martes, 22 de mayo de 2012

"Escúpeme en la pena"

Se acostumbró a mentir sobre su nombre. Con el tiempo, se olvidó de aquel apelativo que la hacía conocida en aquellos círculos que había dejado atrás. Le salía automático. ¿Cómo te llamas? Me llamo Gala. Los que reconocían el nombre captaban enseguida su mentira, pero pocos le preguntaban. Y quien lo hacía no recibía respuesta.

Navegaba en caderas fuertes, musculosas. Se dejaba querer por cualquiera lo bastante osado de aguantar su mirada más de 15 segundos. Jamás amaba; para eso, era necesario un corazón. Los cuerpos ajenos calentaban sus sábanas y dejaban su alma indiferente. Se esforzaba por sentir, pero era tan
demandante, tan rutinario que se cansaba. Con una sonrisa triste, despedía a sus amantes sin ceremonias. Tres noches más tarde, otro hombre se prestaba a cobijarla y aceptaba encantada pero siempre estaba la barrera. Todos le preguntaban el nombre. Nadie preguntaba quién era.

La primera vez que se vieron, estaba decidiendo quién sería su próximo amante. El pequeño grupo de personas que la veían, además de mirarla, y a quienes consideraba amigos, se había marchado. Dudaba entre el joven de ojos lascivos y el hombre de sonrisa fácil. Decidió salir a deleitarse en el perfecto placer de un cigarrillo antes de llevarse a cualquiera de ellos a casa. Alguien se levantó a la vez que ella. Le preguntó si iba a fumar y si tenía mechero.

-Así que te llamas Gala -susurró, después de la primera calada. Tenía el cabello corto, oscuro, con los restos de un tinte rojizo que apenas se veía. Sus labios femeninos fumaban con cierto deleite.

Asintió. No tenía ganas de hablar. Se le habían pasado las ganas de un amante. Quería terminar de fumar y marcharse a casa, a olvidar sus infortunios con llanto e insomnio.

-Si me lo permites, creo que serías una musa fantástica.

-¿Por qué?

-Estás inundada de tristeza.

A punto estuvo de derramar lágrimas en ese justo momento. Se controló. Miró esos ojos maquillados, que la observaban sin vergüenza. Se dio cuenta de que ya había encontrado quien le calentara el cuerpo esa noche. Sonrió débilmente. Sacudió la ceniza del tabaco.

-¿Quieres venir conmigo? -recibió una sonrisa como respuesta.

Pero no fue una sonrisa lo que recibió cuando, a la mañana siguiente, se despertó pronto, aún somnolienta. Los mismos ojos que la habían seducido la noche anterior la observaban, muy solemnes. Ella se había puesto una de sus batas como único vestuario. Gala se envolvió en la pálida sábana que apenas la cubría.

-Nunca habías estado con una mujer -afirmó la otra. No parecía sorprendida. Se había vuelto a maquillar los ojos, intensos, preciosos.

-¿Importa?

-Debería importarte. ¿Por qué me elegiste?

No contestó. Se levantó, se puso un camisón y fue hacia la cocina. Empezaba a sentirse incómoda. La noche anterior había sido mucho más íntima de lo que esperaba. Hubo un momento, breve y fugaz, en el que supo que podía querer a esa mujer.

-¿Me dijiste cómo te llamas?

-No -contestó divertida, en el marco de la puerta-. No me lo preguntaste.

-¿Cómo te llamas?

-¿Sabes? No es la primera vez que te veo en ese bar. Llamas bastante la atención con tu promiscuidad. He visto que lo primero que preguntas es el nombre. No te lo voy a decir para que puedas llevarme a la puerta y despedirme amablemente.

Sacó zumo de la nevera. No sabía cómo enfrentarse a ella. ¿Quién le mandaría experimentar con una mujer? Demasiado intuitivas.

-Dejaré que te quedes con una única condición -sentenció, sin mirarla, dándole la espalda. Su mirada la taladraba.

-¿Cuál?

Le dedicó una fugaz mirada por encima del hombro. Lo que vio en ese rostro la dejó sin respiración.

-Averigua quién soy.

martes, 15 de mayo de 2012

Fatalidad

Tengo tendencia a la exageración negativa. Cojo una situación, e imagino qué es lo peor que podría pasar, aunque mis expectativas siempre se ven superadas. Es uno de mis superpoderes de mierda.

Imaginé esta situación, aunque por supuesto no llegué a imaginar toda esta profundidad. Ni se me pasó por la cabeza que desaparecieras, ni que yo no supiera cómo coño acercarme a ti... O si quería hacerlo. Espero que el nivel negativo no aumente, lo suplico ante los dioses en los que no creo. Por ti, por ti, que a mí estas cosas se me dan bastante bien (o mal). Clavaré puñales en mis lágrimas absurdas, lo sacrificaré todo, para que los dioses tengan la bondad de cuidar de ti. Releo tu muestra de ¿apoyo? Dijiste que no me arrepintiera de nada, que asumiera las consecuencias, y en eso estoy...

