viernes, 20 de septiembre de 2019

El silencio

Remy me observa. Se apoya en mi hombro, liviana y casi irreal. Traslúcida incluso. Ha decidido acompañarme sin apenas hablarme. Tan hermosa, tan ligera.

A veces su cabello roza mi espalda. Ha crecido mucho desde la última vez que nos vimos, dulces y largos mechones se enredan suavemente con los míos. Ella presiona levemente sus dedos en mi hombro cuando quiere decirme algo. Su voz me susurra en sueños. Me despierto y me dibuja la mandíbula para tranquilizarme. Háblame, por favor. Dime algo. Niega sin sonreír, dulcemente. Por favor, por favor.

Pero apenas me habla.

Esa noche tuve que sentarme de vuelta a casa. En parte porque llevaba un día sin comer, en parte porque no recordaba el brillo de sus ojos. A mi lado, Remy se arrodilló y sostuvo mis dedos, nerviosa. Fue entonces cuando me di cuenta de que había vuelto a mi lado para esperar ese momento. Discretamente, devolví su apretón, cogí aire y me levanté. Me gustó que él no tomara en serio mi debilidad, me gustó mucho más comprobar lo tranquila que estaba Remy en cuanto se acostumbró.

Lo tranquilas que estuvimos.

Hoy te tiendo yo la mano, mi amor. Comprendo tu silencio. Volverás a mí cuando estés preparada, siempre tendrás un lugar a mi lado.

Ella deposita un beso en mi clavícula, como si dejara un ramillete. Me resisto a abrazarla, levanta la mirada y me encuentro sumergida en sus ojos de tormenta. Lo sabe. No sólo mi eterna declaración, también sabe por qué hace dos días lloraba en un rellano, por qué necesito agotarme antes de dormir, por qué ahora pido drogas a domicilio. Sabe la razón de esta profunda incomodidad. Lo sabe mejor que yo.

Deja otro beso-flor en la palma de mi mano antes de desaparecer.

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