Lo había visto a la ida pero las prisas no me habían permitido saborearlo. A la vuelta sí me fijé. Estaba sola, con el último coletazo moribundo del día envolviéndome. Paseaba los dedos por el hierro del puente, mi puente, ese en el que decidí de niña suicidarme si llegaba el momento. En mi mente, Celia atravesaba la barandilla temblorosa y se dejaba caer, frágil y arrepentida, con lágrimas brillantes detenidas en el tiempo, ella que se mató para no sentir, sintiendo más que nadie...
Me doy cuenta entonces del detalle que marca el principio del verano; esos copos blancos, fragmentos vegetales, envolviendo el puente, llenándolo de luz celestial. Como cada año, las escasas personas que reparan en la magia lo consideran una molestia. ¡Mejor! Que no me lo roben, que nadie más lo entienda. Este es mi momento, siempre perfecto.
Atravieso el puente danzando en mi mente, los dedos reconociendo cada bulto, cada hendidura y una sonrisa de paz en los labios. Ahora, justo ahora, estoy completamente limpia de cualquier pecado.
domingo, 13 de mayo de 2012
Un momento sin compartir
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