sábado, 21 de enero de 2017

Dormir poco me hace soñar despierta

Siento una serenidad salvaje al salir a la calle. Una mezcla de paz y energía desbordante, totalmente inesperada.

No me pongo los guantes, no siento frío. Avanzo poco a poco, y mis pies seminuevos se sienten rápidos y ligeros. Sonrío sin darme cuenta, ¿tengo algún motivo? Trazo mentalmente el camino que debo seguir y por un momento me planteo seriamente desviarme e irme a lo desconocido. A perderme, y ver amanecer en cualquier parte.

Avanzo, dejando atrás estos impulsos. No recuerdo la última vez que tuve tanta energía.

Pero sí recuerdo su mirada antes de rozarme con los labios, sus labios rosados, sus ojos de un color suave y duro. Su aliento prometedor y sus sonrisas tramposas. Mentirosas. Así me gustan las chicas, que puedan jugar conmigo más de lo que yo puedo jugar con ellas. De manos tibias que se incendian en mi piel y cuerpos que esconden temblores. No creía que fuera posible para mí esta atracción; desear acercarme a una mujer sin desollarme de puro pánico.

Tiene nombre de cuento, de telenovela, de libro escondido en un mercadillo. Tiene ese poder sutil, esa mirada abierta, que tienen todas las personas que me atraen más allá del cuerpo. Ese aura de ser muchísima mejor persona que yo, que me atrapa. Y si he aprendido tanto de quien me ha destrozado, qué no aprenderé de quien arde por memorizarme.

Para.

Y paro. Detengo mi avance, de apenas 200 metros, por un instante fugaz. Tengo el corazón bombeando y las manos empiezan a enfriarse. Respiro hondo, y aparto de mi mente a la que tiene todas las papeletas para ser La Chica que me Romperá el Corazón, Segunda Parte.

Faltan eones para eso. Y un par de mares de por medio.

Mi energía no se diluye pero la serenidad me hace recordarle somnoliento, tan cansado y convaleciente que apenas puede sonreír ante mis atenciones. Este hombre, tan distinto a los que he conocido, tan absolutamente diferente a mí, que me ha despertado de un letargo innombrable. Esta criatura que me estremece con su belleza, que tanto daño me hace y tanta felicidad me da con una única caricia. Ha reinventado y recuperado ternuras que no creía recordar, y ha creado rincones seguros entre sus brazos. Eso no se borra. El veneno nunca podrá llegar tan dentro.

Distingo las luces al fondo. Amarillas, como las que decoran mi (nuestra) última habitación. Él se puso en pie y se envolvió en ellas, y a punto estuve de arrodillarme a sus pies. Su rostro iluminado ha sido lo más cerca en años que he estado de un árbol de Navidad. De un milagro.

Me subo al tren y mis manos se entibian enseguida. Desearía que este viaje durara mucho más, para calmar mis ansias inexplicables, escuchar música que no sabía que me gustaba y meditar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario