viernes, 8 de noviembre de 2019

Políglota

El rojo es un color peligroso.

Es un color apasionante, vivo, lleno de interpretaciones. Es casi como un idioma que entiendo pero no sé hablar. Que he escuchado pero no separo todas las palabras.

Ahora, el rojo es un pijama. No está conjuntado, no es el mismo tono pero se parece lo suficiente. Aparece en mi visión periférica como una mancha de sangre. Me asusta. Entra en mi campo de visión y parece una llama. Me atrae.

En lo alto del rojo, labios apretados, mirada fija, gestos incómodos. Este sí es un idioma que conozco a la perfección. Mi propia ira escarlata me impide verlo todo pero veo lo suficiente. Sé que siente rabia y que parte de esa rabia está enfocada en mí. Casi puedo palpar la tristeza, la confusión, la sensación de no saber qué hacer. Sacude la cabecita rubia, se da la vuelta, se hace un cigarro y de nuevo, me atrae.

Hace falta un idioma nuevo. Algo que coja detalles de acá y de allá, algo que se pueda gritar en la cima de una montaña y susurrar en noches oscuras. Con distintos acentos, dirigido a una población muy pequeña. Tal vez ya no haya otra forma de entendernos sin este idioma inexistente.

Tal vez a fuerza de observarle furtivamente pueda aprender el suyo, descifrar el rojo. Pero no lo deseo. Estoy cansada de estudiar, de observar, de calcular. Quiero sentir, recuperarme, dejarme llevar. Eliminar el miedo de cualquier color.

¿De verdad queremos entendernos, querido?

viernes, 20 de septiembre de 2019

El silencio

Remy me observa. Se apoya en mi hombro, liviana y casi irreal. Traslúcida incluso. Ha decidido acompañarme sin apenas hablarme. Tan hermosa, tan ligera.

A veces su cabello roza mi espalda. Ha crecido mucho desde la última vez que nos vimos, dulces y largos mechones se enredan suavemente con los míos. Ella presiona levemente sus dedos en mi hombro cuando quiere decirme algo. Su voz me susurra en sueños. Me despierto y me dibuja la mandíbula para tranquilizarme. Háblame, por favor. Dime algo. Niega sin sonreír, dulcemente. Por favor, por favor.

Pero apenas me habla.

Esa noche tuve que sentarme de vuelta a casa. En parte porque llevaba un día sin comer, en parte porque no recordaba el brillo de sus ojos. A mi lado, Remy se arrodilló y sostuvo mis dedos, nerviosa. Fue entonces cuando me di cuenta de que había vuelto a mi lado para esperar ese momento. Discretamente, devolví su apretón, cogí aire y me levanté. Me gustó que él no tomara en serio mi debilidad, me gustó mucho más comprobar lo tranquila que estaba Remy en cuanto se acostumbró.

Lo tranquilas que estuvimos.

Hoy te tiendo yo la mano, mi amor. Comprendo tu silencio. Volverás a mí cuando estés preparada, siempre tendrás un lugar a mi lado.

Ella deposita un beso en mi clavícula, como si dejara un ramillete. Me resisto a abrazarla, levanta la mirada y me encuentro sumergida en sus ojos de tormenta. Lo sabe. No sólo mi eterna declaración, también sabe por qué hace dos días lloraba en un rellano, por qué necesito agotarme antes de dormir, por qué ahora pido drogas a domicilio. Sabe la razón de esta profunda incomodidad. Lo sabe mejor que yo.

Deja otro beso-flor en la palma de mi mano antes de desaparecer.

lunes, 24 de junio de 2019

Mis mierdas, mis términos

"Gracias por tener la valentía de dar este paso".

Lo siento muchísimo pero no puedo abandonar las huidas hacia delante. Creo que en algún momento supe hacerlo. Supongo que fue cuando aún no sabía nada de las autolesiones eternas, ni de tragar sin saborear, ni del ataque de ansiedad porque me duelen las putas piernas.

