martes, 31 de octubre de 2017

"Te he visto ser suerte y me gustaría tenerte"

Respiro hondo. Por un momento, se me ocurre hacer un ritual estúpido, repetir su nombre tres veces y encender las velas negras que no me decido a comprar. Se me abalanza un vértigo horrible sobre el estómago, lo aprieto fuertemente con las manos, cierro los ojos.

Y en un suspiro, unas manos grandes me retiran suavemente mi propio agarre. Acarician mis falanges con cariño. Sonrío. Al abrir los ojos, las manos han desaparecido y Remy me observa apenas sin parpadear.

Está temblando.

-Has venido -susurro. Inmediatamente me arrepiento de haber dicho algo tan estúpido. Ella arquea una ceja como respuesta, reprochándome haber dicho algo tan estúpido.

Arroja un par de almohadones al suelo y se recuesta a mi lado. Las manos le tiemblan tanto que apenas puede cerrarlas. Sus ojos me esquivan. Espero a que esté acomodada y me acerco muy poco para levantarle la barbilla y mirarla directamente.

Tiene los ojos limpios pero el temblor no desaparece. La abrazo y se aparta enseguida. Soy incapaz de descifrar su expresión. Me coge las manos y las besa.

-Hoy es la noche de los muertos -dice con mucho tacto. Su temblor se me contagia por un instante-. Sé lo que querías hacer, y estoy orgullosa de que no lo hicieras.

Y por un momento, puedo leerle el pensamiento. La parte de mí que quiere rendirse es ella. El impulso de acudir a sus brazos, la imperante necesidad de no marcharme de mi color favorito, es ella. ¿Cómo no he podido verlo antes? La aprieto de las manos que aún me sujeta. Se da cuenta, su expresión cambia.

-No quería que nos fuéramos -dice fervientemente-. Yo no habría podido hacerlo, pero tú te fuiste. Sé que me notabas bajo toda esa piel de gallina, pero te fuiste.

-Me toca cuidarnos, no podía hacer otra cosa.

-Pero estuviste cerca. Como has estado cerca de muchas otras cosas estos meses.

No es reproche lo que adivino en su tono, es una tristeza inabarcable. Estos meses la han consumido. El verano que casi nos matamos sin querer no tiene comparación al vacío que ella ha escondido de mis sentidos, a su pálpito. Lo noto, la siento. Caigo en una certeza horrible.

-Dios mío, Remy -jadeo sin poder evitarlo-. Te has enamorado.

Esboza una sonrisa. Jodida noche de los muertos. Empiezo a llorar.

-No tenías que hacerlo, yo me estoy encargando de todo, estoy luchando mucho para poder salir, tú no tenías que...

-No cambia nada -me interrumpe con dulzura-. No debe cambiar nada. Confío en tu fuerza, sé que esta vez no me vas a abandonar. Cumpliré con mi parte -me besa tiernamente las manos antes de separarse. Por un momento, soy incapaz de moverme. El terror me paraliza, esa fuerza de la que habla no la encuentro en ninguna parte-. Tardaremos en reunirnos. Y me encontrarás diferente.

Es lo último que dice antes de desaparecer.

Decido para mi propia sorpresa, mientras me esfuerzo en tranquilizarme, realizar un ritual esta noche.


martes, 10 de octubre de 2017

El momento más puro

¿Recuerdas la sensación de tener el vello de punta? Mirarte el brazo y verlo en calma, cerrar los ojos y sentirte en punta. Afilada, en tensión.

Muérdete la lengua. Levanta la cabeza joder. Escucha el chasquido, juega con las palabras, no cierres el pecho, no te mientas. Te importa y te duele, y no ves forma de superar la traición. No te salves, no te atrevas a salvarte y vivir en calma. ¿Qué coño vas a hacer con la angustia vital, con el vacío ciego, el estómago desbocado?

Recuerda su sonrisa, con la lengua asomando. La nicotina manchándole los dientes, la forma que tenía de acariciarte con los labios. Oblígate a recordar. Huir es maravilloso hasta que te sientes preparada y te salta encima, y duele más. ¿Dolía su roce? Dolía su duelo, sus marcas, su forma de ignorar las tuyas. Pero cuánta ternura en su mirada al encontrarte, cuán intensa la sensación de haber encontrado un hogar cálido. ¿Recuerdas el calor? Alejarte de su piel por las mañanas, volver a su lado de madrugada. Encontrarle siempre.

