viernes, 15 de junio de 2012

Vicio matutino

Fumar por la mañana tiene cierta tristeza. Tiene ese aire de desamparo, como si fumaras por llenar el vacío, por escuchar algún sonido. Por ver algo, cualquier cosa, que no sea un vacío deprimente en una casa que empieza a iluminarse por la luz, que empieza a brillar.

Lo que más me gusta de fumar es ver los rizos y espirales que expulsa el cigarrito industrial, todo ese humo imposiblemente bello, en un tono azul que no he visto en nada más. Y entonces aspiro una calada corta y rápida, para sentir cómo el asfalto se adhiere a mis pulmones, y soy consciente de que me estoy matando. O aspiro de forma lenta, de forma pausada, con tiempo y ganas, para expulsar este humo que me enamora en un movimiento indecente de labios, pensando divertida y casi emocionada que la imagen debe ser preciosa, el humo pálido en contraste con mi piel morena, la muerte saliendo de este cuerpo que parece tan lleno de vida.

Estoy enamorada de fumar.


En dialecto de Okinawa

Estaba asomada al balcón. Su breve vestido floreado, apenas una larga camisa, no llegaba a tapar del todo sus muslos. El movimiento era hipnotizante. Al mínimo movimiento, la tela ascendía, o se movía, o se quedaba quieta, y los muslos torneados hacían su aparición estelar. Tenía un cigarro entre los dedos, que fumaba con desidia, sin olvidarse de expulsar el humo como una señorita. Cuando notó su mirada, su actitud cambió. Hubo una tensión diferente en su cuerpo, un temblor al principio de sus muslos, el susurro de una sonrisa. No se volvió.

La llamó, por uno de sus muchos nombres inventados. Ella había insistido en no revelar su identidad, y como todos, ese capricho suyo fue complacido. Ladeó la cabeza para echarle una devastadora mirada por encima del hombro, aún con la nicotina en los labios. Nunca estaba tan bella como cuando fumaba. Tiró la colilla a la calle sin apagarla, y con su risa como un gorjeo, corrió hacia Gala, que la recibió abrumada entre sus brazos. Se acurrucó a su lado, buscó sus labios imperiosamente y en cuanto los encontró, toda la energía que el cigarro le había dado se desvaneció. Y se le inundaron los ojos.

-Tengo miedo.

Gala la apretó más contra sí, sintiendo su pesada respiración en su cuello. No quería mirarla. No quería ver por milésima vez lo triste de sus ojos de gitana. Las rodillas de ella se pegaban a sus muslos, y pensó que tenía las rodillas más bonitas del mundo. Aún tenía dibujado un pequeño universo en su piel de aceituna.

-Todo saldrá bien -susurró, sosteniendo a esa mujer tan suya, que a veces era tan niña.

Levantó el rostro, con una única huella de lágrima, y sonrió con toda la cara, los ojos iluminados, la boca de ágave y cristal, las orejas asomando tímidamente entre su espesa cabellera. Parecía salida de un sueño, y su belleza estremeció el corazón de Gala. Tenía esa mirada, esa mirada que anunciaba el retorno de su energía, pero tenía también en el fondo infinito de sus ojos romaníes una tristeza que crecía día a día, que se comía sus pupilas negras. Volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Gala, que luchaba por reprimir la melancolía contaminante, que luchaba por reprimir el impulso de morir o matar por ella. Lo supo entonces. Teniéndola a su lado, con la pesada respiración, con la tristeza desbordándola, lo supo.

-Te llamas Paloma.

