sábado, 6 de octubre de 2012

No consigo olvidarte

Este semi-romanticismo propio de un dandy a veces me abruma. Que se me olvida cómo quererte bien y bonito, y retrocedo un par de años.


Eran azules, claro está. ¿Cómo no serlos, con todas esas lagrimitas que se empeñaba en ocultar? Pero sufría a gritos, y nadie parecía notarlo. Se escondía del mundo, y el mundo no podía permitir que una criatura tan bonita se escondiera. Fue entonces cuando nos conocimos.

Sonreía con tanta frescura, como si esperara que alguien le dijera que tenía una sonrisa preciosa. Reía con tanta dejadez, como si supiera que nadie se daba cuenta. Era tan fría como una princesa de Tolkien, y tal vez un poco más bella. Era tan atea que supe que le habían roto el corazón abundantemente. Por no tener, no tenía ni sospechas de lo importante que yo llegaría a ser.

La bauticé como Nymph.

Ella reía con ese nombre. La metí en la jaula de mis costillas y, removiéndose para decidir si se sentía cómoda, me destrozó el corazón. Luego, con un beso afilado, hizo que las dos mitades desgarradas la amaran incondicionalmente.

Pasó tanto tiempo... Demasiado tiempo. Pasó el tiempo como pasan los pesares. Fluyeron los días como fluyen las personas, y Ella cambió. Su fría belleza dejó de astillar. Sus ojos se volvieron líquidos, y sus labios trémulos susurraban eternidades. Ahora se llamaba Kokoro.

Pero esa es otra historia.

Yo sólo quería decir que, por muchos años que pasen, por muchos nombres de los que te disfraces, no consigo olvidarte.

Ilustración de Jane Beata
Aunque te tenga.

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