No olvidaría jamás ese trozo de papel cuadriculado, con unas pocas palabras garabateadas a ciegas, y una mancha de sangre con forma de dedos. Tampoco olvidaría el trayecto hacia el hospital, ni cómo las enfermeras la miraban. Debía tener pinta de ser una auténtica chiflada.
Pero cuando entró en la habitación, supo que, al mirarla, no veían a la chiflada en ella.
Estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la pared. Unas vendas le envolvían la cabeza. Sus dedos de pianista tamborileaban en las rodillas. Ladeó la cabeza al escucharla entrar.
-Ah, has llegado. No hacía falta que te dieras tanta prisa.
Pero cuando entró en la habitación, supo que, al mirarla, no veían a la chiflada en ella.
Estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la pared. Unas vendas le envolvían la cabeza. Sus dedos de pianista tamborileaban en las rodillas. Ladeó la cabeza al escucharla entrar.
-Ah, has llegado. No hacía falta que te dieras tanta prisa.
No quería moverse. No quería rodearla y ver lo que se había hecho. Pero su compañera le ahorró el trance, dándose la vuelta en la cama y cruzando las piernas.Las vendas le protegían los ojos, y bajo ellas se adivinaban unos gruesos trozos de gasa adheridos al cráneo, tapando por completo las cuencas oculares. Siguió hablando.
-Quieren llevarme a psiquiatría. Dicen que he perdido la cabeza y que no sé lo que hago. Pero lo sé perfectamente. He hecho esto por ti.
-¿Te has arrancado los ojos por mí? -le salió la voz trémula, vacilante. Ni siquiera tenía claro cómo sentirse.
Sonrió, sin ira y sin tristeza. Se tocó las vendas que le cubrían lo que hasta entonces eran sus ojos.
-He visto lo que deseaba ver, cariño. Lo he visto todo. Te he visto a ti. No quiero ver nada más, quiero que tú seas lo más hermoso que haya contemplado. Por eso lo he hecho.
Por fin se atrevió a acercarse. Se sentó a su lado en silencio y recibió sus manos. Le recorría la cara con los dedos para reconocerla. La sonrisa no se le borraba de los labios. Parecía envuelta en un halo de beatitud, y las vendas blancas ayudaban. De repente, se le torció ligeramente el gesto.
-No quiero que estés tan triste -sentenció. Y pareció ser de nuevo la persona que la noche anterior se había tumbado a su lado, aún con ojos. Le sujetó las manos videntes por las muñecas.
-Yo no quería que te quitaras los ojos. ¿Quién me los arranca ahora a mí? No quiero verte así. ¿Es que te has vuelto loca? ¡Nos quedan miles de cosas por ver! Se supone que vamos a mudarnos dentro de 7 meses. Tenemos que viajar. ¿No recuerdas París? ¿No quieres volver conmigo?
-Creía que tú lo entenderías.
Se levantó. Empezaba a sentirse furiosa.
-Amaba tus ojos.
Fue como un golpe. La ciega mantuvo el rostro alzado hacia su voz, pero se derrumbó contra la cama en un instante. De las vendas empezaron a deslizarse lentas gotas de sangre. Le temblaban las manos. En cuanto escuchó los pasos acercándose a ella se removió para alejarse.
-No me toques. Por Dios, no me toques.
-Deja de decir tonterías.
-¡No! No lo entiendes... he hecho esto por ti. Por ti. Y tú me... No. No quiero que me toques. Vete.
-No voy a irme. Acabas de mutilarte, tengo que cuidar de ti.
La ciega se incorporó. Se volvió hacia ella, como si pudiera verla, directamente a los ojos.
-Tienes que. Pero no quieres. Vete de aquí. Ahora mismo. Realmente me alegro de haber hecho esto: no quiero volver a verte.
Fue imposible hacer que cambiara de idea. Ninguna explicación, ninguna súplica, ninguna lágrima, nada escuchó. Se mantuvo en un estoico silencio hasta que se quedó sola. Y en la quietud de la blanca y aséptica habitación del hospital, se quitó las vendas furiosamente. La luz le hirió los ojos, inyectados en sangre, uno de ellos prácticamente mutilados. El color había desaparecido de los dos. Ambos tenían el aspecto de haber sido arañados y golpeados gravemente. Pero los conservaba. No había conseguido quitárselos. Había puesto su amor a prueba y no lo había superado. Llamó a su médico, acordaron un tratamiento para curarla y pidió la derivación a otro hospital, a otra ciudad. Necesitaba marcharse de allí, alejarse de la persona por la que había estado dispuesta a perderlo todo... para amarla a ella.
En su corazón, atascado en aquella pequeña ciudad, enredado entre sus mantas, sería siempre la chica de las cuencas vacías.
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