Y ella se incorporó con una sonrisa tibia, con un pálpito en sus manos y negó dulcemente con la cabeza. Pero Gala ya tenía la idea en la cabeza. ¿Cómo no iba a llamarse así, ella que era etérea, eterna y maravillosa? ¿Qué otro nombre podía tener, con sus besos lentos de palomita, su forma de comer como un pajarito desdeñoso, la fragilidad de sus miembros cuando la abrazaba? Como para confirmarlo, ella se levantó, con el resto de una risa en sus labios. La camisa dejaba ver demasiado de sus muslos, insinuando su sexo cálido. Una mano le alzó la mirada, y la hizo clavarse en sus ojos, esos ojos de hechicera consumidos por una tristeza insondable.

-Todo saldrá bien -afirmó el pajarito herido, sin que la sonrisa le llegara a la mirada.

jueves, 14 de junio de 2012

Espejito, espejito

Me preparo para acostarme. La dulce alegría de una llamada intempestiva me acaricia, aunque no me queden fuerzas para sonreír. Pienso distraída en Francesca y Kokoro. Entonces el espejo se interpone.

Y la chica que se refleja en él me da pena. No puedo ser yo.

No veo nada más que una melena despeinada, ojos semicerrados pasando el mono y unas ojeras que parecen comerme viva. Si pudiera, me echaría a reír. O a llorar. O a gritar.

¿Es este el rostro de un ángel o el de un súcubo? O el de una hechicera. O el de una gitana francesa.

O el de una chica agotada que necesita un abrazo.


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miércoles, 13 de junio de 2012

"El día que hizo más viento que nunca"

Tu lengua tomó la forma de un puñal, y tu carne amada era de repente una armadura nuclear, preparada para destruirme al mínimo roce.

Sé que retrocedí como si me hubieras golpeado, o tal vez lo hiciste. ¿Llegaron tus dedos venerados a marcar mi cuerpo? No en el furor de la pasión, sino en la rabia, en la decepción. Y hablabas como si no hubieras hablado en años, y herías como si te hubieras enamorado. Dabas vueltas a mi alrededor, como una pantera dispuesta a arrancarme un trozo de piel, y yo daba vueltas contigo, fantaseando con que aún bailábamos. Respondí a tu rabia sibilina con tristeza caliente resbalando entre mis manos. Parecías un cuervo dispuesto a arrancarme los ojos. Todo tu cuerpo se transformó en la fauna maligna que no había tenido cabida en nuestro lecho, pero sí en tu dolor. Tu dolor, porque lo veía, porque aunque eras ave rapaz y depredadora, estabas tan rota y tan sola y tan triste.

Aproveché un momento de silencio, de humana vulnerabilidad en tu desahogo, para acercarme a ti. Estabas sentada en un pequeño diván color verde botella, ese que te encargué desde Berlín, mirándote las manos, acaso sorprendida. Sí, sorprendida. Recosté mi cabeza en tu falda y como una luz, una de tus manos se adelantó a acariciarme el cabello y supe que aún me amabas y me eché a llorar como un bebé. Porque sería un bebé, un ser incompleto y frágil si tú me abandonabas. Entonces volviste a hablar y tu voz había perdido el rojo, y se derramó sobre mí como resina.

-Deja de hacerme daño.

Una lágrima tuya acabó cayendo en mi cuello. Te notaba sobre mí, notaba tus lágrimas sedosas y tu aliento trémulo, casi moribundo. Supe que te estaba matando y me rompí contigo y sin ti. Balbuceé. ¿Cómo iba yo a herirte, si el veneno salía de cada poro de tu cuerpo? Si me fumigabas, y me hacías sentir un Gregorio, un insecto. La rabia volvió a ti y con tus uñas felinas me levantaste el rostro. Ambas, con las caras mojadas, nos miramos tres largos segundos. Me soltaste y te quedaste ahí mirándome. Otros tres largos segundos. Los conté para no pensar en lo mucho que habían cambiado tus ojos.