Y entonces llegó el momento más puro.

Estabas temblando de terror por horribles recuerdos que te habían asaltado. No quisiste tocarle, ni dejar que te tranquilizara, sólo deshacerte en ese llanto que no entendías. El alcohol potenciaba más el pánico.

Podías escuchar voces en la otra habitación, alguien te había preguntado qué había pasado. Ese es el problema contigo, mi vida, que no pasa nada, que nunca pasa nada. Que los dolores que llevas dentro son suficientes para tenerte temblando una noche cualquiera. No puedes pensar en nada más, la respiración se paraliza y reconoces el conocido ataque de ansiedad.

Pero entonces las voces cambian y escuchas un llanto. Joder. Reconoces ese llanto, conoces la causa. Sabes que ni siquiera hay posibilidad de resistirte cuando sin saber cómo te descubres incorporada. Avanzas, aún llorando, hacia su voz. Hay dos personas en la habitación, alguien te dice que puedes irte pero no importa nada, no importa en absoluto porque él te está mirando con esos ojos tan grandes, está temblando y está sufriendo. Te necesita, ¿cómo podrías resistirte?

Sin detener el avance, acabas sentada a su lado. Es todo muy fluido, sin palabras que contaminen. Te sientas en el brazo del sofá, envuelves con tus piernas sus costados y él se acerca y tú le abrazas contra tu pecho. Aún te duelen los recuerdos, aún sientes el terror pero su calor es más fuerte y te ancla a la realidad. Su dolor sobrepasa el tuyo, te seca las lágrimas. Pasas mucho rato arrullándole, acariciándole, susurrando palabras que ninguno de los dos recordará. Y por primera vez en semanas, se permite llorar y liberarse, sujeto a ti como a un salvavidas. Por primera vez en semanas, le sientes cerca y no un extraño del que ocuparte.

Te das cuenta de que esto, este instante, es lo más puro que puedes ofrecerle. Que dejar de lado un dolor que te destroza para acudir a su consuelo es el momento más puro. Te das cuenta, te reafirmas, en la sencilla realidad de que estás enamorada de un doliente. Y está bien, todo está bien mientras se libera contra ti, mientras te abraza con tanta fuerza que sabes que no te soltará jamás.

¿Cómo podrías resistirte?

Ahora no sé pensar, no sé concentrarme, porque van a pasarle cosas malas a alguien a quien hes querido más de lo que se merecía. Y a pesar de eso, una parte de mí sigue queriendo ofrecerle lo más puro que he podido darle. Esta noche sería menos dura si pudiera engañarme lo suficiente (como antes) para aceptar el calor de un cuerpo que no me ama, a quien no importo.

Esta vida sería menos dura si pudiera hacer por mí lo mismo que hice por mi amante.


viernes, 1 de septiembre de 2017

No tengo tiempo para cosas que no tienen alma

"Ahora,
un cabello me cercena la garganta".

La mujer niña que me llamaba de la misma forma. Que me llamaba "dulce condena de ojos rasgados". La que no necesitó cabellos para hacerme sangrar. Las crisálidas salvajes que reposaban en mis hombros, impacientes, intolerables. Para abrirse sólo me necesitaban serena; acabaron pudriéndose y fertilizando bajo la piel. Bellísimos cadáveres de loquepodríahabersido, uniéndose al cementerio de mi pecho. ¿Zombies? Peor, recuerdos.

Porque tengo la garganta cercenada y no se cura.

Las faunas de mis veinte años. Dara diciendo que doy vida a sus historias, ella que ha retratado las mías sin conocerlas. Francesca con (sin) Kokoro. La pequeña Naoko, domadora de elefantes. Charlotte. La amante japonesa que era todos los hombres de su vida. "Espero que te guste lo que miras". Vilma masturbándose en la cama de un hospital, sin distinguir sueño de realidad. Javier perdiendo a Daniela por no querer aceptar a Danielle. Vlad, mi tierno y cruel  Vlad; que sólo ofrece la inmortalidad si no te tiene.

Yo la ofrezco cuando escribo.

He olvidado la belleza por sufrir tanto. No recuerdo ya el placer de un abrazo familiar, pero sí la voz de mi padre dándome fuerzas. ¿Ha habido en cada momento de infierno una palabra de ánimo? No. Pero ha habido belleza.

