viernes, 26 de junio de 2020

Burbujitas

Hace calor.

Hace calor dentro y fuera de mi cuerpo.

Lava hirviendo por dentro, navegando sin pausa. Del estómago a las piernas, luego al corazón, sube a la cabeza, me arde en las manos. No es un calor agradable, es más bien un jodido volcán amenazando con desbordar. Se me sale por los ojos, por la boca y por los dedos.

Entonces algo me estremece. Una atracción increíblemente abrasadora me atraviesa, me paraliza, me hace sonreír. Tiene los ojos claros, me desconcentran. Es de los que miran con las pestañas caídas, la sonrisa amplia y la timidez bailando en las clavículas. Tiene los labios llenos, las manos grandes y las caderas peligrosas. El cuerpo lleno de tinta y paradójicamente, nada de veneno.

Hace dos años que no siento algo así. El último año ha sido dolor, horror, decepción y la serena resignación de que nada será como antes. Y no lo ha vuelto a ser, ni lo deseo. No quiero esa ilusión burbujeante espantosa, no quiero perder la cabeza por un beso ni recrearme en el cosquilleo de unas manos tocando mi cuerpo y más allá.

Pero es lo que está pasando.

Y lo odio, lo odio.

Y no sabía que lo echaba de menos. Sentir esto, sea breve o indefinido, es como recuperar algo perdido hace demasiado tiempo. Me encuentro a mí misma en este temblor, en este fino equilibrio entre saber que no lo deseo y sentir que lo necesito.


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