Me preparo para acostarme. La dulce alegría de una llamada intempestiva me acaricia, aunque no me queden fuerzas para sonreír. Pienso distraída en Francesca y Kokoro. Entonces el espejo se interpone.
Y la chica que se refleja en él me da pena. No puedo ser yo.
No veo nada más que una melena despeinada, ojos semicerrados pasando el mono y unas ojeras que parecen comerme viva. Si pudiera, me echaría a reír. O a llorar. O a gritar.
¿Es este el rostro de un ángel o el de un súcubo? O el de una hechicera. O el de una gitana francesa.
O el de una chica agotada que necesita un abrazo.
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