Las faldas de flores no aparecieron en mi vida para que me las quitaran.

Debería recordarlo.



martes, 15 de agosto de 2017

Mood

-Hoy no estoy de humor, Remy.

Ella sonríe brevemente. Se encoge de hombros y me besa en la frente mientras se sienta a mi lado, empujándome hacia la pared con un golpe de cadera.

-Nunca lo estás, cariño.

Me acaricia suavemente el brazo. Sé con qué intención lo hace, me resisto a sonreír. No quiero pensar, me duelen los ojos. Los suyos están abiertos y fijos, umbríos, decididos.

-¿Le echas de menos?

Oh los ojos verdes de A. Su sonrisa deslumbrante, la ternura que a veces no podía esconder. El profundo dolor, el duelo que no sabía gestionar y usaba como arma arrojadiza. El sexo desesperado por volver a encontrarnos, cuando ya nos habíamos perdido.

-No.

-¿Y a ella?

Aprieto los puños. Respiro hondo. Nymph, que hizo de mi corazón un papel y lo rompió curioseándolo. Kokoro, que me disparó a bocajarro en la cabeza con toda la rabia que sentía. La jodida fuerza gravitatoria que sólo dejó de unirnos aquel febrero. La sensación de verla sonreír y saber que todo estaba bien, que estaríamos bien juntas porque estábamos destinadas a estarlo, éramos perfectas y nada podría separarnos.

-A lo que fuimos, a veces.

No sé si quiero llorar o es sólo que me duelen los ojos. Remy me obliga a mirarla sin violencia. Tiene los ojos brillantes y decididos.

-No me refería a la ninfa -y lo dice muy suave, como quien habla en un postoperatorio. Intuye mi intención y no me deja alejarme. Algo parecido a una sonrisa de ánimo aletea en sus labios, trago saliva con dificultad. Tal vez debería beber agua.

-No me hagas hablar de esto.

Remy asienta su sonrisa de ánimo. Sé lo que está pensando. No quiero hablar de esto. No quiero que sea más real, ni tener que reconocer que me asusta lo que ya siento.

-Es desigual ¿vale? De momento no quiero pensarlo.

-Eso te funcionó muy bien la última vez.

-Remy, por favor.

Me da un beso muy suave en los labios. Abraza mis temblores; esta vez se ha recuperado mucho más rápido que yo, le ha tocado ser roca. Dice muy bajito a mi oído que si se me ocurre hablar de niveles me matará. Que podemos bailar sin pensar, y disfrutar sin culpa. Que me merezco disfrutar de algo que me hace sonreír tanto. Niego seis veces con la cabeza y ella asiente siete. El estómago amenaza con desbordar. No quiero pensar, nadie habla en serio y yo no sé bromear cuando deseo algo.

No es hasta que Remy sujeta mis manos contra la espalda que reparo en que esto es un ataque de pánico.


lunes, 3 de julio de 2017

"Que no me quiero nada"

"Eres preciosa", susurra esta linda mujer. Sus labios se mueven como mariposas encendidas por mi piel, serena y juguetona.

Cierro los ojos mientras me besa. El cansancio me chupa las fuerzas y siento una tristeza inabarcable. Todo lo que me espera cuando baje del tren me desarma y vacía. Paseo mis manos por su cuerpo desnudo, que intenta abrirme insinuante, un cuerpo palpitante y fuerte, un cuerpo que enloquece. Quiero desearla y plegarme a sus deseos pero debo apretar los labios para no echarme a llorar.

Y lo nota.

Se separa un poco de mí y reposa su cabeza. Es lindísima, es vacaciones y viento fresco en lo yermo que siento. Noto los ojos amenazando con desbordar. Ella me abraza y me aferro a este calor, a esta pausa. Jamás volveré a vivir este momento. Si mi mal fario lo permite, volverá a estar en sus brazos delirando por la calma y energía.

Pero este momento pasará. Esta tristeza que me invade en medio de la celebración, pasará. El deseo por un cuerpo que apenas conozco, cambiará. La desesperada necesidad de sentirme arropada, tal vez, pasará.

Yo, no pasaré.

____________________________________________________________________________

Me cuesta pensar.

Tengo tantos recuerdos a la vez que apenas puedo aclarar mi mente. Estoy llorando serenamente, sin dejar de hablar.

