lunes, 26 de marzo de 2012

Chantajes

"O me eliges a mí, o la eliges a ella"

No se sintió bien al decirlo. Jamás había pronunciado peores palabras. Vio la reacción en esos ojos por los que tanto había olvidado y se sintió despreciable. Pudo sentir el impulso de huir y supo que lo había perdido.

-No puedo creer que precisamente tú me hagas esto -el desprecio y la decepción temblaban en su voz, más grave que nunca-. Tú lo entendías, Erin. Tú insististe. Y ahora me... me pones entre la espada y la pared. ¿Cómo te...?

-Sé lo que dije. Y he sido tú, sé también que no es fácil. No te he presionado a lo largo de estos meses pero no puedo más. Simplemente, no puedo más. Ni siquiera tienes que entenderlo, no te pido eso. Sólo quiero que me respetes lo bastante para elegirme a mí.

-¿Así que ahora se trata de respeto? Qué elegante. Sí, qué elegante -el sarcasmo destilaba en el ambiente. De sus ojos salía una ira fría-. Te advertí desde el principio que la situación era complicada. No puedo separarme de ella así como así, hace falta tiempo. Tú dijiste que lo entendías. Pero ahora, y esto viene de lejos, me presionas más y más, me exiges que te elija. ¿En eso te has convertido?

-Dijiste que siempre fui yo. Que incluso años después, siempre fui yo. Hemos tardado mucho en encontrarnos, y ahora que estoy aquí no tienes fuerzas para luchar por mí.

Era como si alguien la estuviera controlando. No era capaz de detenerse. ¿Por qué seguía hablando, diciendo todas esas cosas horribles que no deberían salir de su mente? La norma arduamente cultivada de no presionar en ningún momento parecía haber desaparecido. De repente dejó de sentirse culpable. Estaba luchando por alguien que le pertenecía, luchaba por salvar su orgullo y sentir que no había invertido más de medio año en ser la amante, en olvidar gran parte de sus normas, para terminar con una patada en el culo, rota e inútil. Le detuvo rápidamente antes de que hablara. Acarició sus labios mientras hablaba.

-No discutamos. Sólo mírame y elígeme. No necesito que sea ahora, pero prométemelo. Dejaremos de discutir. Haremos el amor esta noche y mañana empezaremos una vida juntos. Tú y yo. Sin ella. Sin interferencias, sin tener que ocultarnos.

Él le sujetó las muñecas con fiereza. Durante un instante temió que no pudiera obtener su perdón pero ese sentimiento se desvaneció cuando recibió el brutal beso, todo dientes y furia. Sorprendida, intentó apartarse, pero él le sujetaba las manos tras su espalda, no le permitía moverse. Algo no iba bien.

Al apartarse, la miró largamente a los ojos y ella lo supo antes de que la soltara como si le quemara, antes de que apartara el rostro para escupir a un lado con redundante desprecio.

-Ya no eres nada, Erin. Se acabó.

Por primera vez, el chantaje no había servido de nada.

viernes, 9 de marzo de 2012

Irritante Flash-Back

Por mucho que pique, si te rascas acabará doliendo.

Podría resumir la impotencia de muchas formas, pero esta es la primera que se me ha ocurrido. Impotencia ante esta sensación de flash-back que irritante, me ha inundado por un momento. No ha sido agradable ni bonito. No había poesía, ni rima, ni delirio, ni flores. Sólo una fría ira por la cobardía que tantas veces me desgarró.

Quiero mirar hacia delante. Tengo una vida nueva, soy una persona diferente, y las ramas de olivo que ofrezco, asumiendo culpas y perdonando sin preguntar, no surten efecto. Tengo una parte en mi corazón que siempre te pertenecerá, es inevitable; pero es pequeña, y está cansada de añorar un vínculo que tú, como persona, no puedes darle.

Y tras dejar constancia de esta anacrónica y siempre malvenida sensación, me meto en mi cápsula de mantitas, fría sin esos ojitos de miel y maullido, enorme sin esas manos cálidas que se meten en todas partes. Desoladora sin esa sonrisa de sueño, sin ese pliegue ante un te quiero.

martes, 6 de marzo de 2012

Con soda y dos aceitunas

En la barra del bar, a las tantas de la madrugada, remueve su whisky completamente sola. El bar está vaciándose, y el camarero duda si echarla o no. La elegante jovencita está sentada erguida y no parece borracha. Además, su ropa de diseño sugiere que aún tiene dinero que gastar.

