Soy más de sentarme a mirar las cosas, que de echar a correr tras ellas. Como en todo, en esta afirmación hay excepciones y una de ellas es la que adorna estas paredes blancas en las que, tan heridas como amadas, nos cobijamos.
Tengo los dedos temblando, impacientes. Quieren trazar un retrato, y apenas se atreven. ¿Vamos a saber capturar tus delicados parpadeos de madrugada? ¿O el contoneo encantador de tus caderas contra una pared? Claro que no. Qué imbecilidad. Qué prepotencia. No sabrán, y ni lo saben.
Junto al armario hay un folio teñido de café y con los bordes quemados, con el dibujo de una Lycoris Radiata, y un demoledor diálogo. Ahí capturaste algo de mis traumas, esos que se dejan acariciar por ti con tanto abandono. Pasando la ventana empiezan los dibujos. Uno tras otro. Todos hermosos, todos tristes. En todos hay alguna aportación de tu estilizada letra, añadiendo trocitos pequeños de nuestra historia a la grandeza de esos artistas.
Uma Thurman me observa altiva, con uno de esos cigarros que mataría por fumar, justo encima del lecho. Se me ocurre que tal vez la pequeña Naoko, domadora de elefantes, quedaría de vicio a su lado, tan ligera, tan distinta. Lo que no se puede ver mirando la pared es tu expresión cuando trajiste a Uma, toda ruborizada y nerviosa. Lo que no se puede ver es lo que se ama, y lo que mis dedos temblorosos recuerdan. Tiemblan como si estuvieran rozando tu piel satinada, emocionados ante el olor, y el continuo descubrimiento.
Mientras avanzo, me desnudo. Deshago el lazo de mi pañuelo y lo dejo caer al suelo. Desabrocho un poco la falda de niña, y sonrío sabiendo que tus ojos siguen la caída de la tela. Fuera camiseta. Estiro un rizo que se arrastra por el hombro y te doy la espalda. No sé cuándo has entrado. No sé si sabes que estoy escribiendo sobre ti. En mi ciego recorrido, llego a la estantería baja y esperpéntica, llena de libros, velas y sueños. Ahí cierro definitivamente los ojos y paso las yemas de los dedos por el artículo escrito en la pared. Hermoso. Cierto. Vibrante. Tal vez me impactó tanto porque sentí que tú, a pesar de todos los (d)años, eras mi jodida historia de amor. Nada era más cruel en ese momento que admitirlo, y no lo hice. Pero fue lo primero que quise que adornara nuestra primera habitación.
¿Qué decir, pequeña ninfa?
No soy la chica de tus recuerdos. No soy tus sueños. Soy una mujer real que se presenta ante ti con un historial de madrugadas a sus espaldas.

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