-Le hago esto a las personas que quiero, ¿sabéis? Ella me lo dijo. Él me lo ha dicho. Les avasallo, les asalto y tienen que alejarse de mí para poder estar bien. Y yo me quedo atrás siendo un desastre y esperando a la próxima persona que joderle la vida.

Ella empieza a hablar enseguida, apenas la escucho. Me cuesta mirarla. Me dice que no es así, que si no fuera por mí no estaría aquí, que le he dado fuerzas a su cordura. Él está callado y casi puedo oírle pensar. Toma aire y sin darme cuenta lo retengo. Es mi compañero de armas y penas, no quiero oírle pero mis sentidos se abren a su voz. Firme, suave.

-Y a quién acudí cuando quería tirarme por el balcón, eh. Fue a ti. Si no me tiré fue por ti, ¿eso no cuenta?

Acaba de decirlo y ni puedo ya recordar sus palabras exactas. Mi corazón ha dado un salto en el pecho. Recuerdo perfectamente esa noche, su voz temblorosa despertándome para poder yacer a mi lado, nervioso, ansioso. Recuerdo que el sueño me venció antes de poder ayudarle, recuerdo el ligero humor, como de velorio, a la mañana siguiente. Recuerdo que no fue la primera, pero sí una de esas veces que me sentí afortunada de poder devolverle un poco de esa paz que él metió violentamente en mi cabeza desde el primer día.

Y mientras fumo sin pausa pienso que, tal vez, también hago cosas buenas por las personas que quiero.


sábado, 17 de junio de 2017

Los amantes chatos

Respira respira respira.

Mi cuerpo reacciona de formas que apenas recordaba. Sus manos tienen el calor de cien soles y me conducen poco a poco a campos que no conocía. Sus ojos son pura droga, su bello rostro perlado en sudor me fascina. Siento jodidos océanos lamiéndome desde dentro, amenazando con desbordar.

Quiero incorporarme pero no puedo mover un músculo. Y aun así, mi cuerpo tiene espasmos y me sorprende con golpes de cadera. Sus ojos siguen el movimiento con codicia -como si no estuviera poseyéndome. Tiemblo. Me elevo. Rozo el paraíso sin elevar las manos. Me abruma la emoción.

Lloro.

Lloro de placer y de dolor, de la liberación del orgasmo y la cercanía de un cuerpo extraño. De lo lejos que está. Del impulso que me empuja a su cuerpo, a liberarle y encerrarle. Me siento como algo sucio recorriendo su luz pero en sus ojos sólo hay adoración. Me adora, me desea. Me hace promesas que no quiero escuchar. Lloro en este placer multicolor y recuerdo, recuerdo...

Recuerdo respirar

Recuerdo despertar. Y al hacerlo sus ojos me miran con pesar. Hay deseo verde escondido pero me concentro. Esquivo, cierro los ojos, no pienso, no quiero.

Respira respira respira.


viernes, 28 de abril de 2017

Rendición

"Hay una diferencia entre rendirse
y saber cuándo has tenido suficiente".

Depón las armas. Baja las manos. Suelta la garganta. Acaríciate el estómago, no va a dejar de doler. Ten mucho miedo todo el rato, compórtate como una lunática. No toques esas armas. No toques a nadie que no te ame. Entrégate. Permite que te colonicen y devasten. Depón las jodidas armas.

Ya no sé si tengo más heridas por el abandono que aún me pesa, o por las cosas horribles que hice para olvidar que me dolía. Las cosas horribles que me hicieron (sentir).

Ojalá tener valor.



Carta abierta de disculpas a mí

Odio tener que pedirte disculpas. Odio no haberme cuidado y estar ahora tan al límite que debo forzarme a cuidarme. Odio que este sinnombre sea lo mejor que me he encontrado en años.

Siento no haber sabido escuchar lo que decías con voz chiquita. Ojalá hubiera aprendido antes a reconocer lo pequeña que eres (soy), lo liviano de tus miembros temblorosos y lo fugaz de tu cordura.

Siento que lo que nos ha pasado impida ahora disfrutar de lo que tenemos. Siento que lo que más se repita en todo lo que escribes sea el miedo. Siento muchísimo haber exprimido tanto tu fuerza, que debes ponerte al borde del abismo para sentir algo y disfrutarlo.

