"Ahora,
un cabello me cercena la garganta".
La mujer niña que me llamaba de la misma forma. Que me llamaba "dulce condena de ojos rasgados". La que no necesitó cabellos para hacerme sangrar. Las crisálidas salvajes que reposaban en mis hombros, impacientes, intolerables. Para abrirse sólo me necesitaban serena; acabaron pudriéndose y fertilizando bajo la piel. Bellísimos cadáveres de loquepodríahabersido, uniéndose al cementerio de mi pecho. ¿Zombies? Peor, recuerdos.
Porque tengo la garganta cercenada y no se cura.
Las faunas de mis veinte años. Dara diciendo que doy vida a sus historias, ella que ha retratado las mías sin conocerlas. Francesca con (sin) Kokoro. La pequeña Naoko, domadora de elefantes. Charlotte. La amante japonesa que era todos los hombres de su vida. "Espero que te guste lo que miras". Vilma masturbándose en la cama de un hospital, sin distinguir sueño de realidad. Javier perdiendo a Daniela por no querer aceptar a Danielle. Vlad, mi tierno y cruel Vlad; que sólo ofrece la inmortalidad si no te tiene.
Yo la ofrezco cuando escribo.
He olvidado la belleza por sufrir tanto. No recuerdo ya el placer de un abrazo familiar, pero sí la voz de mi padre dándome fuerzas. ¿Ha habido en cada momento de infierno una palabra de ánimo? No. Pero ha habido belleza.
Las faldas de flores no aparecieron en mi vida para que me las quitaran.
Debería recordarlo.

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