El rojo es un color peligroso.
Es un color apasionante, vivo, lleno de interpretaciones. Es casi como un idioma que entiendo pero no sé hablar. Que he escuchado pero no separo todas las palabras.
Ahora, el rojo es un pijama. No está conjuntado, no es el mismo tono pero se parece lo suficiente. Aparece en mi visión periférica como una mancha de sangre. Me asusta. Entra en mi campo de visión y parece una llama. Me atrae.
En lo alto del rojo, labios apretados, mirada fija, gestos incómodos. Este sí es un idioma que conozco a la perfección. Mi propia ira escarlata me impide verlo todo pero veo lo suficiente. Sé que siente rabia y que parte de esa rabia está enfocada en mí. Casi puedo palpar la tristeza, la confusión, la sensación de no saber qué hacer. Sacude la cabecita rubia, se da la vuelta, se hace un cigarro y de nuevo, me atrae.
Hace falta un idioma nuevo. Algo que coja detalles de acá y de allá, algo que se pueda gritar en la cima de una montaña y susurrar en noches oscuras. Con distintos acentos, dirigido a una población muy pequeña. Tal vez ya no haya otra forma de entendernos sin este idioma inexistente.
Tal vez a fuerza de observarle furtivamente pueda aprender el suyo, descifrar el rojo. Pero no lo deseo. Estoy cansada de estudiar, de observar, de calcular. Quiero sentir, recuperarme, dejarme llevar. Eliminar el miedo de cualquier color.
¿De verdad queremos entendernos, querido?
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