Y gritando me dijiste todo lo que jamás te habrías atrevido a decirme. Cada palabra fue un asesinato. Primero mataste mi confianza, y terminaste matando mi ilusión. Pero no conseguiste acabar con mi amor. No lo conseguiste. En medio del furor me incorporé, y desgarré la camisa que llevaba, tu favorita, para gritarte desquiciada que me mataras, que acabaras conmigo en ese momento, que no podía más porque era tuya y vivir con tu veneno era demasiado. Algo tembló en tus pupilas un instante. Y muy decidida, me golpeaste el pecho de forma que me hizo caer, tú, que ni siquiera te prestabas a mis juegos masoquistas, tú, que solías amar mi carne emocionada. Tú, me golpeaste, me lastimaste, y te quedaste de pie con las piernas abiertas viendo cómo boqueaba para recuperar el aliento, escuchando mis desbocados latidos.

No me levanté. De nuevo, el silencio había caído en la habitación pero era un silencio distinto, era un silencio verde y mohoso, que se asentaba justo debajo de los hombros, sin tocar el corazón, porque yo te oía latir y oía como llorabas por dentro. Y murmuré.

-No lo soporto más. No sé qué nos ha pasado, si tú y yo éramos perfectas. Sé que me quieres, pero hoy me has hecho más daño que nunca. Ni siquiera tú me habías herido tanto. Me iré. Te dejaré libre y no volveré jamás.

Te echaste a mis pies, bañándolos con tus lágrimas e hiciste lo sorprendente: suplicaste. Arrastrándote lentamente hacia mí, suplicaste. Dijiste que serías menos que nada sin mí, dijiste que me amabas, dijiste que todo pasaría. Pero no dijiste que lo sentías. No te disculpaste por habernos matado como lo hiciste. Ni siquiera preguntaste si me dolía el pecho, o si me habías roto ya el corazón.

-No puedo creer que me estés suplicando. Tú no.

-Sí, yo sí, yo sí, porque te amo, porque tienes razón, no sé qué nos está pasando. Pero no te vayas, no nos acabes así. Sabes que sin ti no puedo... que yo no...

Y te callé con el que supe que sería nuestro último beso. Porque sí, te odiaba, y te despreciaba, y renegaba profundamente de todas nuestras heridas, pero aún te amaba y estabas más bella que nunca. Por última vez, fuiste frágil para mí, fuiste cristal y adicción, y tus labios de sirena me atrapaban... O al menos lo intentaban. El viento que se creó en el espacio entre nuestros cuerpos acabó por separarnos. No era suficiente. Tapándome como pude con los restos de tu camisa favorita, me levanté. Me ayudaste. Me mirabas expectante, y fue entonces, justo entonces, cuando supe que tú no podrías marcharte jamás. Notaba cómo el veneno y la culpa luchaban en tu interior, y no quería estar ahí para ver el desenlace. Secaste mis inconscientes lágrimas con un simple beso. Te acerqué a mí para apoyar tu frente en la mía.

-Te amo -y sonreíste, y cerré los ojos para no ver tus labios-. Y no volverás a verme.

Salí de esa habitación como pude. Me suplicaste que me quedara, podía oír tu voz reteniéndome pero no moviste un solo músculo de tu cuerpo para buscarme. El huracán me alejó de ti, el pecho me latía atropelladamente. Me sentí culpable por desearte como lo hacía, pero me marché a toda prisa.

La fauna salvaje que habitaba en tu pecho se calmó en cuanto desaparecí. Y tus asesinatos se quedaron dentro de mí.

martes, 12 de junio de 2012

La chica de las cuencas vacías

No olvidaría jamás ese trozo de papel cuadriculado, con unas pocas palabras garabateadas a ciegas, y una mancha de sangre con forma de dedos. Tampoco olvidaría el trayecto hacia el hospital, ni cómo las enfermeras la miraban. Debía tener pinta de ser una auténtica chiflada.

Pero cuando entró en la habitación, supo que, al mirarla, no veían a la chiflada en ella.

Estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la pared. Unas vendas le envolvían la cabeza. Sus dedos de pianista tamborileaban en las rodillas. Ladeó la cabeza al escucharla entrar.

