jueves, 1 de enero de 2026

Feliz Año, niña

 

En las últimas 24 horas he reído, llorado, me he corrido, me he preparado, he cuidado, me he enfadado. Me ha dolido el cuerpo y el alma, me he puesto delante de partes de mí a las que hace años que no me atrevo a enfrentarme.

No sé si aún me reconozco. Pero sé que me gusto. A veces.

Sé que estoy orgullosa de lo que he conseguido. Veo el espacio en el que habito y por dios, cómo lo adoro. Me siento tan sola y joder, cómo me gusta mi soledad. 

Llevo seis meses sin consumir. Hace más de 10 años que no podía decir esa frase, mucho menos escribirla, gritarla orgullosa en este rincón desierto. Nadie lo lee pero ese no es el objetivo. Sólo quiero. Sin puntos suspensivos, sólo quiero.

Creo que ha llegado el momento que llevo años negándome siquiera a nombrar. Creo que por fin soy lo bastante valiente, entera e imperfecta, en este centro hermoso donde las heridas brillan pero no deslumbran. Cuántos duelos faltan, cuánto trabajo queda por hacer y, sin embargo.

"Feliz Año, niña", me ha escrito una de esas personas-constante que lleva en mi vida tanto tiempo que ha visto a 10 personas distintas en este cuerpo. ¿Niña? Tengo responsabilidades de adulta, dos nidos de canas y edad de mujer funcional.

Me miro en el espejo y me asombro de no ver las huellas de este adulting perverso. No hay arrugas, manchas ni ojeras. Las curvas nuevas sientan bien, me alejan de la adolescencia. Las uñas cuidadas me adornan como si fuera un regalo, el rosa de los labios parece pedir un beso. Niña no, pero aún joven, tersa y jugosa.

Oigo voces, pasos y portazos. Tal vez sea el momento de dar la noche por terminada.



sábado, 18 de febrero de 2023

He mentido a mi amiga mientras escribía esto

Releo lo que nunca llegué a publicar hace casi un año y parece otra persona. Puedo resumir lo que ha sido en pocas palabras.

Tristeza. Desesperación. Adicción. Miedo.

Llegué a asustar realmente a mi gente. "Ese día estuve a punto de llamar a una ambulancia psiquiátrica, no sabía qué hacer". Cuando me lo dijo alguien que es vital, sólo pude dar gracias porque no lo hubiera hecho, porque eso habría quedado para siempre en mi historial médico. Tengo perfectamente claro que he tenido trastornos mentales y no tengo muy claro cómo he sobrevivido.

Asusté a mi gente pero también me asusté a mí misma.

Era una tarde cualquiera, sin ninguna relevancia. Trabajo extenuante, muchas heridas postergadas, ningún plan por delante, la botella y yo. Mirándonos, evaluándonos. La rutina diaria. Pero la botella adelgazó y por primera vez en mucho tiempo, busqué el calor del alcohol en vodka. No recuerdo qué tenía puesto de fondo, sólo recuerdo toser con el primer sorbo a pelo, empezar a llorar, volver a beber y de repente no podía parar de llorar. Hiperventilaba, estaba teniendo algún tipo de ataque. Seguí bebiendo y llorando hasta que me di cuenta de que necesitaba que alguien me ayudara.

Y me sostuvieron y me buscaron y me encontraron. Ojalá hubiera sido un punto de inflexión pero no lo fue. No he vuelto a alcanzar ese nivel de histeria pero seguí mucho tiempo bebiendo, drogándome, enmascarando todo.

Tanto tiempo que llegué a creer que ya no era nada más que eso. Podía ser funcional en todo lo demás pero en el momento que me quedaba sola...

Aparecieron personas que trajeron luz pero eran sombras en la caverna. Fue muy duro, muy intranquilo, desasosegante. Echaba de menos al salvador de hombres y no me permitía reconocerlo porque joder, no se lo merecía.

