Fumar por la mañana tiene cierta tristeza. Tiene ese aire de desamparo, como si fumaras por llenar el vacío, por escuchar algún sonido. Por ver algo, cualquier cosa, que no sea un vacío deprimente en una casa que empieza a iluminarse por la luz, que empieza a brillar.
Lo que más me gusta de fumar es ver los rizos y espirales que expulsa el cigarrito industrial, todo ese humo imposiblemente bello, en un tono azul que no he visto en nada más. Y entonces aspiro una calada corta y rápida, para sentir cómo el asfalto se adhiere a mis pulmones, y soy consciente de que me estoy matando. O aspiro de forma lenta, de forma pausada, con tiempo y ganas, para expulsar este humo que me enamora en un movimiento indecente de labios, pensando divertida y casi emocionada que la imagen debe ser preciosa, el humo pálido en contraste con mi piel morena, la muerte saliendo de este cuerpo que parece tan lleno de vida.
Estoy enamorada de fumar.

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