martes, 31 de octubre de 2017

"Te he visto ser suerte y me gustaría tenerte"

Respiro hondo. Por un momento, se me ocurre hacer un ritual estúpido, repetir su nombre tres veces y encender las velas negras que no me decido a comprar. Se me abalanza un vértigo horrible sobre el estómago, lo aprieto fuertemente con las manos, cierro los ojos.

Y en un suspiro, unas manos grandes me retiran suavemente mi propio agarre. Acarician mis falanges con cariño. Sonrío. Al abrir los ojos, las manos han desaparecido y Remy me observa apenas sin parpadear.

Está temblando.

-Has venido -susurro. Inmediatamente me arrepiento de haber dicho algo tan estúpido. Ella arquea una ceja como respuesta, reprochándome haber dicho algo tan estúpido.

Arroja un par de almohadones al suelo y se recuesta a mi lado. Las manos le tiemblan tanto que apenas puede cerrarlas. Sus ojos me esquivan. Espero a que esté acomodada y me acerco muy poco para levantarle la barbilla y mirarla directamente.

Tiene los ojos limpios pero el temblor no desaparece. La abrazo y se aparta enseguida. Soy incapaz de descifrar su expresión. Me coge las manos y las besa.

-Hoy es la noche de los muertos -dice con mucho tacto. Su temblor se me contagia por un instante-. Sé lo que querías hacer, y estoy orgullosa de que no lo hicieras.

Y por un momento, puedo leerle el pensamiento. La parte de mí que quiere rendirse es ella. El impulso de acudir a sus brazos, la imperante necesidad de no marcharme de mi color favorito, es ella. ¿Cómo no he podido verlo antes? La aprieto de las manos que aún me sujeta. Se da cuenta, su expresión cambia.

-No quería que nos fuéramos -dice fervientemente-. Yo no habría podido hacerlo, pero tú te fuiste. Sé que me notabas bajo toda esa piel de gallina, pero te fuiste.

-Me toca cuidarnos, no podía hacer otra cosa.

-Pero estuviste cerca. Como has estado cerca de muchas otras cosas estos meses.

No es reproche lo que adivino en su tono, es una tristeza inabarcable. Estos meses la han consumido. El verano que casi nos matamos sin querer no tiene comparación al vacío que ella ha escondido de mis sentidos, a su pálpito. Lo noto, la siento. Caigo en una certeza horrible.

-Dios mío, Remy -jadeo sin poder evitarlo-. Te has enamorado.

Esboza una sonrisa. Jodida noche de los muertos. Empiezo a llorar.

-No tenías que hacerlo, yo me estoy encargando de todo, estoy luchando mucho para poder salir, tú no tenías que...

-No cambia nada -me interrumpe con dulzura-. No debe cambiar nada. Confío en tu fuerza, sé que esta vez no me vas a abandonar. Cumpliré con mi parte -me besa tiernamente las manos antes de separarse. Por un momento, soy incapaz de moverme. El terror me paraliza, esa fuerza de la que habla no la encuentro en ninguna parte-. Tardaremos en reunirnos. Y me encontrarás diferente.

Es lo último que dice antes de desaparecer.

Decido para mi propia sorpresa, mientras me esfuerzo en tranquilizarme, realizar un ritual esta noche.


martes, 10 de octubre de 2017

El momento más puro

¿Recuerdas la sensación de tener el vello de punta? Mirarte el brazo y verlo en calma, cerrar los ojos y sentirte en punta. Afilada, en tensión.

Muérdete la lengua. Levanta la cabeza joder. Escucha el chasquido, juega con las palabras, no cierres el pecho, no te mientas. Te importa y te duele, y no ves forma de superar la traición. No te salves, no te atrevas a salvarte y vivir en calma. ¿Qué coño vas a hacer con la angustia vital, con el vacío ciego, el estómago desbocado?

Recuerda su sonrisa, con la lengua asomando. La nicotina manchándole los dientes, la forma que tenía de acariciarte con los labios. Oblígate a recordar. Huir es maravilloso hasta que te sientes preparada y te salta encima, y duele más. ¿Dolía su roce? Dolía su duelo, sus marcas, su forma de ignorar las tuyas. Pero cuánta ternura en su mirada al encontrarte, cuán intensa la sensación de haber encontrado un hogar cálido. ¿Recuerdas el calor? Alejarte de su piel por las mañanas, volver a su lado de madrugada. Encontrarle siempre.

Y entonces llegó el momento más puro.

Estabas temblando de terror por horribles recuerdos que te habían asaltado. No quisiste tocarle, ni dejar que te tranquilizara, sólo deshacerte en ese llanto que no entendías. El alcohol potenciaba más el pánico.

Podías escuchar voces en la otra habitación, alguien te había preguntado qué había pasado. Ese es el problema contigo, mi vida, que no pasa nada, que nunca pasa nada. Que los dolores que llevas dentro son suficientes para tenerte temblando una noche cualquiera. No puedes pensar en nada más, la respiración se paraliza y reconoces el conocido ataque de ansiedad.

Pero entonces las voces cambian y escuchas un llanto. Joder. Reconoces ese llanto, conoces la causa. Sabes que ni siquiera hay posibilidad de resistirte cuando sin saber cómo te descubres incorporada. Avanzas, aún llorando, hacia su voz. Hay dos personas en la habitación, alguien te dice que puedes irte pero no importa nada, no importa en absoluto porque él te está mirando con esos ojos tan grandes, está temblando y está sufriendo. Te necesita, ¿cómo podrías resistirte?

Sin detener el avance, acabas sentada a su lado. Es todo muy fluido, sin palabras que contaminen. Te sientas en el brazo del sofá, envuelves con tus piernas sus costados y él se acerca y tú le abrazas contra tu pecho. Aún te duelen los recuerdos, aún sientes el terror pero su calor es más fuerte y te ancla a la realidad. Su dolor sobrepasa el tuyo, te seca las lágrimas. Pasas mucho rato arrullándole, acariciándole, susurrando palabras que ninguno de los dos recordará. Y por primera vez en semanas, se permite llorar y liberarse, sujeto a ti como a un salvavidas. Por primera vez en semanas, le sientes cerca y no un extraño del que ocuparte.

Te das cuenta de que esto, este instante, es lo más puro que puedes ofrecerle. Que dejar de lado un dolor que te destroza para acudir a su consuelo es el momento más puro. Te das cuenta, te reafirmas, en la sencilla realidad de que estás enamorada de un doliente. Y está bien, todo está bien mientras se libera contra ti, mientras te abraza con tanta fuerza que sabes que no te soltará jamás.

¿Cómo podrías resistirte?

Ahora no sé pensar, no sé concentrarme, porque van a pasarle cosas malas a alguien a quien hes querido más de lo que se merecía. Y a pesar de eso, una parte de mí sigue queriendo ofrecerle lo más puro que he podido darle. Esta noche sería menos dura si pudiera engañarme lo suficiente (como antes) para aceptar el calor de un cuerpo que no me ama, a quien no importo.

Esta vida sería menos dura si pudiera hacer por mí lo mismo que hice por mi amante.