Respiro hondo. Por un momento, se me ocurre hacer un ritual estúpido, repetir su nombre tres veces y encender las velas negras que no me decido a comprar. Se me abalanza un vértigo horrible sobre el estómago, lo aprieto fuertemente con las manos, cierro los ojos.
Y en un suspiro, unas manos grandes me retiran suavemente mi propio agarre. Acarician mis falanges con cariño. Sonrío. Al abrir los ojos, las manos han desaparecido y Remy me observa apenas sin parpadear.
Está temblando.
-Has venido -susurro. Inmediatamente me arrepiento de haber dicho algo tan estúpido. Ella arquea una ceja como respuesta, reprochándome haber dicho algo tan estúpido.
Arroja un par de almohadones al suelo y se recuesta a mi lado. Las manos le tiemblan tanto que apenas puede cerrarlas. Sus ojos me esquivan. Espero a que esté acomodada y me acerco muy poco para levantarle la barbilla y mirarla directamente.
Tiene los ojos limpios pero el temblor no desaparece. La abrazo y se aparta enseguida. Soy incapaz de descifrar su expresión. Me coge las manos y las besa.
-Hoy es la noche de los muertos -dice con mucho tacto. Su temblor se me contagia por un instante-. Sé lo que querías hacer, y estoy orgullosa de que no lo hicieras.
Y por un momento, puedo leerle el pensamiento. La parte de mí que quiere rendirse es ella. El impulso de acudir a sus brazos, la imperante necesidad de no marcharme de mi color favorito, es ella. ¿Cómo no he podido verlo antes? La aprieto de las manos que aún me sujeta. Se da cuenta, su expresión cambia.
-No quería que nos fuéramos -dice fervientemente-. Yo no habría podido hacerlo, pero tú te fuiste. Sé que me notabas bajo toda esa piel de gallina, pero te fuiste.
-Me toca cuidarnos, no podía hacer otra cosa.
-Pero estuviste cerca. Como has estado cerca de muchas otras cosas estos meses.
No es reproche lo que adivino en su tono, es una tristeza inabarcable. Estos meses la han consumido. El verano que casi nos matamos sin querer no tiene comparación al vacío que ella ha escondido de mis sentidos, a su pálpito. Lo noto, la siento. Caigo en una certeza horrible.
-Dios mío, Remy -jadeo sin poder evitarlo-. Te has enamorado.
Esboza una sonrisa. Jodida noche de los muertos. Empiezo a llorar.
-No tenías que hacerlo, yo me estoy encargando de todo, estoy luchando mucho para poder salir, tú no tenías que...
-No cambia nada -me interrumpe con dulzura-. No debe cambiar nada. Confío en tu fuerza, sé que esta vez no me vas a abandonar. Cumpliré con mi parte -me besa tiernamente las manos antes de separarse. Por un momento, soy incapaz de moverme. El terror me paraliza, esa fuerza de la que habla no la encuentro en ninguna parte-. Tardaremos en reunirnos. Y me encontrarás diferente.
Es lo último que dice antes de desaparecer.
Decido para mi propia sorpresa, mientras me esfuerzo en tranquilizarme, realizar un ritual esta noche.