Te hicieron pensar que no eres suficiente y ese pensamiento se convirtió en mantra. En manta. Lo siento mucho, no te lo imaginas. Es el primer impulso, ¿verdad? Algo sale mal y es porque no eres suficiente. Pero no es verdad y siento no haber podido guiarnos para verlo antes.

Pero sobre todo, sobre todas las cosas, siento no haberte conseguido la ayuda que necesita(ba)s. No puedo prometer que eso cambiará.

Lo siento.

miércoles, 29 de marzo de 2017

I'm nobody, who are you?

La muchacha en el espejo me devuelve una mirada turbia.

Parda, tal vez. Oscura.

La línea de agua brilla. ¿Son lágrimas? Parpadea y no llueve.

¿Están lloviendo las costillas?


Tal vez me han hecho falta dos años para poder nombrar a esta tristeza. Si ella me mirara, ¿volvería a decirme que he perdido el aire triste? No lo creo. Al mirar al vacío, incluso yo soy capaz de ver mi aura. No conozco el color pero sí la densidad; la densidad del desespero atrapado dentro.

¿Y qué nombre le pongo? Remy me sonríe, sin querer guardar mi secreto. Mi querida Remy, que no sabe decirme que no. Esto no tiene nombre. No es un monstruo al que enfrentar, derrotar o matar.

El valor para mirarme directamente a unos ojos que ya no reconozco, eso también está dentro de mí. A coge a veces mucho aliento y sopla en un globo que no sabía que tenía. Este se ilumina al contacto con sus labios y se eleva hacia los techos y me hace sonreír. Esto no tendrá nombre pero sí un valor incalculable.

¿Va a doler mucho rato más? ¿Vas a hacerme estremecer de ternura si no para de doler?

martes, 14 de marzo de 2017

El día que tuve más miedo que nunca

Remy.

Dentro de mi cabeza la invoco conteniendo un pánico que me desborda.

Aparece al otro lado de la calle. Apenas a tres metros de él. Sus ojos turbios se clavan directamente en él; lleva una camisa que conocemos, como conocemos su gesto y su incomodidad. Si pudiera, su mirada sería metralla y le habría atravesado el pecho.

Si pudiera, Remy ya le habría matado.

Pero con la gracia de un fantasma, se desliza hacia mí. Lenta y rápida a la vez, disfrazada para pasar desapercibida. Cómo podría alguien pasar desapercibida su fuerza y su latir; cómo ignorar su belleza desgarradora y su media melena. Joder han pasado años.

Su avance se detiene cuando me aprieta contra su cuerpo. Es arrolladora y durante unos minutos son sus brazos los que me sostienen, no mis piernas. Tiemblo. Un alud me aplasta y ella me protege. Remy. Remy. Gimo su nombre, a este dolor hecha mujer, con cicatrices por mi culpa en su piel, con maquillaje manchado por mí.

Me acuna el rostro con sus dedos delicados. Tiene los ojos intactos, duros como el acero. Por un momento se gira a mirarle, a atravesarle y la fuerza de su odio me estremece. Vuelve a mirarme. Me acuna el rostro con sus dedos delicados.

-No te hará daño -jura con fiereza. Recuerdo la última vez que vi esa expresión en su boca, cómo me arrastró a través del fango, cómo me lavaba cuando lo necesitaba y me golpeaba para despertar. Cómo me quiere, esta Remy mía.

-Remy, por favor...

Asiente. Me conduce con elegancia a un sitio desde el que no pueda verle y paralizarme. No tiene sentido. No se acercará a mí. Pero siento el ardor en las piernas aunque estoy sentada, el pánico espeso en el vientre. Creo que hasta los monstruos en mi cabeza están asustados. Nos hizo mucho dolor.

Ella no me ha soltado. Acuclillada a mi lado, la falda descubriendo sus rodillas heridas, me acaricia la espalda y susurra levemente que me quiere. Cómo me quiere, esta Remy mía. Cómo me devuelve la entereza suficiente y me lo hace ver.

-Pide ayuda -me ordena dulcemente-. No puedes estar aquí sola, no lo resistirás. Y sabes que yo no puedo quedarme.