Ahora he alcanzado una estabilidad que jamás he tenido. Remy y yo nos hemos fundido, aprendimos mucho, salimos adelante. Nuevos proyectos, nuevo trabajo, nueva mirada. Ha sido muy hermoso tener este oasis pero sabía que no iba a durar.

Hoy he ido a un funeral y ha acabado de activar cosas en mí. Entre risas y estupideces, he vuelto a casa, he parpadeado y ahora es de noche, tengo medio gramo delante de mí, estoy sola, llevo días sin apenas dormir y lo único que quiero es perderme.

Sé muy bien que no voy a poder resistirme.


lunes, 16 de noviembre de 2020

Por favor, vete y/o quédate

 Estoy decidida a joderme la vida.

También lo estoy a tomar una decisión vital que me ancla a esta ciudad agridulce. A enamorarme. A dejar la terapia. A mudarme de autonomía, de país, de corazón.

Ojalá pudiera dejar atrás mi corazón.

Han utilizado los restos de su calor para joderme. Han utilizado los restos que guardaba tan celosamente, que he compartido con cuidado e ilusión, para hacerme daño. Y lo consiguió. Aprieto la mandíbula, cuadro los hombros y sigo. Como siempre. A pesar de.

"Te quiero tanto que lo esconderé el resto de mi vida. Eres la cara que aparece tras mis ojos cuando pienso en morir junto a alguien. Eres la espalda que quiero abrazar en las noches oscuras, la sonrisa que quiero ver brillar bajo el sol. Eres la resignación de nunca tener este futuro realizado.

Eres la tristeza. La desesperación. La frustración.

Eres los cinco minutos sonriendo mientras lloro, eres el abrazo sanador tras semanas de hacerte daño. La celebración de este amor compartido.

Eres la oportunidad que dudo vuelva a tener. El dolor profundo de haberme equivocado".

¿Qué son 15 años?

Una vida entera. En 15 años podría tener una extensión mía a quien, inevitablemente, guardaría rencor. Amaría más que al alcohol y las drogas que me sostienen. Lloraría del terror de provocarle la complejidad de las heridas que arrastraré toda mi vida.

Te quiero tanto que, existas o no, viviré el resto de mi vida esperando que sientas orgullo por mí.



viernes, 26 de junio de 2020

Burbujitas

Hace calor.

Hace calor dentro y fuera de mi cuerpo.

Lava hirviendo por dentro, navegando sin pausa. Del estómago a las piernas, luego al corazón, sube a la cabeza, me arde en las manos. No es un calor agradable, es más bien un jodido volcán amenazando con desbordar. Se me sale por los ojos, por la boca y por los dedos.

Entonces algo me estremece. Una atracción increíblemente abrasadora me atraviesa, me paraliza, me hace sonreír. Tiene los ojos claros, me desconcentran. Es de los que miran con las pestañas caídas, la sonrisa amplia y la timidez bailando en las clavículas. Tiene los labios llenos, las manos grandes y las caderas peligrosas. El cuerpo lleno de tinta y paradójicamente, nada de veneno.

Hace dos años que no siento algo así. El último año ha sido dolor, horror, decepción y la serena resignación de que nada será como antes. Y no lo ha vuelto a ser, ni lo deseo. No quiero esa ilusión burbujeante espantosa, no quiero perder la cabeza por un beso ni recrearme en el cosquilleo de unas manos tocando mi cuerpo y más allá.

Pero es lo que está pasando.

Y lo odio, lo odio.

Y no sabía que lo echaba de menos. Sentir esto, sea breve o indefinido, es como recuperar algo perdido hace demasiado tiempo. Me encuentro a mí misma en este temblor, en este fino equilibrio entre saber que no lo deseo y sentir que lo necesito.


lunes, 23 de marzo de 2020

Día 9

Doy vueltas como un animalito.

Me siento como un animalito. Inquieta, asilvestrada. Estoy llena de una energía que me incomoda, mis habituales rutas de escape están vetadas. La cabeza me va a mil o a cero por hora. Me concentro, respiro hondo, ejercito ese músculo que no sabía que tenía.

