Tu lengua tomó la forma de un puñal, y tu carne amada era de repente una armadura nuclear, preparada para destruirme al mínimo roce.
Sé que retrocedí como si me hubieras golpeado, o tal vez lo hiciste. ¿Llegaron tus dedos venerados a marcar mi cuerpo? No en el furor de la pasión, sino en la rabia, en la decepción. Y hablabas como si no hubieras hablado en años, y herías como si te hubieras enamorado. Dabas vueltas a mi alrededor, como una pantera dispuesta a arrancarme un trozo de piel, y yo daba vueltas contigo, fantaseando con que aún bailábamos. Respondí a tu rabia sibilina con tristeza caliente resbalando entre mis manos. Parecías un cuervo dispuesto a arrancarme los ojos. Todo tu cuerpo se transformó en la fauna maligna que no había tenido cabida en nuestro lecho, pero sí en tu dolor. Tu dolor, porque lo veía, porque aunque eras ave rapaz y depredadora, estabas tan rota y tan sola y tan triste.
Aproveché un momento de silencio, de humana vulnerabilidad en tu desahogo, para acercarme a ti. Estabas sentada en un pequeño diván color verde botella, ese que te encargué desde Berlín, mirándote las manos, acaso sorprendida. Sí, sorprendida. Recosté mi cabeza en tu falda y como una luz, una de tus manos se adelantó a acariciarme el cabello y supe que aún me amabas y me eché a llorar como un bebé. Porque sería un bebé, un ser incompleto y frágil si tú me abandonabas. Entonces volviste a hablar y tu voz había perdido el rojo, y se derramó sobre mí como resina.
-Deja de hacerme daño.
Una lágrima tuya acabó cayendo en mi cuello. Te notaba sobre mí, notaba tus lágrimas sedosas y tu aliento trémulo, casi moribundo. Supe que te estaba matando y me rompí contigo y sin ti. Balbuceé. ¿Cómo iba yo a herirte, si el veneno salía de cada poro de tu cuerpo? Si me fumigabas, y me hacías sentir un Gregorio, un insecto. La rabia volvió a ti y con tus uñas felinas me levantaste el rostro. Ambas, con las caras mojadas, nos miramos tres largos segundos. Me soltaste y te quedaste ahí mirándome. Otros tres largos segundos. Los conté para no pensar en lo mucho que habían cambiado tus ojos.
Y gritando me dijiste todo lo que jamás te habrías atrevido a decirme. Cada palabra fue un asesinato. Primero mataste mi confianza, y terminaste matando mi ilusión. Pero no conseguiste acabar con mi amor. No lo conseguiste. En medio del furor me incorporé, y desgarré la camisa que llevaba, tu favorita, para gritarte desquiciada que me mataras, que acabaras conmigo en ese momento, que no podía más porque era tuya y vivir con tu veneno era demasiado. Algo tembló en tus pupilas un instante. Y muy decidida, me golpeaste el pecho de forma que me hizo caer, tú, que ni siquiera te prestabas a mis juegos masoquistas, tú, que solías amar mi carne emocionada. Tú, me golpeaste, me lastimaste, y te quedaste de pie con las piernas abiertas viendo cómo boqueaba para recuperar el aliento, escuchando mis desbocados latidos.
No me levanté. De nuevo, el silencio había caído en la habitación pero era un silencio distinto, era un silencio verde y mohoso, que se asentaba justo debajo de los hombros, sin tocar el corazón, porque yo te oía latir y oía como llorabas por dentro. Y murmuré.
-No lo soporto más. No sé qué nos ha pasado, si tú y yo éramos perfectas. Sé que me quieres, pero hoy me has hecho más daño que nunca. Ni siquiera tú me habías herido tanto. Me iré. Te dejaré libre y no volveré jamás.
Te echaste a mis pies, bañándolos con tus lágrimas e hiciste lo sorprendente: suplicaste. Arrastrándote lentamente hacia mí, suplicaste. Dijiste que serías menos que nada sin mí, dijiste que me amabas, dijiste que todo pasaría. Pero no dijiste que lo sentías. No te disculpaste por habernos matado como lo hiciste. Ni siquiera preguntaste si me dolía el pecho, o si me habías roto ya el corazón.
-No puedo creer que me estés suplicando. Tú no.
-Sí, yo sí, yo sí, porque te amo, porque tienes razón, no sé qué nos está pasando. Pero no te vayas, no nos acabes así. Sabes que sin ti no puedo... que yo no...
Y te callé con el que supe que sería nuestro último beso. Porque sí, te odiaba, y te despreciaba, y renegaba profundamente de todas nuestras heridas, pero aún te amaba y estabas más bella que nunca. Por última vez, fuiste frágil para mí, fuiste cristal y adicción, y tus labios de sirena me atrapaban... O al menos lo intentaban. El viento que se creó en el espacio entre nuestros cuerpos acabó por separarnos. No era suficiente. Tapándome como pude con los restos de tu camisa favorita, me levanté. Me ayudaste. Me mirabas expectante, y fue entonces, justo entonces, cuando supe que tú no podrías marcharte jamás. Notaba cómo el veneno y la culpa luchaban en tu interior, y no quería estar ahí para ver el desenlace. Secaste mis inconscientes lágrimas con un simple beso. Te acerqué a mí para apoyar tu frente en la mía.
-Te amo -y sonreíste, y cerré los ojos para no ver tus labios-. Y no volverás a verme.
Salí de esa habitación como pude. Me suplicaste que me quedara, podía oír tu voz reteniéndome pero no moviste un solo músculo de tu cuerpo para buscarme. El huracán me alejó de ti, el pecho me latía atropelladamente. Me sentí culpable por desearte como lo hacía, pero me marché a toda prisa.
La fauna salvaje que habitaba en tu pecho se calmó en cuanto desaparecí. Y tus asesinatos se quedaron dentro de mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario