En las últimas 24 horas he reído, llorado, me he corrido, me he preparado, he cuidado, me he enfadado. Me ha dolido el cuerpo y el alma, me he puesto delante de partes de mí a las que hace años que no me atrevo a enfrentarme.
No sé si aún me reconozco. Pero sé que me gusto. A veces.
Sé que estoy orgullosa de lo que he conseguido. Veo el espacio en el que habito y por dios, cómo lo adoro. Me siento tan sola y joder, cómo me gusta mi soledad.
Llevo seis meses sin consumir. Hace más de 10 años que no podía decir esa frase, mucho menos escribirla, gritarla orgullosa en este rincón desierto. Nadie lo lee pero ese no es el objetivo. Sólo quiero. Sin puntos suspensivos, sólo quiero.
Creo que ha llegado el momento que llevo años negándome siquiera a nombrar. Creo que por fin soy lo bastante valiente, entera e imperfecta, en este centro hermoso donde las heridas brillan pero no deslumbran. Cuántos duelos faltan, cuánto trabajo queda por hacer y, sin embargo.
"Feliz Año, niña", me ha escrito una de esas personas-constante que lleva en mi vida tanto tiempo que ha visto a 10 personas distintas en este cuerpo. ¿Niña? Tengo responsabilidades de adulta, dos nidos de canas y edad de mujer funcional.
Me miro en el espejo y me asombro de no ver las huellas de este adulting perverso. No hay arrugas, manchas ni ojeras. Las curvas nuevas sientan bien, me alejan de la adolescencia. Las uñas cuidadas me adornan como si fuera un regalo, el rosa de los labios parece pedir un beso. Niña no, pero aún joven, tersa y jugosa.
Oigo voces, pasos y portazos. Tal vez sea el momento de dar la noche por terminada.