No quiero hablar de remordimientos, ni de culpas, ni de crueldad, ni de anacrónicas confesiones. Prefiero quedarme con esa última despedida, suave, dulce, dolorosa. Con la sensación de que, a pesar de todo, no tengo absolutamente nada que perdonarte. Nadie entiende mejor que yo el deseo y los errores. Pero no quiero hablar de eso, me quedo con esa ternura. Te recordaré como tú quieres, y te dejaré en un rincón de mi memoria con aquella chica de verano que tanto te fascinaba.
Algún día tendré valor para sentir con libertad. Para escribir con libertad. Y me entregaré por completo a esta fuerza gravitatoria que todo lo arrasa. Porque siempre he sido yo. Y ahora hay tantas cosas que tienen sentido que no sé por dónde empezar a reajustar mi visión. Ni siquiera sé por dónde empezar a vivir a mi manera.
Lo que sé seguro es que no permitiré que te vayas otra vez. Y tú no tendrás tiempo de pensar en la caída.