"O me eliges a mí, o la eliges a ella"
No se sintió bien al decirlo. Jamás había pronunciado peores palabras. Vio la reacción en esos ojos por los que tanto había olvidado y se sintió despreciable. Pudo sentir el impulso de huir y supo que lo había perdido.
-No puedo creer que precisamente tú me hagas esto -el desprecio y la decepción temblaban en su voz, más grave que nunca-. Tú lo entendías, Erin. Tú insististe. Y ahora me... me pones entre la espada y la pared. ¿Cómo te...?
-Sé lo que dije. Y he sido tú, sé también que no es fácil. No te he presionado a lo largo de estos meses pero no puedo más. Simplemente, no puedo más. Ni siquiera tienes que entenderlo, no te pido eso. Sólo quiero que me respetes lo bastante para elegirme a mí.
-¿Así que ahora se trata de respeto? Qué elegante. Sí, qué elegante -el sarcasmo destilaba en el ambiente. De sus ojos salía una ira fría-. Te advertí desde el principio que la situación era complicada. No puedo separarme de ella así como así, hace falta tiempo. Tú dijiste que lo entendías. Pero ahora, y esto viene de lejos, me presionas más y más, me exiges que te elija. ¿En eso te has convertido?
-Dijiste que siempre fui yo. Que incluso años después, siempre fui yo. Hemos tardado mucho en encontrarnos, y ahora que estoy aquí no tienes fuerzas para luchar por mí.
Era como si alguien la estuviera controlando. No era capaz de detenerse. ¿Por qué seguía hablando, diciendo todas esas cosas horribles que no deberían salir de su mente? La norma arduamente cultivada de no presionar en ningún momento parecía haber desaparecido. De repente dejó de sentirse culpable. Estaba luchando por alguien que le pertenecía, luchaba por salvar su orgullo y sentir que no había invertido más de medio año en ser la amante, en olvidar gran parte de sus normas, para terminar con una patada en el culo, rota e inútil. Le detuvo rápidamente antes de que hablara. Acarició sus labios mientras hablaba.
-No discutamos. Sólo mírame y elígeme. No necesito que sea ahora, pero prométemelo. Dejaremos de discutir. Haremos el amor esta noche y mañana empezaremos una vida juntos. Tú y yo. Sin ella. Sin interferencias, sin tener que ocultarnos.
Él le sujetó las muñecas con fiereza. Durante un instante temió que no pudiera obtener su perdón pero ese sentimiento se desvaneció cuando recibió el brutal beso, todo dientes y furia. Sorprendida, intentó apartarse, pero él le sujetaba las manos tras su espalda, no le permitía moverse. Algo no iba bien.
Al apartarse, la miró largamente a los ojos y ella lo supo antes de que la soltara como si le quemara, antes de que apartara el rostro para escupir a un lado con redundante desprecio.
-Ya no eres nada, Erin. Se acabó.
Por primera vez, el chantaje no había servido de nada.
No se sintió bien al decirlo. Jamás había pronunciado peores palabras. Vio la reacción en esos ojos por los que tanto había olvidado y se sintió despreciable. Pudo sentir el impulso de huir y supo que lo había perdido.
-No puedo creer que precisamente tú me hagas esto -el desprecio y la decepción temblaban en su voz, más grave que nunca-. Tú lo entendías, Erin. Tú insististe. Y ahora me... me pones entre la espada y la pared. ¿Cómo te...?
-Sé lo que dije. Y he sido tú, sé también que no es fácil. No te he presionado a lo largo de estos meses pero no puedo más. Simplemente, no puedo más. Ni siquiera tienes que entenderlo, no te pido eso. Sólo quiero que me respetes lo bastante para elegirme a mí.
-¿Así que ahora se trata de respeto? Qué elegante. Sí, qué elegante -el sarcasmo destilaba en el ambiente. De sus ojos salía una ira fría-. Te advertí desde el principio que la situación era complicada. No puedo separarme de ella así como así, hace falta tiempo. Tú dijiste que lo entendías. Pero ahora, y esto viene de lejos, me presionas más y más, me exiges que te elija. ¿En eso te has convertido?
-Dijiste que siempre fui yo. Que incluso años después, siempre fui yo. Hemos tardado mucho en encontrarnos, y ahora que estoy aquí no tienes fuerzas para luchar por mí.
Era como si alguien la estuviera controlando. No era capaz de detenerse. ¿Por qué seguía hablando, diciendo todas esas cosas horribles que no deberían salir de su mente? La norma arduamente cultivada de no presionar en ningún momento parecía haber desaparecido. De repente dejó de sentirse culpable. Estaba luchando por alguien que le pertenecía, luchaba por salvar su orgullo y sentir que no había invertido más de medio año en ser la amante, en olvidar gran parte de sus normas, para terminar con una patada en el culo, rota e inútil. Le detuvo rápidamente antes de que hablara. Acarició sus labios mientras hablaba.
-No discutamos. Sólo mírame y elígeme. No necesito que sea ahora, pero prométemelo. Dejaremos de discutir. Haremos el amor esta noche y mañana empezaremos una vida juntos. Tú y yo. Sin ella. Sin interferencias, sin tener que ocultarnos.
Él le sujetó las muñecas con fiereza. Durante un instante temió que no pudiera obtener su perdón pero ese sentimiento se desvaneció cuando recibió el brutal beso, todo dientes y furia. Sorprendida, intentó apartarse, pero él le sujetaba las manos tras su espalda, no le permitía moverse. Algo no iba bien.
Al apartarse, la miró largamente a los ojos y ella lo supo antes de que la soltara como si le quemara, antes de que apartara el rostro para escupir a un lado con redundante desprecio.
-Ya no eres nada, Erin. Se acabó.
Por primera vez, el chantaje no había servido de nada.