Pero mis consecuencias son ella, mi Ella, y me inunda el fatalismo, en esta mañana que bien podría ser de domingo. Poco puedo decirte que no sepas ya, querida, que no hayas leído en mí, aunque hayas querido malinterpretarlo. Poco hay que a estas alturas no hayamos explicado hasta la extenuación. Lo que no sabes es esta sensación que tengo, este sentimiento tan de domingo... Tal vez sea dudar de tus determinaciones, pero a los hechos me remito.

Incendiaste mis jardines mil veces, me has arrastrado al placer en el infierno, me has desmontado la cabeza de tantísimas formas diferentes; lo destruimos todo para querernos y sólo conseguimos confusión. Ni tú ni yo hemos hecho nada a derechas, tengo mis múltiples fallos, y soy incapaz de creer con toda mi alma que no te marcharás. No es un reproche, no es una queja, es sólo la exposición de un hecho.

Tengo dentro de mí, escondida y lloriqueante, la certeza de que vas a destrozarme la vida. Y ni aun así, ni aunque viniera Cronos y me enseñara mi futuro corazón ensartado por tu ausencia, podría alejarme de ti.

domingo, 13 de mayo de 2012

Un momento sin compartir

Lo había visto a la ida pero las prisas no me habían permitido saborearlo. A la vuelta sí me fijé. Estaba sola, con el último coletazo moribundo del día envolviéndome. Paseaba los dedos por el hierro del puente, mi puente, ese en el que decidí de niña suicidarme si llegaba el momento. En mi mente, Celia atravesaba la barandilla temblorosa y se dejaba caer, frágil y arrepentida, con lágrimas brillantes detenidas en el tiempo, ella que se mató para no sentir, sintiendo más que nadie...

Me doy cuenta entonces del detalle que marca el principio del verano; esos copos blancos, fragmentos vegetales, envolviendo el puente, llenándolo de luz celestial. Como cada año, las escasas personas que reparan en la magia lo consideran una molestia. ¡Mejor! Que no me lo roben, que nadie más lo entienda. Este es mi momento, siempre perfecto.

Atravieso el puente danzando en mi mente, los dedos reconociendo cada bulto, cada hendidura y una sonrisa de paz en los labios. Ahora, justo ahora, estoy completamente limpia de cualquier pecado.


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miércoles, 9 de mayo de 2012

Lloriqueante evolución

Hace muchos más años de lo que parece, me acostumbré a escribir con la huella húmeda de lágrimas paralelas en mis mejillas. Me sentaba frente al teclado, con la pantalla en blanco mirándome inquisitiva y dejaba que toda la frustración, desencanto, rabia y extraña culpa se acumulara. Antes siquiera de mover los dedos, ya sollozaba, quebrada y vacilante; sabía que no había vuelta atrás. Todo era por mi amado ángel del desdén, que por entonces se llamaba así. Mi vida era suya, mi cordura era suya, y me lo devolvía todo machacado, emponzoñado con sus mentiras. Mi furia habría sido perjudicial, así que tragaba y aguantaba, sin mirarla jamás a los ojos. Más tarde escribía, no sin antes recibir a las siempre puntuales lágrimas paralelas.

Pero de todo esto hace muchísimo, antes de mis inocencias corrompidas. Y todo iba tan rápido que, al escribir, me olvidé de esperar las huellas húmedas, hasta que dejaron de perseguirme. Hoy en día, con toda la comunicación virtual que tenemos, ya no es una carta perfumada lo que nos desgarra, sino unas palabras escritas con saña o mimo; ni siquiera deben tener una ortografía adecuada, basta que sean para ti.

Ay, mis terremetos, los recordaba diferentes. Sé que la indecisión rompe más corazones que la crueldad, pero no esperaba que afectara también a mis tormentos, que ahora son borrascas sencillas. Y duelen, claro. Y provocan lágrimas paralelas, por supuesto. Pero sin el bizarro mutilamiento de antes. Lo que no ha cambiado es la imprevisible inestabilidad. Tan pronto estoy feliz, extasiada, ilusionada, como devastada y melancólica. Ni siquiera sé qué echo de menos, o es que no me atrevo a averiguarlo.

Yo que sólo quiero ser ligera y efímera... Y peso como una losa.

lunes, 7 de mayo de 2012

Abono

Siento la vida latiendo en mí, suave, sutil, como si quisiera engañarme. Eh, querida, no es lo que parece. Sigue, sigue, que yo no estoy aquí. Pero a mí no me la da. A estas alturas no. No soy la misma persona que conociste, aquella idealista desesperada. Me he vuelto mucho más cínica, sí, pero también mucho más hermosa. Sé romper corazones y sé reconstruirlos. Conozco tanto, y a la vez sé tan poco... A veces mi juventud me desespera. ¿Cuándo sino ahora aprenderé todo lo que quiero saber?

