domingo, 3 de junio de 2018

Rayos y centellas

Acudo sin saberlo.

Cada año, a veces durante unas horas. Otras, como esta vez, durante semanas enteras. Una tristeza indescriptible se me atasca sin motivo aparente y acudo puntualmente a este extraño rito. ¿Es un entierro? ¿Es un velatorio? Tal vez es sólo una ceremonia de conmemoración.

Pero ya no recuerdo.

Tiemblo como una niña de sólo pensar en aquel dolor espeso y multicolor. Los dientes afilados parecen clavarse en mi piel y de repente duermo en una cama pequeña, me siento diminuta y tengo tantísimas ganas de una sonrisa que me hago daño por no conseguirla. Me hago muchísimo daño. Vivo para herirme porque cualquier cosa es preferible a estar completamente sobria y lúcida para recibir latigazos no tan metafóricos.

Pero ya no recuerdo.

Y no quiero recordar.

Cada año se me acumulan más y más fechas que mi cuerpo recuerda antes que yo. Apenas caben ya tantas cicatrices en los calendarios. Y aun así aquí estoy, temblando, desnuda, alargando la mano entre la lluvia. Hacia. Desde. Sin más esperanza que paliar tantas marchas fúnebres.

Se acaba mayo, cruel recuerdo de una herida cuya marca no se diluye. Entra junio, mucho más fresco, trayendo consigo una traición, una decepción tan densa como inescrutable. No quiero escudriñar ni recordar, no quiero llevar un luto perpetuo. Qué se puede hacer cuando, puntualmente, se cuelan dentro estas f(l)echas.

Que llueva toda la noche y me borre.