Estaba asomada al balcón. Su breve vestido floreado, apenas una larga camisa, no llegaba a tapar del todo sus muslos. El movimiento era hipnotizante. Al mínimo movimiento, la tela ascendía, o se movía, o se quedaba quieta, y los muslos torneados hacían su aparición estelar. Tenía un cigarro entre los dedos, que fumaba con desidia, sin olvidarse de expulsar el humo como una señorita. Cuando notó su mirada, su actitud cambió. Hubo una tensión diferente en su cuerpo, un temblor al principio de sus muslos, el susurro de una sonrisa. No se volvió.
La llamó, por uno de sus muchos nombres inventados. Ella había insistido en no revelar su identidad, y como todos, ese capricho suyo fue complacido. Ladeó la cabeza para echarle una devastadora mirada por encima del hombro, aún con la nicotina en los labios. Nunca estaba tan bella como cuando fumaba. Tiró la colilla a la calle sin apagarla, y con su risa como un gorjeo, corrió hacia Gala, que la recibió abrumada entre sus brazos. Se acurrucó a su lado, buscó sus labios imperiosamente y en cuanto los encontró, toda la energía que el cigarro le había dado se desvaneció. Y se le inundaron los ojos.
-Tengo miedo.
Gala la apretó más contra sí, sintiendo su pesada respiración en su cuello. No quería mirarla. No quería ver por milésima vez lo triste de sus ojos de gitana. Las rodillas de ella se pegaban a sus muslos, y pensó que tenía las rodillas más bonitas del mundo. Aún tenía dibujado un pequeño universo en su piel de aceituna.
-Todo saldrá bien -susurró, sosteniendo a esa mujer tan suya, que a veces era tan niña.
Levantó el rostro, con una única huella de lágrima, y sonrió con toda la cara, los ojos iluminados, la boca de ágave y cristal, las orejas asomando tímidamente entre su espesa cabellera. Parecía salida de un sueño, y su belleza estremeció el corazón de Gala. Tenía esa mirada, esa mirada que anunciaba el retorno de su energía, pero tenía también en el fondo infinito de sus ojos romaníes una tristeza que crecía día a día, que se comía sus pupilas negras. Volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Gala, que luchaba por reprimir la melancolía contaminante, que luchaba por reprimir el impulso de morir o matar por ella. Lo supo entonces. Teniéndola a su lado, con la pesada respiración, con la tristeza desbordándola, lo supo.
-Te llamas Paloma.
Y ella se incorporó con una sonrisa tibia, con un pálpito en sus manos y negó dulcemente con la cabeza. Pero Gala ya tenía la idea en la cabeza. ¿Cómo no iba a llamarse así, ella que era etérea, eterna y maravillosa? ¿Qué otro nombre podía tener, con sus besos lentos de palomita, su forma de comer como un pajarito desdeñoso, la fragilidad de sus miembros cuando la abrazaba? Como para confirmarlo, ella se levantó, con el resto de una risa en sus labios. La camisa dejaba ver demasiado de sus muslos, insinuando su sexo cálido. Una mano le alzó la mirada, y la hizo clavarse en sus ojos, esos ojos de hechicera consumidos por una tristeza insondable.
-Todo saldrá bien -afirmó el pajarito herido, sin que la sonrisa le llegara a la mirada.
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