-Muy mal se habla de la Tentación.
Me estremezco. Dios mío, está aquí. Y para no variar, está preciosa. Diferente, no obstante; es la primera vez que no hay un solo desgarro en su ropa.
-¿Me ves muy distinta, querida? -sonríe Remy, con esos labios de pecado y suciedad, que me sonríen genuinamente.
Sí, está muy distinta. Su cabello negro sigue desordenado, el maquillaje ha dejado huellas de lágrimas en sus mejillas. Pero el vestido que lleva se ajusta a su cuerpo grácilmente. Me resisto a abrazarla, sé bien que todo en ella es una trampa.
-Lo cierto es que me alegro de verte. Me estaba preguntando qué había sido de ti.
Se sorprende arqueando las cejas con elegancia. Se sienta frente a mí, espera a que venga un camarero y pide una cerveza importada. Remy es todo lo que yo no soy; es elegante en su dejadez, bella, impulsiva, apasionada hasta la destrucción más absoluta. Y sin embargo, la admiro. Hoy siento que ya no la detesto.
-¿Qué decías de la Tentación?
Tarda un poco en contestar. Saborea su cerveza con tal placer que me hace sentir incómoda. De repente se me ocurre que debería haberme acostado con ella cuando tuve la ocasión. Y Remy lo adivina, porque acude a sus labios una sonrisa sinuosa.
-Me he enamorado, cariño.
-¿De quién?
-De Kokoro.
Me tenso violentamente. ¿Cómo se atreve? No puede tocar a mi Kokoro, no lo permitiré.
-Creía que la odiabas.
-Y supongo que por eso me he enamorado de ella. Es una mujer fascinante. Y muy hermosa. Aunque quien mejor que tú para saberlo -se burla de mí sin ninguna decencia. De pronto suspira con un pesar que no es fingido-. Pero sé muy bien que no puedo tenerla, puedes dejar de mirarme así. Kokoro te eligió a ti, incluso cuando tú y yo estábamos juntas. Y eso no lo podré romper.
-Al menos eres consciente de eso.
Se lanza a coger mi mano con una violencia inusitada. Hay un brillo febril en sus ojos acerados. Y de repente lo entiendo; Remy no ha cambiado tanto, sólo el objeto de su deseo. Está desesperada, destrozada, pero estar enamorada la llena de júbilo; llegó a creer que nunca sentiría algo bueno.
-Tú sabes lo que es mirar al sol deseando tener alas -susurra rápidamente-. Estaba contigo en el barco, ¿recuerdas? La espuma, el mar, todo era Kokoro. Sabías que te iba a destrozar, que me iba a crear y te resistías a soltarla.
-Me habría hundido con ella si lo hubiera permitido -replico con fiereza. El implícito "también lo haría ahora" flota entre nosotras. Me suelta la mano, vuelve a su sitio. Bebe. No sonríe.
-He venido porque necesito que me ayudes. Quiero hacerme unas alas como las que tú tenías cuando nos conocimos. Aprenderé a volar para alcanzarla.
-Te rechazará. Ya lo sabes.
Esboza la sonrisa más triste que le he visto jamás. Me llena los ojos de lágrimas.
-Entonces serás tú quien venga a consolarme.