Hoy he recordado tus muslos, tu forma de acariciarme, tu risa ahoga en jadeos. Ha sido confuso, un flashazo erótico que no deseaba. No sabía que aún te recordaba así. Recuerdo tus labios rojos, tus pezones claros, una postura que te gustaba, la fuerza salvaje bajo la piel. Pero no recuerdo tu voz. El reflejo del sol en tus pestañas, el beso que te encantaba darme en los hombros. Pero ni una onza de tu voz, del latido en tu pecho. Vacía, hermosa, lejana. Inalcanzable, venerada.

Idealizada.

Los rizos casi tapan mi flor. Mi querida, querida flor, que ahora es multicolor, que representa cosas en las que creo diferente. ¿Belleza? Sí, con B mayúscula con B de basta ya por favor. Pero también bondad. Paciencia. He visto tantas cosas horribles, he sentido tantas cosas espantosas, que ahora sé que la belleza no se encuentra, se construye.

Salgo al balcón, resisto la tentación de encender mi último cigarro. Me pican las manos de las ganas de beber algo, palpito entre las piernas por las ganas de violencia, los ojos arden queriendo llorar. Inquieta, asilvestrada. Se me cruza el pensamiento fugaz de tirarme al parque, mientras pienso en qué libro empezar primero.

Entonces escucho risas dentro de casa.

Respiro hondo y sonrío sin querer.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Políglota

El rojo es un color peligroso.

Es un color apasionante, vivo, lleno de interpretaciones. Es casi como un idioma que entiendo pero no sé hablar. Que he escuchado pero no separo todas las palabras.

Ahora, el rojo es un pijama. No está conjuntado, no es el mismo tono pero se parece lo suficiente. Aparece en mi visión periférica como una mancha de sangre. Me asusta. Entra en mi campo de visión y parece una llama. Me atrae.

En lo alto del rojo, labios apretados, mirada fija, gestos incómodos. Este sí es un idioma que conozco a la perfección. Mi propia ira escarlata me impide verlo todo pero veo lo suficiente. Sé que siente rabia y que parte de esa rabia está enfocada en mí. Casi puedo palpar la tristeza, la confusión, la sensación de no saber qué hacer. Sacude la cabecita rubia, se da la vuelta, se hace un cigarro y de nuevo, me atrae.

Hace falta un idioma nuevo. Algo que coja detalles de acá y de allá, algo que se pueda gritar en la cima de una montaña y susurrar en noches oscuras. Con distintos acentos, dirigido a una población muy pequeña. Tal vez ya no haya otra forma de entendernos sin este idioma inexistente.

Tal vez a fuerza de observarle furtivamente pueda aprender el suyo, descifrar el rojo. Pero no lo deseo. Estoy cansada de estudiar, de observar, de calcular. Quiero sentir, recuperarme, dejarme llevar. Eliminar el miedo de cualquier color.

¿De verdad queremos entendernos, querido?

viernes, 20 de septiembre de 2019

El silencio

Remy me observa. Se apoya en mi hombro, liviana y casi irreal. Traslúcida incluso. Ha decidido acompañarme sin apenas hablarme. Tan hermosa, tan ligera.

A veces su cabello roza mi espalda. Ha crecido mucho desde la última vez que nos vimos, dulces y largos mechones se enredan suavemente con los míos. Ella presiona levemente sus dedos en mi hombro cuando quiere decirme algo. Su voz me susurra en sueños. Me despierto y me dibuja la mandíbula para tranquilizarme. Háblame, por favor. Dime algo. Niega sin sonreír, dulcemente. Por favor, por favor.

Pero apenas me habla.

