jueves, 3 de mayo de 2012

Miedo visual

Le picaban los ojos. A todas horas. Ya fuera por sueño, cansancio, tristeza o embriaguez, no había momento en que no le picaran. Tal vez era porque parpadeaba poco. Le daba miedo lo que se proyectaba tras sus párpados. Al cerrarlos, empezaba la película de terror y culpa. Recordaba, y la amnesia era más sencilla. De modo que así vivía, con los ojos enrojecidos.

Una vez, alguien la encaró y le preguntó si consumía drogas. Su aire ausente, sus ojos rojos y su mirada fija podían fácilmente inducir a pensarlo. Miró largamente a su interlocutor, se levantó en silencio y se marchó sin contestar. Nadie volvió a preguntarle.

Tampoco dormía mucho. Si parpadear ya la transportaba a una época que no deseaba recordar, dormir sería una tortura. Ocupaba su mente y aprendió a entrenar su cuerpo para poder pasar con unas pocas horas al día. ¿No lo hacían aquellos asiáticos, demostrando que la voluntad está por encima de la materia? Su voluntad de olvidar estaba por encima de todo. La rendición de la materia sobre el espíritu, qué dulce maravilla.

Su voluntad de poder aumentó gradualmente hasta que llegó el momento en que se le hizo imposible soportar el picor de ojos. Cansada de tener que calcular el tiempo entre parpadeo y parpadeo, un día se levantó de la siesta y con la ayuda de avarios cubiertos, se sacó los ojos.

Y la película de terror se desató.

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