de infierno. Kokoro, cuyas caderas provocan seísmos, cuyos labios dictan condenas. Esto es insoportable.

-¿Cómo sabías que estaría aquí?

Formulo la sonrisa más triste del mundo. No tenía ni idea de que ella estaría aquí, ni se me había ocurrido que no se hubiera ido ya. Sólo fuerzo mi cuerpo para agotarme y cuando llegue a una cama vacía no me queden fuerzas para pensar en lo absolutamente destrozada que estaré los siguientes meses. Se me atraganta el discurso.

-No he venido por ti.

Su expresión no  se tambalea. Eso me alegra; no está enamorada de mí. Tal vez sólo siente curiosidad, o cierta atracción física. Realmente, por muy cruel que suene, no me importa. Le sonrío sin ganas, me doy la vuelta y vuelvo al trabajo.

Vivir para trabajar. Porque ya no tengo aliento para otra cosa."

_____________________________________________________

Hace exactamente un año y dos días escribí un relato breve. Este es el final, lo único que he podido rescatar sin tener que dar explicaciones.

367 días, amor mío. Y no dejas de doler.

Mi pecho está anestesiado para no sentirte pero tampoco puede sentir mucho más. Al volver al lecho, a veces encuentro tu fantasma. A veces te olvido y es horrible. A veces soy 367 días más joven y es horrible. A veces te escribo titilando de madrugada, y a veces lo publico.

Lo de echarte de menos es transversal. Lo de quererte, un vicio. Lo de no avanzar hacia ti, la decisión más dura que debo tomar todos los días.

Algún día daré un paso. Tal vez te encuentre a medio camino.

Tal vez no te encuentre jamás.

domingo, 22 de marzo de 2015

Babilonia

"Pido sepultura bajo su pecho"

No merece tu carne pálida reposar en un campo yermo. ¿Por qué ibas a desear tal atrocidad? En mi pecho no hay más que restos de cadáveres, ceniza y flores suicidas.

Debes reposar en medio del bosque. No quieras ser una muerta dentro de una muerta por dentro. Que se marchite tu cuerpo perlado junto a los cientos de árboles que te han amado, las corzas que acariciaste, los mirlos que te arrullaron. Que crezca un rosal de tu pecho enterrado, como han florecido tantas bellezas. Como has florecido tú, amor.

No te entierres en mí.

Cuando te recostaste en mi pecho crecieron todas las flores del mundo; tu cabello fue el mejor fertilizante.

Eso ya no va a pasar.

Busca un bosque, un jardín. Busca Babilonia. Descansa en Babilonia. Tú eres Babilonia. No mereces menos de eso, no aceptes menos.

Busca otro pecho, amor mío.

Dara Scully

lunes, 26 de enero de 2015

La puerta prohibida

Poquito a poco van pasando los años. Lamentablemente.

Me gustaría haberme quedado atrapada en el invierno de mis 17 años, como Pauline. Como ella, haber conocido la pasión de una forma tan visceral, tan intensa; haberla perdido.

Mirar hacia delante sabiendo lo que pasaría. Sabiendo que Kokoro se aparecería con su preciosa espalda, sus lágrimas perladas, su coño de cielo y su eterna tormenta. Sin sospechar que podía romperme el corazón. Más.

Sin sospechar el durísimo proceso de cincelar tus propias corazas sabiendo que se romperán con una sola puta mirada. O los reproches salvajes, la falta de comprensión, el desespero. Los llantos. Las horas machacando mi cuerpo y mi mente para evitar soñar. El momento en el que las pesadillas son bienvenidas. El momento en que la única solución, la única vía posible, es a ciegas. Pisándote con tus propios pies, teniendo tanto miedo que andar es casi imposible. Guardando como un tesoro los recuerdos de otros tiempos más cálidos, cuando ya había pasado el invierno.

Deseando, como quien se autolesiona, volver a sentir algo bueno.

A diferencia de Pauline, para mí no se han vuelto a dibujar los colores del mundo.