martes, 30 de octubre de 2012

Miss Kokoro

Yo sé que a veces soy tu amante preferida.

Y se alejó Kokoro con sus contoneos de cadera y su risa de hada, sin saber que, siempre, era su amante preferida. Esas cosas no se le dicen a una niña-mujer que calza zapatitos grises y sonríe ante faldas con vuelo. No a una chica que aún tiene en el satén de sus muslos el eco encantador de una nínfula.

Ante espaldas tan bonitas, la cordura pierde fuerza.


lunes, 29 de octubre de 2012

Un beso de John Coltrane

Contonea las caderas al andar. Lleva un vestido de indefinible color, y el esmalte de un rojo muy oscuro. El trompetista le dedica una pequeña reverencia que ella desecha con una sonrisa amable. Una mano adorna su pequeño bolso, casi simbólico, y otra pasea descaradamente por su garganta desnuda. Todo el mundo la mira. Y lo sabe. Disfruta de esas miradas que la elevan y protegen. Pocos se atreven a acercarse a ella, y casi todos los que lo hacen disimulan un incómodo bulto en sus pantalones.

Le dedica a todo el mundo una sonrisa amable. Los ojos le brillan como luceros entre el humo del club. No es seguro que esté sola, es demasiado hermosa. Sus uñas imponen, acariciando distraídamente su piel de satén.

Se le acerca un hombre. Lleva la corbata suelta y una mano en el bolsillo. Le ofrece un cigarrillo, y la sonrisa se vuelve casi cálida. Lo acepta. Sabe fumar como fuman las mujeres de verdad. Él no tiene ningún incómodo bulto en los pantalones, pero sí posee un encanto sobrenatural. Y lo sabe.

-Sé que esta noche vendrás conmigo.

-¿Por qué haría eso?

-Porque mañana me voy y no volverás a verme. Porque eso es lo que buscas, ¿verdad? Alguien que te quiera una noche para siempre. Yo soy ese alguien. Por eso saldremos de este club juntos.

Ella sonríe. Su melena cobriza le resbala por los hombros. Con un suave pestañeo, confirma sus palabras.

No aspira a nada mejor que un parasiempre susurrado al son del jazz.

martes, 23 de octubre de 2012

O bésame sin más

Soy más de sentarme a mirar las cosas, que de echar a correr tras ellas. Como en todo, en esta afirmación hay excepciones y una de ellas es la que adorna estas paredes blancas en las que, tan heridas como amadas, nos cobijamos.

Tengo los dedos temblando, impacientes. Quieren trazar un retrato, y apenas se atreven. ¿Vamos a saber capturar tus delicados parpadeos de madrugada? ¿O el contoneo encantador de tus caderas contra una pared? Claro que no. Qué imbecilidad. Qué prepotencia. No sabrán, y ni lo saben.

Junto al armario hay un folio teñido de café y con los bordes quemados, con el dibujo de una Lycoris Radiata, y un demoledor diálogo. Ahí capturaste algo de mis traumas, esos que se dejan acariciar por ti con tanto abandono. Pasando la ventana empiezan los dibujos. Uno tras otro. Todos hermosos, todos tristes. En todos hay alguna aportación de tu estilizada letra, añadiendo trocitos pequeños de nuestra historia a la grandeza de esos artistas.

Uma Thurman me observa altiva, con uno de esos cigarros que mataría por fumar, justo encima del lecho. Se me ocurre que tal vez la pequeña Naoko, domadora de elefantes, quedaría de vicio a su lado, tan ligera, tan distinta. Lo que no se puede ver mirando la pared es tu expresión cuando trajiste a Uma, toda ruborizada y nerviosa. Lo que no se puede ver es lo que se ama, y lo que mis dedos temblorosos recuerdan. Tiemblan como si estuvieran rozando tu piel satinada, emocionados ante el olor, y el continuo descubrimiento.

Mientras avanzo, me desnudo. Deshago el lazo de mi pañuelo y lo dejo caer al suelo. Desabrocho un poco la falda de niña, y sonrío sabiendo que tus ojos siguen la caída de la tela. Fuera camiseta. Estiro un rizo que se arrastra por el hombro y te doy la espalda. No sé cuándo has entrado. No sé si sabes que estoy escribiendo sobre ti. En mi ciego recorrido, llego a la estantería baja y esperpéntica, llena de libros, velas y sueños. Ahí cierro definitivamente los ojos y paso las yemas de los dedos por el artículo escrito en la pared. Hermoso. Cierto. Vibrante. Tal vez me impactó tanto porque sentí que tú, a pesar de todos los (d)años, eras mi jodida historia de amor. Nada era más cruel en ese momento que admitirlo, y no lo hice. Pero fue lo primero que quise que adornara nuestra primera habitación.

¿Qué decir, pequeña ninfa?

No soy la chica de tus recuerdos. No soy tus sueños. Soy una mujer real que se presenta ante ti con un historial de madrugadas a sus espaldas.

Ponme un vestido de flores y bésame.

jueves, 11 de octubre de 2012

Olvídate de mí...

... que yo no podría olvidarme de ti ni aun queriendo.

