martes, 6 de marzo de 2012

Con soda y dos aceitunas

En la barra del bar, a las tantas de la madrugada, remueve su whisky completamente sola. El bar está vaciándose, y el camarero duda si echarla o no. La elegante jovencita está sentada erguida y no parece borracha. Además, su ropa de diseño sugiere que aún tiene dinero que gastar.

De golpe, ella bebe todo lo que le queda y reclama al camarero para que le sirva otra. Él, solícito, es incapaz de resistir la tentación de entablar conversación.

-¿Qué haces aquí sola? Seguro que podrías estar en cualquier otro lugar, acompañada...

Ella balancea ligeramente la cabeza, mientras canta en voz baja. Todo lo que puedo decir es que te quiero y que siento haberte hecho sufrir. Levanta la mirada lentamente, y el camarero ve unos ojos de un color tan oscuro que son indescifrables, temblorosos.

-Nadie me quiere cerca... Creo que he destrozado todo lo que algún día me importó...

El camarero se sienta frente a ella al otro lado de la barra, dispuesto a escucharla. Ella sacude la cabecita perfectamente peinada, y exige su alcohol. Una vez satisfecha, empieza a hablar.

-Hubo una vez que escuché una canción... Una canción que pedía perdón por mil cosas, sin mencionar ni una de ellas... Creo que ese es mi problema, ¿sabes? Que cuando pido perdón no sé ni por qué lo hago, ni a quién tengo que suplicar clemencia, ni cuántas veces más voy a tener que decirlo... ¿Entiendes? Tal vez he perdido demasiado por exigir demasiado.

-¿Qué pedías?

Ella, temblorosa, desvía de nuevo la mirada.

-Pedía por amor. Quería amor. Aún lo deseo con todas mis fuerzas... Pero los pocos individuos dispuestos a amarme no tardaban en apartarse cuando se caía la máscara... ¡Mírame! Parezco una princesa, y no soy más que una muñeca mal vestida. Y ellos querían a alguien de la realeza, nadie aprecia a una mendiga disfrazada. El que no me utilizó me hizo sentir utilizada. Mi cuerpo, mi talento... Eso era lo único que todos veían cuando me miraban. Nadie se quedaba a oírme hablar cuando los suspiros cesaban.

-¿Hablas de sexo?

-¡Sexo! ¡Sexo, amor! Dudo que haya diferencia, la verdad. Amar es entregarse, y follar es excesivo. Hacer el amor lo llaman algunos... ¡Ja! Eso no es para mí, es para esos románticos que no quieren vivir con los ojos abiertos...

-¿Nunca has estado enamorada? ¿Nadie te ha querido nunca?

-Querer, lo que es querer... Pues no lo sé. Que me digan que me quieren no me ayuda a confiar, pero cuando no lo dicen no puedo creer nada más. No hay término medio conmigo ¿sabes? O lo das todo o lárgate, yo no quiero migajas, sólo dan más hambre. Y yo... bueno, fui ingenua en otra época, ya sabes, creía en el amor, creía en las personas, creía que podría vivir algo casi hollywoodiense, pero no. No estoy hecha para eso. Yo he nacido para estar sentada en un bar esperando al primer desconocido que le ofrezca un poco de calor... Hombre, mujer, da igual. Todo tiene sus ventajas, que suplementan mis múltiples defectos. Soy tan repugnante...

-No creo que eso sea cierto.

-¡Porque no sabes todo lo que he hecho! He traicionado a todo el que me ha importado y luego no he sabido arreglarlo. Yo soy de esas brujas malas que acaban olvidándose en algún cajón mientras otra vive como una princesa de cuento. ¿Te has preguntado alguna vez qué pasó con la madrastra de Cenicienta? Nadie se interesa por ella, pero yo creo que debió sufrir, tan incomprendida, tan despreciada... Me he vendido de todas las formas posibles, doy lo que sea por un poco de luz, pero no sirve de nada, ya me he acostumbrado a andar a ciegas. Crecí sobre un suelo cubirto de canicas. Ahora ya sé cómo evitar resbalarme, cómo mantenerme erguida...

-¿Has hecho alguna vez algo bueno?

-Depende de lo que llames bueno. Me he sacrificado de mil maneras que nadie entienda, así que supongo que no. He amado en silencio para no herir a otras princesas más afortunadas, pero eso tampoco importa ¿verdad? Supongo que ya no puedo ganarme el cielo, pero espero poder comprar alas con toda mif ortuna. Puede que de esta forma no me estrelle del todo. Pero bueno, perdona, no quiero aburrirte con mis inútiles historias. Gracias por el whisky. Ten, el dinero. Pero oye, una última cosa. ¿Te importa servirme un poco de esperanza con soda y dos aceitunas¿

El camarero sonrió tristemente. Esa mendiga disfrazada estaba desesperada, al borde del abismo.

-De eso aquí no tenemos. Lo siento.

Ella fingió sonreír, e hizo un gesto como si no pasara nada. Se fue del bar como una sombra, y a la mañana siguiente el camarero llegó a dudar que todo hubiera pasado.

La princesita decadente jamás despertó de aquel sueño inducido por la intoxicante nicotina de la tristeza, la desesperanza y diversas pastillas que compró con media mano, invirtiendo su poca fortuna. Jamás tuvo bastante para las alas.

Publicado originalmente 23-03-10

No hay comentarios:

Publicar un comentario