De golpe, ella bebe todo lo que le queda y reclama al camarero para que le sirva otra. Él, solícito, es incapaz de resistir la tentación de entablar conversación.

-¿Qué haces aquí sola? Seguro que podrías estar en cualquier otro lugar, acompañada...

Ella balancea ligeramente la cabeza, mientras canta en voz baja. Todo lo que puedo decir es que te quiero y que siento haberte hecho sufrir. Levanta la mirada lentamente, y el camarero ve unos ojos de un color tan oscuro que son indescifrables, temblorosos.

-Nadie me quiere cerca... Creo que he destrozado todo lo que algún día me importó...

El camarero se sienta frente a ella al otro lado de la barra, dispuesto a escucharla. Ella sacude la cabecita perfectamente peinada, y exige su alcohol. Una vez satisfecha, empieza a hablar.

-Hubo una vez que escuché una canción... Una canción que pedía perdón por mil cosas, sin mencionar ni una de ellas... Creo que ese es mi problema, ¿sabes? Que cuando pido perdón no sé ni por qué lo hago, ni a quién tengo que suplicar clemencia, ni cuántas veces más voy a tener que decirlo... ¿Entiendes? Tal vez he perdido demasiado por exigir demasiado.

-¿Qué pedías?

Ella, temblorosa, desvía de nuevo la mirada.

-Pedía por amor. Quería amor. Aún lo deseo con todas mis fuerzas... Pero los pocos individuos dispuestos a amarme no tardaban en apartarse cuando se caía la máscara... ¡Mírame! Parezco una princesa, y no soy más que una muñeca mal vestida. Y ellos querían a alguien de la realeza, nadie aprecia a una mendiga disfrazada. El que no me utilizó me hizo sentir utilizada. Mi cuerpo, mi talento... Eso era lo único que todos veían cuando me miraban. Nadie se quedaba a oírme hablar cuando los suspiros cesaban.

-¿Hablas de sexo?

-¡Sexo! ¡Sexo, amor! Dudo que haya diferencia, la verdad. Amar es entregarse, y follar es excesivo. Hacer el amor lo llaman algunos... ¡Ja! Eso no es para mí, es para esos románticos que no quieren vivir con los ojos abiertos...

-¿Nunca has estado enamorada? ¿Nadie te ha querido nunca?

-Querer, lo que es querer... Pues no lo sé. Que me digan que me quieren no me ayuda a confiar, pero cuando no lo dicen no puedo creer nada más. No hay término medio conmigo ¿sabes? O lo das todo o lárgate, yo no quiero migajas, sólo dan más hambre. Y yo... bueno, fui ingenua en otra época, ya sabes, creía en el amor, creía en las personas, creía que podría vivir algo casi hollywoodiense, pero no. No estoy hecha para eso. Yo he nacido para estar sentada en un bar esperando al primer desconocido que le ofrezca un poco de calor... Hombre, mujer, da igual. Todo tiene sus ventajas, que suplementan mis múltiples defectos. Soy tan repugnante...

-No creo que eso sea cierto.

-¡Porque no sabes todo lo que he hecho! He traicionado a todo el que me ha importado y luego no he sabido arreglarlo. Yo soy de esas brujas malas que acaban olvidándose en algún cajón mientras otra vive como una princesa de cuento. ¿Te has preguntado alguna vez qué pasó con la madrastra de Cenicienta? Nadie se interesa por ella, pero yo creo que debió sufrir, tan incomprendida, tan despreciada... Me he vendido de todas las formas posibles, doy lo que sea por un poco de luz, pero no sirve de nada, ya me he acostumbrado a andar a ciegas. Crecí sobre un suelo cubirto de canicas. Ahora ya sé cómo evitar resbalarme, cómo mantenerme erguida...

-¿Has hecho alguna vez algo bueno?

