martes, 1 de noviembre de 2016

La Noche de Todos los Santos

"Tienes tanto dolor dentro de ti que ni siquiera quieres verlo".

Tropecientos años después, esas palabras siguen persiguiéndome. Soy muy distinta a la adolescente que se sentó en una silla bajísima con minifalda y camiseta roja, sin maquillaje en el rostro y con las uñas inexploradas. Pero aquí están, bailándome en la cabeza.

Te equivocabas, F. Sabía y sé muy bien lo que tengo dentro y no lo rechazo. Puedo acribillarme a balazos y darme más mimos que nadie. He aprendido a vivir con heridas abiertas, cerrando las que se puede y luciendo las incurables.

Es la primera vez que la Noche de Todos los Santos me ha dado miedo.

Pánico a estar más allá de lo reparable. Pánico a romperme si me tocaban, qué sensación tan vintage. Y un miedo atroz, severo, a no poder ser mantita para estas personas que me acompañan.

A no ser suficiente.

Gracias a las mujeres de mi vida por hacer que estuviera tanto tiempo ciega a mi propia luz. Aún a veces me cuesta encontrarla.

Pero gracias de todo corazón a quien se ha quedado a mi lado, asegurándose de que me levantara, de que me quitara las gafas de sol, metafóricas y pesadas, para bañarme en calor. Al levantarme tenía dos notas en el marco de una puerta, con letra rápida y apretada, llenísimas de un cariño que me ha traspasado. Me han dado un beso en la mejilla que me ha desmontado. Y a pocos metros de mí hay un abrazo pendiente que no me atrevo a pedir.

Sois los mejores muertos dolientes que podría haber encontrado.

domingo, 23 de octubre de 2016

La suavidad de no tener futuro

No sé cuál es el sentido de escribir.

A veces no recuerdo el dolor. Camino, bailo, me acuesto, como si no tuviera balazos en el pecho, marcas de lo que no me hice en los muslos, los dedos rotos o las piernas sin temblores. He pasado tanto tiempo fingiendo que las alucinaciones eran sueños, que ahora apenas recuerdo lo que era dormir tranquila.

Aún tengo alucinaciones.

Puede que tenga alucinaciones el resto de mi vida. Puede que en sueños siga amando, follando y llorando sobre cosas que no debería recordar.

Pero la música ya no me hace daño, y eso es incalculablemente bello. Las letras escondidas en mis libros me estremecen de ternura, y no de miedo. Me he atrevido a decirle a alguien: "Eres culpable de que se me rompiera esto", sin reproche ni amargura. Saco fuerzas de rincones de mí que no conocía, y vivo una situación frustrante, humillante y estresante para la que nadie me ha preparado. Sin volverme loca (apenas).

Mi edad ya no es un número primo. Todo ha cambiado, yo he cambiado. Quién me diría cuando empecé este rincón que pasaría meses sin leer nada. Que abrazaría mi parte más frívola, que tendría adicciones que soy incapaz de controlar. Que puedo pasarme días sin salir de casa, sin necesitar a nadie y aún así sin encontrarme.

Esta noche he recordado los ojos de personas de las que ya no sé nada. Me ha roto el corazón (sólo un poco) y he querido escribir. Escribir algo bello e intenso, algo que me haga recordar que aún hay dos briznas de talento en mi interior; tal vez la chica ingenua que se emocionaba con dos palabras siga dentro de mí. O yo siga dentro de ella.

Pero lo más intenso que se me ocurre es hablar sobre sus lunares, sus ojos verdes, sus preciosas manos. Hablar sobre sus ojos de chocolate y su risa de pajarito, sus manitas aferrándose a mi pecho. Hablar sobre la risa tras la ofensa, la ilusión detrás de todo lo que estamos construyendo, la incertidumbre.

Tal vez sigamos la una dentro de la otra, pero no somos la misma persona. Y menos mal.


miércoles, 20 de abril de 2016

"Hay alguien aquí que tiembla"

La miopía no le impidió ver en mí algo más que vicios y heridas.

La primera vez que le vi quise acostarme con él. Era hermoso y atractivo, encantador y misterioso.

Después me vio, y parecía no haber visto nunca unos ojos tan oscuros. Su conversación me mareaba. El principio de una resaca se insinuaba en mi estómago, y la aplaqué con más cerveza. Sonreía y su lengua asomaba. Me miraba y sus pupilas se dilataban. Quise poseerle, devorarle, atrapar esa luz increíble. Casi podía sentir cómo me deseaba y su timidez me atrajo más. Y el beso fue así, tímido, un roce. Sus dedos paseaban por mi cuello, erizándome. Sus ojos eran enormes, él muy hermoso y yo no me sentía a la altura.

Esa noche se quedó a dormir. Olía muy bien, besaba muy bien. Sonreía mucho. Dijo que mis ojos le habían sumido en un encantamiento para que no se marchara, para que no dejara de mirarme. Dijo que soy muy fuerte. Tuvimos sexo de calidad, tenía y tiene un cuerpo indecoroso.

Ahora duerme. Y yo debería. Quiero que me toque y me recorra, quiero sus dedos, su boca, su torso apretado contra el mío, la paz de sus labios. Quiero abrazarme a su cuerpo delirante.

Y tal vez aplacar esta locura que se cierne sobre mis tripas.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Hagamos nuestra la noche

Agradezco a la deidad que quiera escucharme, haberme recuperado a tiempo de conocerle.

Dejé de creer que esto fuera posible. El cinismo, el vicio, todo lo que he abrazado sin remordimiento, me llevaron a pensar que nadie lograría emocionarme más allá del placer. Y no lo han hecho, no lo he permitido. Poco a poco, con la inconsciencia del demente, he boicoteado todo lo que podría haber sido significativo, he desaparecido.

Hasta que apareció sin darse cuenta.

Sin violencia ante la que ser agresiva, sin pretensiones de las que burlarme, sin expectativas que retorcer, sin arrogancia que derrumbar. Simplemente se abrió a mí lentamente, sin apartar sus pupilas dilatadas de las mías, entre tabaco, cerveza y anticipación. Manchado, maltratado, doliente, destructivo pero tan tierno, tan auténtico, tan primigenio. Sabe de un mundo que yo desconozco, y yo vivo en uno que él apenas conoce. Somos extranjeros en el otro.

No portaba armas cuando se presentó, no llevaba coraza. Yo esquivaba sus preguntas haciéndome la misteriosa, deseando que no leyera mis heridas. No quise dejarme fascinar, tenía las barreras en alerta roja. No las bajó, no las esquivó ni las rompió; simplemente las atravesó extendiendo sus manos de Miguel Hernández hacia mí, para acariciarme suave.

Qué alegre paz la que siento al saberme otra, nueva. Me alegra no ser la misma persona, haber cambiado, poder reservarme a mí misma en esta entrega cautelosa. Poder practicar la jodida asertividad sin miedo al rechazo. Si ha logrado llegar hasta aquí, si me hace perder el habla con sus ojos de lago boreal, no va a repudiarme por pedir un trato más sereno. Si no ha huido con mis cicatrices, mi ansiedad, mi promiscuidad, mi crueldad; no lo hará porque le pida adaptarse a mi disonante ritmo.

No puedo huir de quien tiene microcosmos en sus manos.
-Creo que me gustas un poco.
-¿Sólo un poco?
-Un poco más.