miércoles, 18 de abril de 2012

La importancia de las noches

Podría escribir. Podría vomitar sobre lo que hay dentro de mi cabeza. Relámpagos, nieve, niños llorando, desesperación. Y hablar con Simon&Garfunkel, y preguntarles si se le puede dar un abrazo a una roca, o peinar las islas. Mis rocas sufren, y mis islas lloran.

Pero al menos pude guardar en mi mente un recuerdo difícil, traumático, uno de los míos. Helada, con el rostro sucio por las lágrimas sin limpiar, aún con esa chaqueta puesta, deseando uno de esos abrazos llenos de cariño que tendrán que esperar... "Sólo quería que alguien me abrazara y me escuchara llorar".

Y en mi olvidada Ciudad de la Devastación, los lirios blancos florecen con cierto descaro. En mi museo en ruinas hay una luz blanca y semi-transparente, enfocando a una pared donde se pueden ver tres cuadros de Ofelia muriendo. Mientras los miro, resuena en mis oídos una risa musicada, de pajarito y no puedo evitar sonreír. Siento poco a poco cómo su talento me envuelve y me sostiene, sin saber nada, sin preguntar nada, sólo acariciándome los dedos en silencio, con el ridículo de fondo.

No me mires así. No me hables así. Tener esos pensamientos me hace recordar cierto traumático momento. Si un experto reconocido me sentencia así, es posible que todo mi veneno sea real. ¿Cuánto podré mantenerlo a raya? ¿Cuánto veneno puedo expulsar de mí sin envenenar a otros? ¿Cuánto amor puedo recibir sin merecerlo?

Quiero ver fuegos artificiales con contraste.

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