Ahora, mi huida hacia delante más recurrente es aparcar una parte de mi mente y marcharme. Acaricio las rosas de pétalos chiquitos, finjo que no sé cuando me mienten, digiero, gestiono. A mi ritmo, con mis normas. Ya no juego con las reglas de nadie más. Lo veo todo, lo registro todo, recuerdo el día que dejaste de sonreír al girarte, el día que dejaste de pedirme un mechero, el día que empezaste a gemir distinto. Huyo hacia delante al elegir no verbalizarlo. ¿Quieres engañarme? No puedes pero te concederé el capricho de creer que lo consigues.

A veces, las huidas no funcionan. La realidad se impone y debo quedarme, estar presente aunque todas mis células tiemblen por irse. A veces, incluso, debo erguirme y detener las mentiras. Todo el mundo miente. Yo no soy menos; al menos no me miento a mí misma. La última vez que tuve que detener la huida de otra persona es tan reciente que prácticamente es un presente. Para. Mírame. No me vale que me esquives, si quieres seguir haciéndolo debes decirme por qué. Sorprendentemente, funcionó. Ante mi muda perplejidad, escuché una reflexión tardía, tras algún desaire que sacudo de mi cabeza como una mosca diminuta. El llanto increíblemente suave, la declaración. "Voy a demostrarte que no quiero hacerte daño".

No acepto disculpas pero qué cerca estuve de aceptar esas. Y no por el daño, que había sido mínimo, sino porque fue la primera vez en muchísimos años que escuchaba unas disculpas sinceras. Sin tonterías, sin necedades, sin perseguir una caricia al ego. ¿Es esto lo que echaba de menos, el motivo por el que decidí rechazar cualquier disculpa? Ella, con E mayúscula, se disculpaba con los labios apretados en una línea recta. Él, con vocal mayúscula, se disculpaba con el reproche ardiendo en su boca. Las minúsculas, las mayúsculas, los acentos y los apodos, todo el mundo se disculpa con el pero por delante. Y lo comprendo, abandonar el ego para plegarse humildemente al juicio ajeno es demasiado complicado, puede que hasta humillante.

En esa huida, decidí quedarme más allá de la necesidad. Recuperé un poco de fe, aún me dura el subidón de endorfinas emocionales. No tardará en bajar, porque no puedo parar de ver las mentiras e inexactitudes. Porque estoy siempre preparada para que me fallen.

Pero esta caricia genuina de Verdad se queda conmigo.

Quiero hablarte de esto, Remy. Vuelve a mí.

"Anatomía de un abrazo"

viernes, 29 de marzo de 2019

Un paréntesis y una ausencia

Toca exploración.

Recorro mi carne sin tocarme mientras escucho su voz.

El tono, la inflexión. Puedo ver la sonrisa breve, los gestos imperceptibles que tan bien recuerdo, el efecto que me provoca. Un brazo se eriza. Solía intentar tranquilizarle con un gesto concreto que le hacía sonreír de verdad.

Tengo tanta presión y frustración que llego a límites nuevos. Siempre son nuevos. Siempre hay más pozo en el que hundirse, más razones para llorar.

Y, cuando se pone cariñoso, cuando algo en mí le enternece, me llama "bonita". A mí. Ja. Si pudiera ver lo que hay tras esta piel tan suave no lo diría. Espeleología emocional. Tan 2011.

Vuelvo a hacer clic.

A veces cierro los ojos y las puertas y me permito sumergirme en su voz. En el profundo deseo de que me apriete y me calme. Recuerdo, buceo, exploro. Me asusta más de lo que estoy dispuesta a admitir y lo deseo tanto que me cuesta concentrarme en cualquier otra cosa. Piel. Aliento. La mirada penetrante de quien lo ha visto todo. El sol aquel día de noviembre, casi hacía calor, un hombre mayor sentado en un banco, la incomodidad, el pequeño escape a un patio diminuto. El frío en junio. El fuego en otoño. Hace muchos meses que no camino por ese paso de cebra. Joder, el giro anhelante y resignado y ese abrazo que no vaciló.

No tengo tiempo para nada de esto.

Y estoy harta de posponerlo.


Necesito que vuelvas, Remy.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Los dictados de la naturaleza

Las voces me acompañan.

Voces que repiten mi nombre, susurros que me despiertan, una puerta que se mueve pero está cerrada. La luz se cuela entre las rendijas de la persiana, se me clava como agujas y me acaricia tiernamente. Siento un impulso primitivo de echarme a llorar.

