domingo, 13 de enero de 2013

Enero es mi Abril

Enero llegó suave como una caricia, traicionero, sutil. Como un buen personaje de Weiss y Hickman, vaya. Le faltaron los ojos dorados descomponiendo el tiempo.

Enero llegó con ganas de descolocar mundos y marcar vidas.
Descarado.
Definitivo.
Pero muy frío para obligar a buscar refugio en brazos ajenos.

En flacos brazos nacarados. Quién lo iba a decir.

Aprendí algo muy importante a raíz de aquel Enero, preludio de la primavera más jodidamente fría en 20 años. Aprendí del desamor y la ilusión, de lo fácil que es escribir con el corazón roto, de lo mucho que duelen las musas cuando te desnudan. De cómo algo de latín te puede salvar la cordura, o bien romperte bien fuerte todas las células. Aprendí de Hume, de sus elsolnosaldrámañana, de que las letras estilizadas en mis apuntes llevan a la incertidumbre. Aprendí que si alguien lleva un paraguas rojo, no debes abordarle por la calle; que es peligroso.

Aprendí lo poco que sé resistirme a la belleza, con B mayúscula, con B de basta ya, por favor.

Pero, sobre todo
aprendí sobre Ícaro.
Él no quería desafiar a los dioses.
Si se acercó al sol
y cayó al mar
fue porque estaba enamorado.

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