Su voz amada se transformó de repente en una sentencia de muerte. Apenas oía las palabras, sólo entendía su significado. Se ha acabado. Se ha acabado. Se ha acabado. Balbuceé sin parar. No podía dejar de hablar. Ella guardaba silencio, y yo me imaginaba sus ojos mirándome sin piedad. Tenía la cabeza llena de palabras horribles, y en mis labios sólo había una voluntad cada vez más pequeña de convencerla. "Si te tuviera aquí, no habría podido decírtelo". No lo digas. No lo hagas. No te vayas.
No encontrarás a nadie como yo. Tienes en mí la oportunidad de tu vida, y la estás desperdiciando.
Colgamos.
Me rompí.
Y te dejé el corazón en tus manitas, aunque no te diste cuenta.
Me diste el mayor desgarro que he sentido jamás, y te aseguro que cada día sigo agradeciéndolo. No podría haber sido de otra manera, luzdemivida, teníamos que sentirlo así. Arrepentimientos, las dos tenemos para dar y regalar. Pero nos tuvimos desde el principio. Me prendaste con tu aura pálida, y tus ojos tristes. Te encandilé con mi suavidad. Algún día, tal vez, consiga hacer que lo sientas como realmente es, sin frivolizarlo. Sin poesía, incluso, porque no hace falta.
Pero no lo puedo evitar.
Porque, como la primera vez que lo leí, hace tres años, Nabokov sigue hablando de ti, de tu frialdad, de tu calidez, de tus ojos imposibles y tu corazón impenetrable. Sólo que yo sí consigo entrar.
Y tres años después, te quiero.