Cuando por fin consigo dormir, las voces se callan y los sueños aparecen. A veces bruscos, a veces suave. Casi siempre siento el leve rumor de los dedos doloridos.

Abre los ojos y me mira. No tiembla, no sonríe. Habla suavemente. Yo sí tiemblo, por dentro. Siento algo líquido y espeso en mis venas, todo mi vello de punta, alerta por su cercanía. Es tan difícil todo esto. Me tiende una mano, me acerca a él, me sienta en sus piernas y yo desfallezco, caigo mil veces. Caigo sobre su rostro, apoyo mi mejilla en la suya y entonces sí, tiembla. Se deshace conmigo, brilla, se cae, me mira y nos unimos en una fusión incandescente y calentita.

Despierto.

No me gusta la realidad. Dormir me agota. El cuerpo duele, los dedos duelen, la pastilla malva me llama a gritos, la mesa me reclama. Socorro. Socorro.

Pero un soplo dulce me mueve los rizos.

Y a veces los astros se alinean.

viernes, 8 de febrero de 2019

Inception

I don't really feel like it...

Lo único que de verdad me apetece es comerme media pastillita y tumbarme a disfrutar de la alegre inconsciencia que me recorre. Ah, las drogas. Joder, las drogas. Es lo que más potencial tiene para joder mi vida de adulta de mierda, y sin duda lo que más disfruto. Siempre me han gustado los rituales.

Pero es mentira, no es lo que más disfruto. Lo que más disfruto no puede llegar a estos espacios, hoy no, no esta noche, cuando me duelen los brazos por los recuerdos de la ansiedad, las muñecas por los recuerdos del desamor y el pecho por. Por.

Una vez le dije que sabía hacer muy bien el papel de Chica Guay pero no me gusta. De hecho, me provoca una seria crisis de identidad si estoy en una mala época.

Mala época. Qué delicioso eufemismo.

Tengo la cabeza como una peonza. Se me enreda el pelo, se me caen pestañas, aprieto los labios. Cuando el movimiento pare, cuando la peonza se detenga, no sé qué va a pasar. El cerebro rebotando contra las paredes del cráneo, el trauma asentándose en los mecanismos emocionales. Me caigo sin levantarme. Estoy al fondo del todo y sigo hundiéndome. Quiero darle una paliza a la chica del espejo. Cómo has podido ser tan estúpida, cómo has podido permitir esto.

Mi vientre ruge, con recuerdos inexistentes, y no puedo más no puedo más. Todo mi cuerpo lleva meses rugiéndome, exigiéndome, hablándome y lo hace tan alto que no sé identificar el problema. De repente me pica una parte del brazo y es la misma parte que una vez casi cerceno. De repente, las articulaciones pesan como putos menhires y recuerdo a Astérix y a Nymph y su paraguas rojo y la cría idealista que jamás pudo siquiera imaginar nada de estos años.

Viene a mis ojos todo a la vez. Detecto un ataque de ansiedad, lo esquivo. Completa inmersión, Ebony. Es mi forma favorita de viajar. Así fue nuestro único viaje. Si alguna vez lees esto, si llegas a estas palabras, recuerda que en lo mejor del año pasado estuvo ese viaje contigo. Espero no olvidar nunca tu alegría, tu energía serena, la manera en que has aprendido a manejarme sin hacerme sentir culpable por ser un inmenso trozo de mierda. A veces me miras como si me admiraras y me parece inconcebible, tú que llevas las procesiones por dentro, que tanta curiosidad tienes, que tanto has tenido que pasar.

Ya he averiguado por qué mis extraños presentimientos, por qué a veces mi vientre reclama. Es vergonzoso. Pero es real. Si pudiera reconocer, gestionar, asimilar y superar que me muero de ganas de enamorarme, no somatizaría en sueños, instintos y dolores tan variados.

Esto es insoportable. No sé cómo pedir ayuda porque apenas tengo tiempo de pensar en tantas marañas. Quisiera poder decir algo romántico e idealista. "Si alguna vez me has querido acude a mí, necesito una catarsis que no me hiera". Pero no hay otros tipos de catarsis. Ni nadie que acudiera a esta llamada.