Pero lo intentaría. Oh, sí. Por diversos motivos pero... ¿por qué no? ¿Por qué no borrar años de dolor y sufrimiento, años de distancia, tantas noches de añorarnos? Todas esas veces que, al alargar la mano nos detenía la pared. Tanto nos ha costado llegar a un punto en el que nos entendiéramos, un mínimo banquito de madera en el que sentarnos juntas, y rozarnos los dedos, y sonreír sin mirarnos.

Borraría el primer beso, la primera noche, el primer nomeesperes, el segundo nopuedoestarsiempredetrásdeti, el último vetevetevete. Pasarías a ser una sombra confusa de la infancia, una anécdota, un ser invisible.

Te están borrando de mí. Búscame en Montauk.

Creo que no podría olvidar que nadie consigue llegar a mí como tú. Es un hecho científico.

Te borraría para volver a enamorarme de ti.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.



Ahora cierra los ojos, pequeña ninfa, que tengo que olvidarme de ti.

Que no se te olvide enamorarme.

domingo, 7 de octubre de 2012

Chica de esquina, chica de escalera

Las chicas de esquina eran todas distintas. No había dos que se parecieran mínimamente. Estaba Amelia, la niña bonita de las chicas de esquina, que escondía tras su rostro de porcelana la maldad más cruda y regodeante que había visto jamás. Estaba Elena, de fuerte cabello castaño, toda impetuosa y decidida. Estaba Lara, demasiado alta para una mujer, pero con un culo de infarto. Estaba la que se hacía llamar Nometoquesmucholosovarios, a quien cariñosamente llamábamos Ova; su nombre lo decía todo, pero no hablaba de lo imposiblemente dulce que era con sus compañeras. Estaba Ana, tan retraída que, de no ser por sus labios fuertemente pintados de rojo, habría pasado por una desequilibrada. Estaba Lucía, la más zorra de las zorras, la que te juraba odio eterno si le quitabas un cliente; también era la única que les atracaba siempre, sin excepción.

Pero si algo tenían en común era su forma de transformarse.

Ova y Amelia vivían en mi mismo edificio. Si no las hubiera visto en la esquina dos manzanas más arriba, tal vez ni las habría reconocido. La ropa provocativa, el maquillaje excesivo, y unas adecuadas extensiones hacían que, en el día a día, parecieran muy distintas. Pero Amelia no podía esconder tras una inocente falda plisada su astucia afilada. Ova era incapaz de ocultar, con su extraña afición por hacer repostería, la dura mirada cuando alguien la molestaba.

De todo esto hablábamos, Ella y yo, que éramos auténticas chicas de escalera, sentadas en el rellano del quinto, un piso encima del hogar de Ova y Amelia. A veces oíamos risas. Más de una vez especulábamos con la posibilidad de que fueran amantes, pero eran tan distintas que la teoría no cuajó. A veces todas las chicas se reunían allí, y cuando estaban juntas se quitaban los disfraces; eran, simplemente, mujeres cansadas de la vida, esforzándose en conservar frescura.

Ana tenía dos hijos a los que no podía ver por mandato judicial. No tenía esperanza de recuperarlos, de modo que trabajaba como una perra (literal y figuradamente) para hacerles regalos caros, que ellos siempre agradecían con una carta breve y tensa que la hacía sonreír una semana entera. Lara pasaba drogas, y dedicaba casi todas sus ganancias a cuidar de su sobrino, unos años mayor que ella, que tenía esquizofrenia. Otra cosa que tenían en común es que todas tenían detrás una historia muy dura.

¿Qué podemos aprender, las acomodadas chicas de escalera, de las belicosas chicas de esquina?

Valor, joder.

Y miedo.

sábado, 6 de octubre de 2012

No consigo olvidarte

Este semi-romanticismo propio de un dandy a veces me abruma. Que se me olvida cómo quererte bien y bonito, y retrocedo un par de años.


Eran azules, claro está. ¿Cómo no serlos, con todas esas lagrimitas que se empeñaba en ocultar? Pero sufría a gritos, y nadie parecía notarlo. Se escondía del mundo, y el mundo no podía permitir que una criatura tan bonita se escondiera. Fue entonces cuando nos conocimos.

Sonreía con tanta frescura, como si esperara que alguien le dijera que tenía una sonrisa preciosa. Reía con tanta dejadez, como si supiera que nadie se daba cuenta. Era tan fría como una princesa de Tolkien, y tal vez un poco más bella. Era tan atea que supe que le habían roto el corazón abundantemente. Por no tener, no tenía ni sospechas de lo importante que yo llegaría a ser.

La bauticé como Nymph.

Ella reía con ese nombre. La metí en la jaula de mis costillas y, removiéndose para decidir si se sentía cómoda, me destrozó el corazón. Luego, con un beso afilado, hizo que las dos mitades desgarradas la amaran incondicionalmente.

Pasó tanto tiempo... Demasiado tiempo. Pasó el tiempo como pasan los pesares. Fluyeron los días como fluyen las personas, y Ella cambió. Su fría belleza dejó de astillar. Sus ojos se volvieron líquidos, y sus labios trémulos susurraban eternidades. Ahora se llamaba Kokoro.

Pero esa es otra historia.

Yo sólo quería decir que, por muchos años que pasen, por muchos nombres de los que te disfraces, no consigo olvidarte.

Ilustración de Jane Beata
Aunque te tenga.