-Ah, has llegado. No hacía falta que te dieras tanta prisa.

No quería moverse. No quería rodearla y ver lo que se había hecho. Pero su compañera le ahorró el trance, dándose la vuelta en la cama y cruzando las piernas.Las vendas le protegían los ojos, y bajo ellas se adivinaban unos gruesos trozos de gasa adheridos al cráneo, tapando por completo las cuencas oculares. Siguió hablando.

-Quieren llevarme a psiquiatría. Dicen que he perdido la cabeza y que no sé lo que hago. Pero lo sé perfectamente. He hecho esto por ti.

-¿Te has arrancado los ojos por mí? -le salió la voz trémula, vacilante. Ni siquiera tenía claro cómo sentirse.

Sonrió, sin ira y sin tristeza. Se tocó las vendas que le cubrían lo que hasta entonces eran sus ojos.

-He visto lo que deseaba ver, cariño. Lo he visto todo. Te he visto a ti. No quiero ver nada más, quiero que tú seas lo más hermoso que haya contemplado. Por eso lo he hecho.

Por fin se atrevió a acercarse. Se sentó a su lado en silencio y recibió sus manos. Le recorría la cara con los dedos para reconocerla. La sonrisa no se le borraba de los labios. Parecía envuelta en un halo de beatitud, y las vendas blancas ayudaban. De repente, se le torció ligeramente el gesto.

-No quiero que estés tan triste -sentenció. Y pareció ser de nuevo la persona que la noche anterior se había tumbado a su lado, aún con ojos. Le sujetó las manos videntes por las muñecas.

-Yo no quería que te quitaras los ojos. ¿Quién me los arranca ahora a mí? No quiero verte así. ¿Es que te has vuelto loca? ¡Nos quedan miles de cosas por ver! Se supone que vamos a mudarnos dentro de 7 meses. Tenemos que viajar. ¿No recuerdas París? ¿No quieres volver conmigo?

-Creía que tú lo entenderías.

Se levantó. Empezaba a sentirse furiosa.

-Amaba tus ojos.

Fue como un golpe. La ciega mantuvo el rostro alzado hacia su voz, pero se derrumbó contra la cama en un instante. De las vendas empezaron a deslizarse lentas gotas de sangre. Le temblaban las manos. En cuanto escuchó los pasos acercándose a ella se removió para alejarse.

-No me toques. Por Dios, no me toques.

-Deja de decir tonterías.

-¡No! No lo entiendes... he hecho esto por ti. Por ti. Y tú me... No. No quiero que me toques. Vete.

-No voy a irme. Acabas de mutilarte, tengo que cuidar de ti.

La ciega se incorporó. Se volvió hacia ella, como si pudiera verla, directamente a los ojos.

-Tienes que. Pero no quieres. Vete de aquí. Ahora mismo. Realmente me alegro de haber hecho esto: no quiero volver a verte.

Fue imposible hacer que cambiara de idea. Ninguna explicación, ninguna súplica, ninguna lágrima, nada escuchó. Se mantuvo en un estoico silencio hasta que se quedó sola. Y en la quietud de la blanca y aséptica habitación del hospital, se quitó las vendas furiosamente. La luz le hirió los ojos, inyectados en sangre, uno de ellos prácticamente mutilados. El color había desaparecido de los dos. Ambos tenían el aspecto de haber sido arañados y golpeados gravemente. Pero los conservaba. No había conseguido quitárselos. Había puesto su amor a prueba y no lo había superado. Llamó a su médico, acordaron un tratamiento para curarla y pidió la derivación a otro hospital, a otra ciudad. Necesitaba marcharse de allí, alejarse de la persona por la que había estado dispuesta a perderlo todo... para amarla a ella.

En su corazón, atascado en aquella pequeña ciudad, enredado entre sus mantas, sería siempre la chica de las cuencas vacías.