Las chicas de esquina eran todas distintas. No había dos que se parecieran mínimamente. Estaba Amelia, la niña bonita de las chicas de esquina, que escondía tras su rostro de porcelana la maldad más cruda y regodeante que había visto jamás. Estaba Elena, de fuerte cabello castaño, toda impetuosa y decidida. Estaba Lara, demasiado alta para una mujer, pero con un culo de infarto. Estaba la que se hacía llamar Nometoquesmucholosovarios, a quien cariñosamente llamábamos Ova; su nombre lo decía todo, pero no hablaba de lo imposiblemente dulce que era con sus compañeras. Estaba Ana, tan retraída que, de no ser por sus labios fuertemente pintados de rojo, habría pasado por una desequilibrada. Estaba Lucía, la más zorra de las zorras, la que te juraba odio eterno si le quitabas un cliente; también era la única que les atracaba siempre, sin excepción.
Pero si algo tenían en común era su forma de transformarse.
Ova y Amelia vivían en mi mismo edificio. Si no las hubiera visto en la esquina dos manzanas más arriba, tal vez ni las habría reconocido. La ropa provocativa, el maquillaje excesivo, y unas adecuadas extensiones hacían que, en el día a día, parecieran muy distintas. Pero Amelia no podía esconder tras una inocente falda plisada su astucia afilada. Ova era incapaz de ocultar, con su extraña afición por hacer repostería, la dura mirada cuando alguien la molestaba.
De todo esto hablábamos, Ella y yo, que éramos auténticas chicas de escalera, sentadas en el rellano del quinto, un piso encima del hogar de Ova y Amelia. A veces oíamos risas. Más de una vez especulábamos con la posibilidad de que fueran amantes, pero eran tan distintas que la teoría no cuajó. A veces todas las chicas se reunían allí, y cuando estaban juntas se quitaban los disfraces; eran, simplemente, mujeres cansadas de la vida, esforzándose en conservar frescura.
Ana tenía dos hijos a los que no podía ver por mandato judicial. No tenía esperanza de recuperarlos, de modo que trabajaba como una perra (literal y figuradamente) para hacerles regalos caros, que ellos siempre agradecían con una carta breve y tensa que la hacía sonreír una semana entera. Lara pasaba drogas, y dedicaba casi todas sus ganancias a cuidar de su sobrino, unos años mayor que ella, que tenía esquizofrenia. Otra cosa que tenían en común es que todas tenían detrás una historia muy dura.
¿Qué podemos aprender, las acomodadas chicas de escalera, de las belicosas chicas de esquina?
Valor, joder.
Y miedo.
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