jueves, 1 de marzo de 2012

Remy, querida mía, púdrete

Aunque la fiesta estaba en su mejor momento, decidí ausentarme un rato. Era necesario atender a mi invitada.

Bajé los dos pisos hasta el sótano, sonriendo interiormente ante lo tópico del lugar. Los tacones resonaron en el silencio mientras encendía la luz y me acercaba hacia una esquina.

Allí, atada a un viejo radiador con cadenas, maltratada, con su bonita ropa rota y su belleza desgarrada, estaba Remy. Al verme, me dedicó una divertida sonrisa desdeñosa, como si fuera yo la recluida y ella el triunfal secuestrador. Su desordenada y exhuberante melena no llegaba a ocultar sus ojos, esos ojos tan fieros y duros, esos labios siempre dispuestos a atacar. Permanecí de pie, apoyada en la pared con los brazos cruzados.

-Buenas noches, querida -saludó sarcásticamente-. Bonito vestido. Decididamente, el negro es tu color. ¿Es que tienes una cita?

Apreté los labios, lívida de rabia y pánico, como siempre que me decidía a visitarla.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí, lo sabes?

-El mismo que tú llevas mintiéndote -contestó inmediatamente, impertérrita.

Me eché a reír. Remy me observaba sin parpadear.

-No me miento. Ahora lo veo todo muy claro.

-Ya... Eso da por hecho que te has decidido.

-Nunca han habido opciones, Remy.

-¿En serio? Y si es así... ¿por qué te arriesgaste? ¿Por qué la tocaste? ¿Por qué te dejaste llevar otra vez? Sabes muy bien que yo aparecí por su culpa. Y aún así no fuiste capaz de resistirte.

-No me escuchas. Te he dicho...

-¡No! ¡Escúchame tú! Le has elegido a él, a pesar de no merecerle y de haberle herido. ¿Y por qué lo has hecho? ¿Porque le quieres?

Se me llenaron los ojos de lágrimas, que también atascaron mi garganta. Remy se incorporó violentamente.

-¡Contesta!

-Le quiero.

-Pues yo creo que no es así. Creo que habías asumido que acabaría así y por eso te esfuerzas tanto, a tu manera.

-¡¿Cómo te atreves?! Tú no sabes...

-Me atrevo -declaró desafiante-. Y si no quieres que te lo diga, más te vale matarme.

Con un chillido de rabia, le di una bofetada que la tumbó contra el duro suelo. La insulté a gritos mientras la golpeaba y su sangre manchaba mis piernas. Furiosa, me alejé, dejándola malherida sin ni siquiera volverme a mirarla.

Pero algo me detuvo. Un sonido estremecedor, como un quejido.

Remy, entre toses sanguinolientas, se estaba riendo. Su susurro silibante llegó hasta mis oídos perfectamente.

-No podrás encerrarme eternamente... ¡¡Nunca te abandonaré!! ¡¡Nunca!! ¡¡Tú y yo estaremos siempre juntas!!

Cerré la puerta del sótano. Su voz delatora se apagó.

Publicado originalmente 09-11-10

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