Con alguien como tú, tan destrozada, tan machacada, tan esquiva como yo, no es difícil entenderme. A veces lo compruebo. Juego con mi voz, mi mirada, mis verdades y mis mentiras, y no deja de asombrarme que siempre lo notes. ¿Cómo lo haces? Se supone que tú y yo no nos conocemos... Pero basta una levísima declinación que yo apenas noto para que se disparen tus alarmas. Es como si no apartaras las manos de las mías, para sentir en las muñecas cuándo varía el pulso con mis mentiras.

Y, incluso sin garantías, sin promesas, sin planes, no estás dispuesta a marcharte. Cuánto anacronismo. Sabes que me molesta. Deberías haber luchado antes, mucho antes, cuando era más tuya que mía. Ya no lo soy. Tal vez no lo sea nunca. Tal vez lo sea mañana. ¿Quién sabe?

Yo seguiré danzando entre el éxtasis y la agonía, haciendo como que no veo a la vida entrando poco a poco en mis jardines podridos. Si monta mucho escándalo, si me cabrea, si remueve demasiado, tal vez acabe echándola y me quede sin brillo, acurrucada junto a todas las cosas de las que no sé cómo despedirme.

domingo, 6 de mayo de 2012

Requiem y cicatrices

Siento que no tengo derecho a escribir esto. Que debería parar, borrarlo todo y desaparecer. Hay quien diría que tanto hablar de derechos y merecer es perjudicial, pero hay cosas que solo tú y yo entendemos.

No voy a cuestionarte, se hará a tu manera. Elige. Decide. Sé consecuente con tus decisiones. Sé tan egoísta como lo he sido yo.

Pero no me pidas que no me duela, que lo olvide todo. Aunque he sido yo quien se ha ido, quien se ha equivocado y quien te ha desgarrado... Me cuesta aceptar que no estás. Hay un profundo vacío que no sé como llenar. Creo que este silencioso y contradictorio requiem es lo minimo que puedo darte. No espero que lo entiendas; se muy bien que no es suficiente.

Si pudiera arrancarme de tus ojos lo haría.

Si supiera rezar, lo haría por ti.


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jueves, 3 de mayo de 2012

Miedo visual

Le picaban los ojos. A todas horas. Ya fuera por sueño, cansancio, tristeza o embriaguez, no había momento en que no le picaran. Tal vez era porque parpadeaba poco. Le daba miedo lo que se proyectaba tras sus párpados. Al cerrarlos, empezaba la película de terror y culpa. Recordaba, y la amnesia era más sencilla. De modo que así vivía, con los ojos enrojecidos.

Una vez, alguien la encaró y le preguntó si consumía drogas. Su aire ausente, sus ojos rojos y su mirada fija podían fácilmente inducir a pensarlo. Miró largamente a su interlocutor, se levantó en silencio y se marchó sin contestar. Nadie volvió a preguntarle.

Tampoco dormía mucho. Si parpadear ya la transportaba a una época que no deseaba recordar, dormir sería una tortura. Ocupaba su mente y aprendió a entrenar su cuerpo para poder pasar con unas pocas horas al día. ¿No lo hacían aquellos asiáticos, demostrando que la voluntad está por encima de la materia? Su voluntad de olvidar estaba por encima de todo. La rendición de la materia sobre el espíritu, qué dulce maravilla.

Su voluntad de poder aumentó gradualmente hasta que llegó el momento en que se le hizo imposible soportar el picor de ojos. Cansada de tener que calcular el tiempo entre parpadeo y parpadeo, un día se levantó de la siesta y con la ayuda de avarios cubiertos, se sacó los ojos.

Y la película de terror se desató.

martes, 1 de mayo de 2012

Puta realidad

Ha habido un momento de ternura hoy. Triste, pero dulce. Casi podía ver qué pasaba por tu cabeza.

Más tarde he recordado algo desagradable y me he sentido profanada. Este es mi rincón. Es mi mente, mi persona. Nadie tiene derecho a meterse donde no le llaman, y a mi cabeza hay pocas personas que tienen entrada. Si paso el enlace, es porque doy permiso y ese permiso no se puede quitar. Pero ninguna persona ajena a mi corazón tiene derecho a meterse en mis rincones, ni a invadirlos con una furia que no debería llegarme. Nadie. Nadie.

Estoy cansada de metáforas y mierdas. Estoy furiosa, destrozada y me siento culpable. ¿Y qué hago ahora? ¿EH? Ya que todos parecéis tener la puta clave, dádmela joder. Qué fácil es sentirme bien cuando cierro los ojos y todo se vuelve irreal. Qué difícil es reprimir las lágrimas cuando te encuentro, así de repente, por este mundo-pañuelo que es Internet. Y evito corregirte, porque para variar citas mal las cosas. Y evito decirte cosas que sólo tú vas a entender. Si nos ligamos mutuamente, si no nos dejamos marchar, no será nada sencillo. Viviremos un infierno.

Por mucho que me equivoque, soy persona, tengo un puto corazón y siento. De hecho, puedo llegar a ser hipersensible. Y una auténtica zorra. Y un charquito de mierda. No quiero consuelo ni creo merecerlo. Puedo resistir muchas cosas, puedo hacerlo, de verdad.

Pero sea lo que sea, y haga lo que haga, sigo sintiendo.