-Depende de lo que llames bueno. Me he sacrificado de mil maneras que nadie entienda, así que supongo que no. He amado en silencio para no herir a otras princesas más afortunadas, pero eso tampoco importa ¿verdad? Supongo que ya no puedo ganarme el cielo, pero espero poder comprar alas con toda mif ortuna. Puede que de esta forma no me estrelle del todo. Pero bueno, perdona, no quiero aburrirte con mis inútiles historias. Gracias por el whisky. Ten, el dinero. Pero oye, una última cosa. ¿Te importa servirme un poco de esperanza con soda y dos aceitunas¿

El camarero sonrió tristemente. Esa mendiga disfrazada estaba desesperada, al borde del abismo.

-De eso aquí no tenemos. Lo siento.

Ella fingió sonreír, e hizo un gesto como si no pasara nada. Se fue del bar como una sombra, y a la mañana siguiente el camarero llegó a dudar que todo hubiera pasado.

La princesita decadente jamás despertó de aquel sueño inducido por la intoxicante nicotina de la tristeza, la desesperanza y diversas pastillas que compró con media mano, invirtiendo su poca fortuna. Jamás tuvo bastante para las alas.

Publicado originalmente 23-03-10

jueves, 1 de marzo de 2012

Remy, querida mía, púdrete

Aunque la fiesta estaba en su mejor momento, decidí ausentarme un rato. Era necesario atender a mi invitada.

Bajé los dos pisos hasta el sótano, sonriendo interiormente ante lo tópico del lugar. Los tacones resonaron en el silencio mientras encendía la luz y me acercaba hacia una esquina.

Allí, atada a un viejo radiador con cadenas, maltratada, con su bonita ropa rota y su belleza desgarrada, estaba Remy. Al verme, me dedicó una divertida sonrisa desdeñosa, como si fuera yo la recluida y ella el triunfal secuestrador. Su desordenada y exhuberante melena no llegaba a ocultar sus ojos, esos ojos tan fieros y duros, esos labios siempre dispuestos a atacar. Permanecí de pie, apoyada en la pared con los brazos cruzados.

-Buenas noches, querida -saludó sarcásticamente-. Bonito vestido. Decididamente, el negro es tu color. ¿Es que tienes una cita?

Apreté los labios, lívida de rabia y pánico, como siempre que me decidía a visitarla.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí, lo sabes?

-El mismo que tú llevas mintiéndote -contestó inmediatamente, impertérrita.

Me eché a reír. Remy me observaba sin parpadear.

-No me miento. Ahora lo veo todo muy claro.

-Ya... Eso da por hecho que te has decidido.

-Nunca han habido opciones, Remy.

-¿En serio? Y si es así... ¿por qué te arriesgaste? ¿Por qué la tocaste? ¿Por qué te dejaste llevar otra vez? Sabes muy bien que yo aparecí por su culpa. Y aún así no fuiste capaz de resistirte.

-No me escuchas. Te he dicho...

-¡No! ¡Escúchame tú! Le has elegido a él, a pesar de no merecerle y de haberle herido. ¿Y por qué lo has hecho? ¿Porque le quieres?

Se me llenaron los ojos de lágrimas, que también atascaron mi garganta. Remy se incorporó violentamente.

-¡Contesta!

-Le quiero.

-Pues yo creo que no es así. Creo que habías asumido que acabaría así y por eso te esfuerzas tanto, a tu manera.

-¡¿Cómo te atreves?! Tú no sabes...

-Me atrevo -declaró desafiante-. Y si no quieres que te lo diga, más te vale matarme.

Con un chillido de rabia, le di una bofetada que la tumbó contra el duro suelo. La insulté a gritos mientras la golpeaba y su sangre manchaba mis piernas. Furiosa, me alejé, dejándola malherida sin ni siquiera volverme a mirarla.

Pero algo me detuvo. Un sonido estremecedor, como un quejido.

Remy, entre toses sanguinolientas, se estaba riendo. Su susurro silibante llegó hasta mis oídos perfectamente.

-No podrás encerrarme eternamente... ¡¡Nunca te abandonaré!! ¡¡Nunca!! ¡¡Tú y yo estaremos siempre juntas!!

Cerré la puerta del sótano. Su voz delatora se apagó.

Publicado originalmente 09-11-10