miércoles, 29 de marzo de 2017

I'm nobody, who are you?

La muchacha en el espejo me devuelve una mirada turbia.

Parda, tal vez. Oscura.

La línea de agua brilla. ¿Son lágrimas? Parpadea y no llueve.

¿Están lloviendo las costillas?


Tal vez me han hecho falta dos años para poder nombrar a esta tristeza. Si ella me mirara, ¿volvería a decirme que he perdido el aire triste? No lo creo. Al mirar al vacío, incluso yo soy capaz de ver mi aura. No conozco el color pero sí la densidad; la densidad del desespero atrapado dentro.

¿Y qué nombre le pongo? Remy me sonríe, sin querer guardar mi secreto. Mi querida Remy, que no sabe decirme que no. Esto no tiene nombre. No es un monstruo al que enfrentar, derrotar o matar.

El valor para mirarme directamente a unos ojos que ya no reconozco, eso también está dentro de mí. A coge a veces mucho aliento y sopla en un globo que no sabía que tenía. Este se ilumina al contacto con sus labios y se eleva hacia los techos y me hace sonreír. Esto no tendrá nombre pero sí un valor incalculable.

¿Va a doler mucho rato más? ¿Vas a hacerme estremecer de ternura si no para de doler?

martes, 14 de marzo de 2017

El día que tuve más miedo que nunca

Remy.

Dentro de mi cabeza la invoco conteniendo un pánico que me desborda.

Aparece al otro lado de la calle. Apenas a tres metros de él. Sus ojos turbios se clavan directamente en él; lleva una camisa que conocemos, como conocemos su gesto y su incomodidad. Si pudiera, su mirada sería metralla y le habría atravesado el pecho.

Si pudiera, Remy ya le habría matado.

Pero con la gracia de un fantasma, se desliza hacia mí. Lenta y rápida a la vez, disfrazada para pasar desapercibida. Cómo podría alguien pasar desapercibida su fuerza y su latir; cómo ignorar su belleza desgarradora y su media melena. Joder han pasado años.

Su avance se detiene cuando me aprieta contra su cuerpo. Es arrolladora y durante unos minutos son sus brazos los que me sostienen, no mis piernas. Tiemblo. Un alud me aplasta y ella me protege. Remy. Remy. Gimo su nombre, a este dolor hecha mujer, con cicatrices por mi culpa en su piel, con maquillaje manchado por mí.

Me acuna el rostro con sus dedos delicados. Tiene los ojos intactos, duros como el acero. Por un momento se gira a mirarle, a atravesarle y la fuerza de su odio me estremece. Vuelve a mirarme. Me acuna el rostro con sus dedos delicados.

-No te hará daño -jura con fiereza. Recuerdo la última vez que vi esa expresión en su boca, cómo me arrastró a través del fango, cómo me lavaba cuando lo necesitaba y me golpeaba para despertar. Cómo me quiere, esta Remy mía.

-Remy, por favor...

Asiente. Me conduce con elegancia a un sitio desde el que no pueda verle y paralizarme. No tiene sentido. No se acercará a mí. Pero siento el ardor en las piernas aunque estoy sentada, el pánico espeso en el vientre. Creo que hasta los monstruos en mi cabeza están asustados. Nos hizo mucho dolor.

Ella no me ha soltado. Acuclillada a mi lado, la falda descubriendo sus rodillas heridas, me acaricia la espalda y susurra levemente que me quiere. Cómo me quiere, esta Remy mía. Cómo me devuelve la entereza suficiente y me lo hace ver.

-Pide ayuda -me ordena dulcemente-. No puedes estar aquí sola, no lo resistirás. Y sabes que yo no puedo quedarme.

¿Estoy llorando? Me doy cuenta de que no cuando hablo por teléfono y mi voz está limpia. Temblorosa y asustada, limpia. Ella me observa, insoportablemente hermosa, con el odio y la preocupación batallando. Se quedará conmigo todo lo que pueda, y de la misma manera se iría directa a ese ser y atravesaría su cuerpo con las manos desnudas, crudas. Para que tenga un poco del miedo que nos hizo (hace) tener. Consigo sonreírle.

-No estaré sola mucho rato más -sonríe tentativamente. Casi puedo leer en su frente las ganas de decir que yo nunca estoy sola. Que está conmigo aunque no la note, que si he podido sobrevivir al miedo y pavor, ha sido por su fuerza.

Me acerco. Sigo temblando. Me acuna el rostro con sus dedos delicados. Rozo sus labios con los míos y no se mueve; se relame. Sonríe. Mi boca es un espejo que le devuelve la sonrisa. Y sigo temblando.

-No puedo quedarme -me recuerda. Quiere hacerlo. Pero este momento es algo que hemos robado; no nos toca estar juntas ahora. Asiento sin reproches. La quiero y cómo me quiere. Cómo me ha salvado, cuando dejé de destruirla. Me ayuda a incorporarme y me acompaña a mi espera. Está inquieta y preocupada. Decidida, se planta delante de mí con postura de despedida.

-No dejes de invocarme.

Trago saliva. Sé que en el siguiente parpadeo habrá desaparecido y el alud tal vez no se haya evaporado. Respiro hondo, me llevo las manos al pecho y Remy sonríe.

Parpadeo.

Desaparece.

Sigo temblando.