Hace muchos más años de lo que parece, me acostumbré a escribir con la huella húmeda de lágrimas paralelas en mis mejillas. Me sentaba frente al teclado, con la pantalla en blanco mirándome inquisitiva y dejaba que toda la frustración, desencanto, rabia y extraña culpa se acumulara. Antes siquiera de mover los dedos, ya sollozaba, quebrada y vacilante; sabía que no había vuelta atrás. Todo era por mi amado ángel del desdén, que por entonces se llamaba así. Mi vida era suya, mi cordura era suya, y me lo devolvía todo machacado, emponzoñado con sus mentiras. Mi furia habría sido perjudicial, así que tragaba y aguantaba, sin mirarla jamás a los ojos. Más tarde escribía, no sin antes recibir a las siempre puntuales lágrimas paralelas.
Pero de todo esto hace muchísimo, antes de mis inocencias corrompidas. Y todo iba tan rápido que, al escribir, me olvidé de esperar las huellas húmedas, hasta que dejaron de perseguirme. Hoy en día, con toda la comunicación virtual que tenemos, ya no es una carta perfumada lo que nos desgarra, sino unas palabras escritas con saña o mimo; ni siquiera deben tener una ortografía adecuada, basta que sean para ti.
Ay, mis terremetos, los recordaba diferentes. Sé que la indecisión rompe más corazones que la crueldad, pero no esperaba que afectara también a mis tormentos, que ahora son borrascas sencillas. Y duelen, claro. Y provocan lágrimas paralelas, por supuesto. Pero sin el bizarro mutilamiento de antes. Lo que no ha cambiado es la imprevisible inestabilidad. Tan pronto estoy feliz, extasiada, ilusionada, como devastada y melancólica. Ni siquiera sé qué echo de menos, o es que no me atrevo a averiguarlo.
Yo que sólo quiero ser ligera y efímera... Y peso como una losa.
Pero de todo esto hace muchísimo, antes de mis inocencias corrompidas. Y todo iba tan rápido que, al escribir, me olvidé de esperar las huellas húmedas, hasta que dejaron de perseguirme. Hoy en día, con toda la comunicación virtual que tenemos, ya no es una carta perfumada lo que nos desgarra, sino unas palabras escritas con saña o mimo; ni siquiera deben tener una ortografía adecuada, basta que sean para ti.
Ay, mis terremetos, los recordaba diferentes. Sé que la indecisión rompe más corazones que la crueldad, pero no esperaba que afectara también a mis tormentos, que ahora son borrascas sencillas. Y duelen, claro. Y provocan lágrimas paralelas, por supuesto. Pero sin el bizarro mutilamiento de antes. Lo que no ha cambiado es la imprevisible inestabilidad. Tan pronto estoy feliz, extasiada, ilusionada, como devastada y melancólica. Ni siquiera sé qué echo de menos, o es que no me atrevo a averiguarlo.
Yo que sólo quiero ser ligera y efímera... Y peso como una losa.
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