"Tienes tanto dolor dentro de ti que ni siquiera quieres verlo".
Tropecientos años después, esas palabras siguen persiguiéndome. Soy muy distinta a la adolescente que se sentó en una silla bajísima con minifalda y camiseta roja, sin maquillaje en el rostro y con las uñas inexploradas. Pero aquí están, bailándome en la cabeza.
Te equivocabas, F. Sabía y sé muy bien lo que tengo dentro y no lo rechazo. Puedo acribillarme a balazos y darme más mimos que nadie. He aprendido a vivir con heridas abiertas, cerrando las que se puede y luciendo las incurables.
Es la primera vez que la Noche de Todos los Santos me ha dado miedo.
Pánico a estar más allá de lo reparable. Pánico a romperme si me tocaban, qué sensación tan vintage. Y un miedo atroz, severo, a no poder ser mantita para estas personas que me acompañan.
A no ser suficiente.
Gracias a las mujeres de mi vida por hacer que estuviera tanto tiempo ciega a mi propia luz. Aún a veces me cuesta encontrarla.
Pero gracias de todo corazón a quien se ha quedado a mi lado, asegurándose de que me levantara, de que me quitara las gafas de sol, metafóricas y pesadas, para bañarme en calor. Al levantarme tenía dos notas en el marco de una puerta, con letra rápida y apretada, llenísimas de un cariño que me ha traspasado. Me han dado un beso en la mejilla que me ha desmontado. Y a pocos metros de mí hay un abrazo pendiente que no me atrevo a pedir.
Sois los mejores muertos dolientes que podría haber encontrado.