La miopía no le impidió ver en mí algo más que vicios y heridas.
La primera vez que le vi quise acostarme con él. Era hermoso y atractivo, encantador y misterioso.
Después me vio, y parecía no haber visto nunca unos ojos tan oscuros. Su conversación me mareaba. El principio de una resaca se insinuaba en mi estómago, y la aplaqué con más cerveza. Sonreía y su lengua asomaba. Me miraba y sus pupilas se dilataban. Quise poseerle, devorarle, atrapar esa luz increíble. Casi podía sentir cómo me deseaba y su timidez me atrajo más. Y el beso fue así, tímido, un roce. Sus dedos paseaban por mi cuello, erizándome. Sus ojos eran enormes, él muy hermoso y yo no me sentía a la altura.
Esa noche se quedó a dormir. Olía muy bien, besaba muy bien. Sonreía mucho. Dijo que mis ojos le habían sumido en un encantamiento para que no se marchara, para que no dejara de mirarme. Dijo que soy muy fuerte. Tuvimos sexo de calidad, tenía y tiene un cuerpo indecoroso.
Ahora duerme. Y yo debería. Quiero que me toque y me recorra, quiero sus dedos, su boca, su torso apretado contra el mío, la paz de sus labios. Quiero abrazarme a su cuerpo delirante.
Y tal vez aplacar esta locura que se cierne sobre mis tripas.
