Parda, tal vez. Oscura.
La línea de agua brilla. ¿Son lágrimas? Parpadea y no llueve.
¿Están lloviendo las costillas?
Tal vez me han hecho falta dos años para poder nombrar a esta tristeza. Si ella me mirara, ¿volvería a decirme que he perdido el aire triste? No lo creo. Al mirar al vacío, incluso yo soy capaz de ver mi aura. No conozco el color pero sí la densidad; la densidad del desespero atrapado dentro.
¿Y qué nombre le pongo? Remy me sonríe, sin querer guardar mi secreto. Mi querida Remy, que no sabe decirme que no. Esto no tiene nombre. No es un monstruo al que enfrentar, derrotar o matar.
El valor para mirarme directamente a unos ojos que ya no reconozco, eso también está dentro de mí. A coge a veces mucho aliento y sopla en un globo que no sabía que tenía. Este se ilumina al contacto con sus labios y se eleva hacia los techos y me hace sonreír. Esto no tendrá nombre pero sí un valor incalculable.
¿Va a doler mucho rato más? ¿Vas a hacerme estremecer de ternura si no para de doler?

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