¿Estoy llorando? Me doy cuenta de que no cuando hablo por teléfono y mi voz está limpia. Temblorosa y asustada, limpia. Ella me observa, insoportablemente hermosa, con el odio y la preocupación batallando. Se quedará conmigo todo lo que pueda, y de la misma manera se iría directa a ese ser y atravesaría su cuerpo con las manos desnudas, crudas. Para que tenga un poco del miedo que nos hizo (hace) tener. Consigo sonreírle.

-No estaré sola mucho rato más -sonríe tentativamente. Casi puedo leer en su frente las ganas de decir que yo nunca estoy sola. Que está conmigo aunque no la note, que si he podido sobrevivir al miedo y pavor, ha sido por su fuerza.

Me acerco. Sigo temblando. Me acuna el rostro con sus dedos delicados. Rozo sus labios con los míos y no se mueve; se relame. Sonríe. Mi boca es un espejo que le devuelve la sonrisa. Y sigo temblando.

-No puedo quedarme -me recuerda. Quiere hacerlo. Pero este momento es algo que hemos robado; no nos toca estar juntas ahora. Asiento sin reproches. La quiero y cómo me quiere. Cómo me ha salvado, cuando dejé de destruirla. Me ayuda a incorporarme y me acompaña a mi espera. Está inquieta y preocupada. Decidida, se planta delante de mí con postura de despedida.

-No dejes de invocarme.

Trago saliva. Sé que en el siguiente parpadeo habrá desaparecido y el alud tal vez no se haya evaporado. Respiro hondo, me llevo las manos al pecho y Remy sonríe.

Parpadeo.

Desaparece.

Sigo temblando.


sábado, 21 de enero de 2017

Dormir poco me hace soñar despierta

Siento una serenidad salvaje al salir a la calle. Una mezcla de paz y energía desbordante, totalmente inesperada.

No me pongo los guantes, no siento frío. Avanzo poco a poco, y mis pies seminuevos se sienten rápidos y ligeros. Sonrío sin darme cuenta, ¿tengo algún motivo? Trazo mentalmente el camino que debo seguir y por un momento me planteo seriamente desviarme e irme a lo desconocido. A perderme, y ver amanecer en cualquier parte.

Avanzo, dejando atrás estos impulsos. No recuerdo la última vez que tuve tanta energía.

Pero sí recuerdo su mirada antes de rozarme con los labios, sus labios rosados, sus ojos de un color suave y duro. Su aliento prometedor y sus sonrisas tramposas. Mentirosas. Así me gustan las chicas, que puedan jugar conmigo más de lo que yo puedo jugar con ellas. De manos tibias que se incendian en mi piel y cuerpos que esconden temblores. No creía que fuera posible para mí esta atracción; desear acercarme a una mujer sin desollarme de puro pánico.

Tiene nombre de cuento, de telenovela, de libro escondido en un mercadillo. Tiene ese poder sutil, esa mirada abierta, que tienen todas las personas que me atraen más allá del cuerpo. Ese aura de ser muchísima mejor persona que yo, que me atrapa. Y si he aprendido tanto de quien me ha destrozado, qué no aprenderé de quien arde por memorizarme.

Para.

Y paro. Detengo mi avance, de apenas 200 metros, por un instante fugaz. Tengo el corazón bombeando y las manos empiezan a enfriarse. Respiro hondo, y aparto de mi mente a la que tiene todas las papeletas para ser La Chica que me Romperá el Corazón, Segunda Parte.

Faltan eones para eso. Y un par de mares de por medio.

Mi energía no se diluye pero la serenidad me hace recordarle somnoliento, tan cansado y convaleciente que apenas puede sonreír ante mis atenciones. Este hombre, tan distinto a los que he conocido, tan absolutamente diferente a mí, que me ha despertado de un letargo innombrable. Esta criatura que me estremece con su belleza, que tanto daño me hace y tanta felicidad me da con una única caricia. Ha reinventado y recuperado ternuras que no creía recordar, y ha creado rincones seguros entre sus brazos. Eso no se borra. El veneno nunca podrá llegar tan dentro.

Distingo las luces al fondo. Amarillas, como las que decoran mi (nuestra) última habitación. Él se puso en pie y se envolvió en ellas, y a punto estuve de arrodillarme a sus pies. Su rostro iluminado ha sido lo más cerca en años que he estado de un árbol de Navidad. De un milagro.

Me subo al tren y mis manos se entibian enseguida. Desearía que este viaje durara mucho más, para calmar mis ansias inexplicables, escuchar música que no sabía que me gustaba y meditar.