La música sonaba en su cabeza. Podía verlo en la forma que la ladeaba, en cómo cerraba los ojos. Incluso cantó por lo bajo, con una tenue sonrisa.
Habían sido 127 días sin verla, y ahora no se atrevía a acercarse. Tenía la garganta cerrada, el estómago revuelto y las piernas temblando. Debía sujetarse muy fuerte a la barra de la pared para no desvanecerse.
Estaba obscenamente guapa. Parecía tranquila, cantando por lo bajo. 127 días. Y parecía tranquila, en el metro de esa ciudad que visitaban juntas cuando todo parecía ser joven. Y parecía tranquila.
¿Qué estaría cantando? ¿Sería una de sus canciones? ¿Le dolería escucharlas? ¿Le daría igual? Demasiadas preguntas, estaba demasiado guapa. Y tranquila. No estaba tan serena cuando la echó de su propia casa a patadas, envuelta en llanto, negándose a mirarla a los ojos. Volvió seis horas después y ya se había marchado. De su presencia apenas quedaba un ridículo post-it rosa con una clave de sol dibujada. Pasó todo el día y toda la noche escuchando a todo volumen toda la música que había en la casa, consumiéndose sin violencia. Cuando se levantó, ya tenía las ojeras y los labios rotos que habrían de acompañarla durante 127 días.
Y parecía tan tranquila.
Claro que, ¿qué se supone que debía parecer? Tal vez desesperada, como ella. Le alegraba que no pareciera destrozada pero...
Pero...
Entonces se bajó en una parada y a punto estuvo de ser arrollada en su prisa por seguirla. Habían cuatro personas en el andén y ella se alejaba con su ritmo rápido y alegre. Gritó su nombre. Se tapó la boca con las manos. Esperó.
Ella se dio la vuelta y le clavó una mirada acerada. Ya no cantaba. Ya no parecía tan tranquila. Se acercó con su paso encantador. Y sintió pánico. Y quiso huir. Y se quedó quieta como una avestruz muy triste.
-¿Cómo me has encontrado?
Joder, qué bonita era su voz. Qué daño oírla tan fría.
-No te estaba buscando.
-¿Has venido a morir aquí?
No se atrevió a negarlo. Desvió la mirada y asintió. Oyó un hondo suspiro.
-Supongo que no puedo detenerte, ¿verdad?
-¿Por qué querrías detenerme?
Se tensó, desde la punta de sus zapatillas hasta el último de sus cabellos. Apretó los labios. Podía ver la frustración, la rabia sorda. Se le pasaron por el alto la hinchazón de los ojos y la forma de cambiar el peso de una pierna a otra.
-Dime qué estabas cantando.
Eso le hizo ganar una leve sonrisa, como si se hubiera abierto el mar.
-Mecano.
-¿En serio?
-No te lo esperabas.
-No esperaba volver a verte.
-Y no volverás a verme. Tengo que irme.
La retuvo por un brazo y por un instante sintió el calor de su carne, la suavidad de su piel, recordó sus yemas como vértices. Ella se apartó al instante con cierta violencia.
-No me toques.
-¿Dejarás que muera aquí? ¿Sola?
-Tú lo elegiste.
-Sin ti...
-No. Tú lo elegiste. Y aprecio lo bastante mi vida como para no morirme contigo en tu mierda. Si hubieras querido... Si hubieras elegido... Ya da igual. No vuelvas a tocarme. Tengo que irme.
Hablaba de forma fría y automatizada, por eso supo lo dolida que estaba. Tenía tanta razón que apenas se atrevía a mirarla. Se marchó con su grácil forma de andar, en absoluto tranquila. Se marchó casi corriendo.
Y se dio cuenta de que ya eran 128 días.
Published with Blogger-droid v2.0.9
Ays...que pena, los finales "tristes" siempre son los que más se me quedan lo reconozco, imagino que porque siempre acabo intentando de "arreglarlo" en mi mente. Como en el otro, creo que los dialogos y los escenarios están muy bien escogidos para crear el clima que la historia merece. Te deja con ganas de más, la verdad y si eres una romanticona hasta la médula como yo, un final feliz!
ResponderEliminarBesos y de nuevo gracias, casi puedo imaginar que canción cantaba ^^