Esa noche tuve que sentarme de vuelta a casa. En parte porque llevaba un día sin comer, en parte porque no recordaba el brillo de sus ojos. A mi lado, Remy se arrodilló y sostuvo mis dedos, nerviosa. Fue entonces cuando me di cuenta de que había vuelto a mi lado para esperar ese momento. Discretamente, devolví su apretón, cogí aire y me levanté. Me gustó que él no tomara en serio mi debilidad, me gustó mucho más comprobar lo tranquila que estaba Remy en cuanto se acostumbró.

Lo tranquilas que estuvimos.

Hoy te tiendo yo la mano, mi amor. Comprendo tu silencio. Volverás a mí cuando estés preparada, siempre tendrás un lugar a mi lado.

Ella deposita un beso en mi clavícula, como si dejara un ramillete. Me resisto a abrazarla, levanta la mirada y me encuentro sumergida en sus ojos de tormenta. Lo sabe. No sólo mi eterna declaración, también sabe por qué hace dos días lloraba en un rellano, por qué necesito agotarme antes de dormir, por qué ahora pido drogas a domicilio. Sabe la razón de esta profunda incomodidad. Lo sabe mejor que yo.

Deja otro beso-flor en la palma de mi mano antes de desaparecer.

lunes, 24 de junio de 2019

Mis mierdas, mis términos

"Gracias por tener la valentía de dar este paso".

Lo siento muchísimo pero no puedo abandonar las huidas hacia delante. Creo que en algún momento supe hacerlo. Supongo que fue cuando aún no sabía nada de las autolesiones eternas, ni de tragar sin saborear, ni del ataque de ansiedad porque me duelen las putas piernas.

Ahora, mi huida hacia delante más recurrente es aparcar una parte de mi mente y marcharme. Acaricio las rosas de pétalos chiquitos, finjo que no sé cuando me mienten, digiero, gestiono. A mi ritmo, con mis normas. Ya no juego con las reglas de nadie más. Lo veo todo, lo registro todo, recuerdo el día que dejaste de sonreír al girarte, el día que dejaste de pedirme un mechero, el día que empezaste a gemir distinto. Huyo hacia delante al elegir no verbalizarlo. ¿Quieres engañarme? No puedes pero te concederé el capricho de creer que lo consigues.

A veces, las huidas no funcionan. La realidad se impone y debo quedarme, estar presente aunque todas mis células tiemblen por irse. A veces, incluso, debo erguirme y detener las mentiras. Todo el mundo miente. Yo no soy menos; al menos no me miento a mí misma. La última vez que tuve que detener la huida de otra persona es tan reciente que prácticamente es un presente. Para. Mírame. No me vale que me esquives, si quieres seguir haciéndolo debes decirme por qué. Sorprendentemente, funcionó. Ante mi muda perplejidad, escuché una reflexión tardía, tras algún desaire que sacudo de mi cabeza como una mosca diminuta. El llanto increíblemente suave, la declaración. "Voy a demostrarte que no quiero hacerte daño".

No acepto disculpas pero qué cerca estuve de aceptar esas. Y no por el daño, que había sido mínimo, sino porque fue la primera vez en muchísimos años que escuchaba unas disculpas sinceras. Sin tonterías, sin necedades, sin perseguir una caricia al ego. ¿Es esto lo que echaba de menos, el motivo por el que decidí rechazar cualquier disculpa? Ella, con E mayúscula, se disculpaba con los labios apretados en una línea recta. Él, con vocal mayúscula, se disculpaba con el reproche ardiendo en su boca. Las minúsculas, las mayúsculas, los acentos y los apodos, todo el mundo se disculpa con el pero por delante. Y lo comprendo, abandonar el ego para plegarse humildemente al juicio ajeno es demasiado complicado, puede que hasta humillante.

En esa huida, decidí quedarme más allá de la necesidad. Recuperé un poco de fe, aún me dura el subidón de endorfinas emocionales. No tardará en bajar, porque no puedo parar de ver las mentiras e inexactitudes. Porque estoy siempre preparada para que me fallen.

Pero esta caricia genuina de Verdad se queda conmigo.

Quiero hablarte de esto, Remy. Vuelve a mí.

"Anatomía de un abrazo"